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Nevaco Global
30 de octubre de 2026

La nostalgia restaurativa de una época dorada ficticia anclada en el pasado idealizado

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El epítome de ‘política de la retropatía’ coligada a menudo con el concepto ilustrado por el sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico de origen judío, Zygmunt Bauman (1925-2017), ‘retrotopía’, apunta a una corriente política contemporánea equidistante en la añoranza, donde por encima de todo se busca la utopía en un pasado engrandecido ante la inseguridad e intranquilidad que origina el futuro.

Asimismo, en la bibliografía sociológica y política esta noción describe la tendencia de ciertos movimientos a proponer el restablecimiento de un orden social, económico o cultural apenas extraviado. A día de hoy, sus rasgos e implicaciones principales encierran el pasado como el nuevo acontecer, el anhelo reconstructivo y el populismo y, por último, el adversario que sustrajo el pasado y la cohesión a través de la identidad.

Con respecto a la primera, tradicionalmente, las ideologías políticas proyectaban sus ideales hacia el mañana a través de sociedades tecnológicas, igualitarias, etc. No obstante, la retropatía emerge como consecuencia del escepticismo en el progreso. Y es que al advertirse lo que está por venir e incide como una amenaza (la precarización económica, la crisis climática o la automatización), los discursos políticos vuelven la mirada hacia atrás, rehaciendo un período esplendoroso imaginario y supuestamente más seguro, estable y predecible.

Segundo, esta política recurre contra todo pronóstico a universos ideales dispuestos en el pasado malogrado, robado o abandonado. Hoy, es un instrumento discursivo poderoso en el populismo moderno.

Algunas muestras paradigmáticas de esta descriptiva recaen en el ‘Make America Great Again’ (MAGA) en Estados Unidos, como el espejo contemporáneo más incuestionable de retrotopía, que desentierra la reminiscencia por la prosperidad industrial y el estatus de la clase media de mediados del siglo XX (fundamentalmente, los años 50 y 80).

Conjuntamente, prioriza discursos europeos encauzados en rescatar la plena soberanía nacional frente a la globalización, idealizando los tiempos previos a la integración regional o los flujos migratorios masivos con el endurecimiento de fronteras de cara a la migración, al mismo tiempo que una diplomacia transaccional de ‘Estados Unidos primero’ (America First), desvinculándose de los pactos multilaterales globales. Y en virtud de la precariedad laboral inducida por la deslocalización industrial y los vertiginosos cambios tecnológicos, gran parte del electorado americano se ciñe a ofertas que invitan a vivificar los antiguos sectores manufactureros y mineros arraigados.

Claro, que ante la incredulidad en que el Estado o las instituciones puedan legitimar un futuro predecible, los ciudadanos tienden a cobijarse en identidades compartidas del pasado. Llámense, el tribalismo, los valores tradicionales o las comunidades rurales aisladas.

Tercero, para que este relato opere moderadamente, la retropatía no solo idealiza los viejos tiempos, sino que señala a los autores de su ocaso. El discurso atomiza a la sociedad retratando a agentes externos o élites (organismos internacionales, inmigrantes, minorías) como los responsables de haber destruido el bienestar previo, canalizando el descontento social en forma de menosprecio histórico.

Y cuarto, frente a una sociedad superconectada pero dividida, lo que Bauman denomina ‘modernidad liquida’, guarecerse en los símbolos nacionales, las costumbres tradicionales o las identidades colectivas incrustadas en el pasado, proporciona un sentido de pertenencia y certidumbre a los ciudadanos que se sienten desahuciados por el sistema universalizado.

Con estos mimbres, la predisposición a no perder de vista el pasado con melancolía para explorar en él soluciones, seguridad o un paraíso perdido ante la inseguridad e irresolución del presente y futuro, no es una quimera. El sentimiento de progreso ya no ofrece un mundo mejor, sino que propaga aprensión, ansiedad o inestabilidad económica y social.

De ahí, que la política de retropatía marche como un rehúso a la realidad imperante y a ensueños del porvenir rotos o inadmisibles de adquirir. Si acaso, se intentan reconquistar tradiciones, instituciones o formas de vida reales o inexistentes como si fueran defensas seguras.

Fijémonos en la Federación de Rusia, donde el gobierno de Vladímir Putin (1952-74 años) acomoda este arquetipo, estableciendo su legitimidad en la restauración del estatus de superpotencia del antiguo Imperio Ruso y de la Unión Soviética. Sin lugar a dudas, su designio pasa por justificar las maquinaciones actuales, como el control estatal o el expansionismo territorial con la guerra en Ucrania, recurriendo a una creída ‘unidad histórica’ y el retoque de lo que contempla como deslices del pasado, como la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (25/XII/1991).

Aun así, si en este caso aludiese la doctrina política de recuperar territorios que atañeron al Estado ruso, la terminología correcta es irredentismo ruso. De este modo, bucearía la anexión o el control de regiones con población de lengua rusa o vínculos históricos, valiendo como argumentación central para las incursiones y reclamaciones geopolíticas contemporáneas en el espacio postsoviético.

Ciñéndome en Estados Unidos, desde su primer mandato, Donald Trump (1946-80 años) redelineó la política exterior. Contra todo pronóstico, la visión del ‘Make America Great Again’ colisionó en el escenario mundial: a través de mandatos ejecutivos, soflamas agresivas y una posición unilateral, desbarató la pertenencia americana en el Acuerdo de París sobre el cambio climático (27/I/2026).

Y no quedando aquí la cuestión, de todos es sabido lo que a posteriori surgiría: decidió no adherirse ni vincularse al Protocolo de Kioto; en materia de seguridad tachó a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN); alimentó que Washington no debía contraer la defensa de Japón; prescindió de las tropas de Afganistán; apartó a Estados Unidos del Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP); intentó desbaratar y más tarde reprogramar el Tratado de Libre Comercio de América de Norte (TLCAN). Todo se encuadra en una táctica proteccionista que causó que Trump ignorara a la Organización Mundial del Comercio (OMC).

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