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Nevaco Global
12 de junio de 2026

China mete la directa en su transición energética

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El país quema más carbón que nunca e inaugura centrales, pero también apuesta fuerte por la solar y la eólica

La transición energética en China está llena de contradicciones. Por un lado, las ciudades están menos contaminadas y las industrias verdes –como los paneles solares y los vehículos eléctricos– representan cerca del 30% del crecimiento del PIB. Por el otro, el país quema más carbón que nunca e inaugura nuevas centrales para seguir haciéndolo. El plan de Pekín de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 10% para 2035 parece poco ambicioso, igual que su objetivo de alcanzar la neutralidad de carbono en 2060, una década más tarde que la mayoría de los países.

Una interpretación pesimista es que la transformación ecológica de la segunda mayor economía siempre estará marcada por avances y retrocesos. Pero es una lectura equivocada. China tiene los medios y el motivo para acelerar radicalmente su descarbonización.

Basta con analizar las dos grandes fuerzas que en las últimas décadas lo han convertido en un Estado eléctrico. La primera es la necesidad de ser autosuficiente, tanto en los bienes que se producen como en cómo se fabrican y se usan. Así, cultivar una industria automovilística propia implica tanto reducir la dependencia de los vehículos importados como electrificar el parque para disminuir la dependencia del petróleo extranjero.

La segunda fuerza es el reconocimiento de que el rápido crecimiento económico impulsado por los combustibles fósiles a partir de los años 90 tuvo un coste ambiental insostenible. En 2015, gran parte del agua del país estaba contaminada y el esmog urbano era omnipresente, señala Muyi Yang, analista de política sénior en Ember, organización de investigación sobre transición energética. El Gobierno de Xi Jinping hizo del desarrollo verde una prioridad.

Las políticas derivadas de esas dos fuerzas han transformado su economía. Las industrias de energía limpia representan el 11% del PIB chino e impulsan en torno a un tercio de su crecimiento anual, calcula Lauri Myllyvirta, cofundador y analista jefe del think tank finlandés Centro de Investigación sobre Energía y Aire Limpio. Más de la mitad de los coches nuevos y un tercio de los camiones pesados vendidos funcionan con baterías. La energía solar, eólica e hidráulica ya representa en torno a la mitad de la capacidad instalada, y cada año se añade el equivalente a la demanda total de electricidad de Alemania.

El crecimiento verde ha sido más rápido de lo que las autoridades esperaban, pero la demanda total de energía también ha crecido de forma sorprendente, apunta Myllyvirta. De hecho, salvo en 2025, las necesidades globales de electricidad han superado cada año las nuevas instalaciones de renovables. La pregunta es si la tendencia positiva del año pasado fue una excepción o el inicio de una nueva ola verde.

Está claro que sustituir todos los coches de gasolina será un proceso lento: aunque los vehículos eléctricos ya son el 50% de las ventas nuevas, son solo el 12% del parque total. Noruega muestra cuánto tiempo lleva ese relevo. Los coches eléctricos llevan ya varios años representando el 90% o más de las ventas nuevas en el país escandinavo, y aun así son solo un tercio de su parque.

La verdadera palanca para reducir las emisiones es recortar el uso del carbón, algo que puede sonar poco probable dado el crecimiento reciente. En 2025, China puso en marcha 78 gigavatios de nuevas centrales térmicas de carbón, más de lo que India construyó en toda la década anterior. Ocurrió en parte por exceso de precaución: las escaseces de 2021 e 2022 llevaron a Pekín a impulsar la producción. La autosuficiencia también jugó un papel. China dispone de grandes reservas de carbón en el subsuelo y de numerosas centrales, de modo que el coste marginal es bajo. Las empresas también lo queman para producir gas, que utilizan como materia prima para fertilizantes, petroquímicos y similares, reduciendo así las importaciones de gas natural.

Sin embargo, el carbón no está tan arraigado en la economía como pudiera parecer. Para empezar, las nuevas centrales, a largo plazo, “no compiten realmente con la eólica y la solar, sino con las centrales de carbón más antiguas e ineficientes, por seguir teniendo un papel en el sistema”, señala David Fishman, socio director de The Lantau Group, consultora energética. Además, los cables de alta tensión necesarios para transportar electricidad por todo el país deben estar en uso la mayor parte del tiempo para rentabilizar la inversión, algo que las renovables intermitentes no pueden garantizar por sí solas. Por eso las centrales de carbón se construyen a menudo junto a instalaciones eólicas y solares a fin de asegurar un suministro de energía exportable. A medida que haya más almacenamiento con baterías, eso debería ser menos necesario.

Además, el auge inversor puede haber generado un exceso de centrales de carbón. Muchas operan por debajo del 50% de su capacidad, estima Yang, en vez del 70% o más que suele ser necesario para tener sentido económico. Para Wai-Shin Chan, ex director global de investigación ESG en HSBC y ahora en Asia Research and Engagement, las centrales de carbón se están convirtiendo más en una cobertura de transición que en una fuente de energía primaria. Prevé que la utilización siga cayendo.

Cierto es que las instalaciones solares chinas podrían reducirse un tercio este año, pero se debe principalmente a que los productores se adaptan a las nuevas normas de precios mayoristas de la electricidad. La mayoría de los analistas prevé que el despliegue se recupere en 2027. Muchos creen que el país alcanzará sus objetivos de 2035 antes de tiempo. Los analistas de Barclays apuntan también a que podría llegar al pico de emisiones de carbono antes de su objetivo de 2030, y observadores como Myllyvirta se preguntan si ya lo ha alcanzado.

El verdadero giro en el abandono del carbón llegará de la mano de uno de los grandes proyectos del 15º Plan Quinquenal del país, presentado en marzo: la modernización de la red eléctrica. Implica en parte instalar más cables de alta tensión, pero también reformar una red que Myllyvirta califica sin ambages de “un desastre”. La red sigue funcionando en gran medida con precios e cuotas fijas, en lugar de con oferta e demanda, lo que significa que una gran cantidad de energía renovable se desperdicia. Cuanto antes pueda Pekín cambiar eso, más rápido caerá el consumo de carbón.

En términos más generales, la economía, a medida que madure, debería necesitar menos combustibles sucios. La producción de cemento ya es un cuarto inferior al máximo de 2014, favorecida, como es obvio, por la crisis constructora de esta década. Es probable que la demanda china de acero nuevo caiga a medida que vaya disponiendo de más chatarra. El acero reciclado puede transformarse en hornos de arco eléctrico con un consumo mínimo o nulo de carbón.

China también está empleando su peso y su capacidad de planificación a largo plazo para encontrar la forma de producir hidrógeno verde de manera económica. Eso podría descarbonizar la producción de acero virgen, cemento, fertilizantes e industrias que dependen de los combustibles fósiles. Si lo consigue, su transición energética irá mucho más allá de los símbolos visibles de los paneles solares y los coches eléctricos, para adentrarse en la maquinaria industrial que hay debajo.

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