18 de junio de 2026: lo que tienes que saber del mundo
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Hace menos de dos años, el Partido Laborista obtuvo una de las victorias más contundentes de la historia reciente del Reino Unido. Tras más de una década de gobiernos conservadores marcados por el Brexit, la inestabilidad política y el deterioro de los servicios públicos, Keir Starmer llegó al poder con una mayoría aplastante y la promesa de devolver la calma a la política británica. El panorama hoy es distinto: el gobierno se ha desplomado en las encuestas, el descontento crece dentro y fuera del partido, y la ultraderecha lidera la intención de voto. Starmer no es un caso aislado: ,en un contexto de desconfianza creciente hacia las instituciones gobiernos de distinto signo registran caídas similares, desde las izquierdas más asertivas hasta las derechas más autoritarias, pasando por los gobiernos más moderados.
Pero la magnitud y la velocidad del desgaste laborista no se explican únicamente por ese contexto general. Las decisiones de Starmer –sobre cómo articular su proyecto, qué compromisos sostener y cuáles eludir, cómo posicionarse ante conflictos que exigían claridad– contribuyeron a acelerar el desgaste. Y esas decisiones deberían interesar especialmente al Frente Amplio (FA), pues aunque Uruguay y el Reino Unido son países muy diferentes, la apuesta de Yamandú Orsi por la moderación y la gestión pragmática comparte rasgos importantes con la de Starmer. La experiencia británica no predice el futuro de Uruguay, pero ofrece advertencias concretas.
Las campañas de Starmer y de Orsi presentan similitudes notables. El mensaje central del líder laborista fue la promesa de devolver la calma y la estabilidad al país: la sensatez como propuesta política. Orsi, por su parte, construyó buena parte de su discurso en torno a la moderación y la capacidad de diálogo, distanciándose de los perfiles más confrontativos del FA.
Hay algo revelador en cómo ambas campañas se definieron, en gran medida, en términos negativos: no al caos conservador, no al radicalismo, no a la confrontación. El problema de construir un mensaje sobre lo que uno no es, reside en que deja poco espacio para articular lo que sí se pretende hacer.
Una vez en el gobierno, esa ausencia de propuesta afirmativa se vuelve especialmente costosa: sin un relato claro de transformación, cualquier dificultad se interpreta como fracaso, no como el costo inevitable de un camino que se transita con propósito.
Ambos adoptaron, además, una postura explícitamente incrementalista, rechazando grandes giros programáticos y apostando por cambios graduales y gestionables. Esta postura puede ser razonable cuando el sistema funciona y la mayoría de la población siente que sus necesidades básicas están cubiertas. Pero en un mundo más polarizado, amplias franjas de la población perciben que el sistema no les da respuestas y se muestran dispuestas a apoyar propuestas disruptivas, incluso cuando estas contradicen sus propios intereses materiales.1
El incrementalismo también puede leerse como una señal de que el gobernante no entiende la urgencia del momento. Los casos de Donald Trump, Nayib Bukele o el crecimiento de la ultraderecha en Europa no son anomalías: son síntomas de una demanda de ruptura que la moderación no sabe cómo responder.
Tanto Uruguay como el Reino Unido son economías dependientes del comercio global, hoy cada vez más restringido por aranceles, represalias y la fragmentación del orden multilateral. El Reino Unido, debilitado ya por el Brexit y la ruptura de sus cadenas de valor con Europa, enfrenta ahora un escenario comercial hostil sin los mecanismos de protección colectiva que antes ofrecía la Unión Europea. Uruguay, por su parte, depende de la exportación de commodities a mercados que condicionan cada vez más el acceso en función de intereses geopolíticos.
En ese marco, la administración Trump ha introducido una variable de incertidumbre de primer orden. Sus aranceles, su desprecio por los organismos multilaterales y su lógica de acuerdos bilaterales dejan poco margen de maniobra a economías pequeñas o medianas que construyeron su prosperidad sobre las reglas de un orden que ahora se desmonta. Ninguno de los dos gobernantes tiene herramientas efectivas para responder a este desafío: solo pueden administrar sus consecuencias.
A esto se suma la escalada del conflicto en Irán, que ha disparado los precios de la energía a nivel mundial y presionado a los gobiernos a dar respuestas. Este tipo de shocks externos erosionan el capital político de cualquier gestión; pero lo hacen de manera especialmente cruel con aquellos que llegaron prometiendo precisamente estabilidad. La ciudadanía no siempre distingue entre las causas de su malestar; solo sabe quién está a cargo.
Hay un error que parece común a ambos y es el privilegio del pragmatismo sobre la transmisión de un relato político coherente. El pragmatismo tiene un atractivo real: permite adaptar el rumbo según las circunstancias, evitar compromisos imposibles de cumplir, gobernar con los pies en la tierra. Pero también transmite una imagen difusa sobre los propósitos reales del gobernante y hacia dónde quiere conducir al país. Sin una narrativa que dé sentido al proyecto, la gestión cotidiana se convierte en una serie de respuestas a problemas sin hilo conductor. El votante puede tolerar los tropiezos de un gobierno con rumbo claro; le resulta mucho más difícil tolerar los de uno que no sabe bien a dónde va.
La posición respecto al genocidio en Gaza lo ilustra con especial crudeza. Starmer se negó durante meses a respaldar un alto al fuego inmediato, encuadrando el conflicto como una cuestión de seguridad legítima de Israel. La reacción fue destructiva: varios parlamentarios y miles de militantes de larga trayectoria abandonaron las filas laboristas, y en las elecciones de 2024 candidatos independientes que hicieron de Gaza su eje central arrebataron al partido los escaños. La apuesta pragmática no sumó ningún votante moderado, pero sí le costó una parte sustancial de su base más comprometida y movilizada.
Uruguay tiene una tradición sólida en materia de política exterior progresista y de defensa de los derechos humanos a nivel internacional; una identidad que el FA ha hecho suya. Cuando un gobierno de izquierda relativiza o diluye esa posición ante un conflicto tan visible como el de Gaza, ya sea por cálculo diplomático o por no querer incomodar a socios comerciales, no gana al electorado centrista que creía captar. Sí, en cambio, genera una fractura con los sectores más activos de su propia coalición: aquellos que nutren las campañas, que articulan el discurso en el territorio y que movilizan a otros a votar. El pragmatismo sin valores no es solo un error moral; es también un error político.
En el Reino Unido, el vacío que el laborismo no supo llenar ya lo está ocupando la ultraderecha: Reform UK, el partido de Nigel Farage, lidera hoy todas las encuestas de cara a las próximas elecciones generales. El antiestablishment no desaparece; simplemente encuentra nuevos canales. Y si la izquierda no los ocupa, los ocupa la derecha. El laborismo británico no ofrece una visión de hacia dónde debe ir el gobierno del FA, sino una advertencia sobre lo que ocurre cuando no se cambia de rumbo.
Mostrarse como continuidad solamente resulta rentable cuando la mayoría está satisfecha con el rumbo de las cosas. Cuando el sistema genera exclusión, alienación y frustración, los votantes buscan otras salidas. En Uruguay, la irrupción de una nueva fuerza disruptiva parece, por ahora, menos probable que en el Reino Unido. Pero si la ciudadanía no puede canalizar su malestar a través de los partidos existentes, lo canalizará de otras formas.
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