Miguel Rosbaco tenía poco más de 30 años cuando aprendió de la peor manera que producir buenas naranjas y mandarinas no garantizaba poder vivir de ellas. Se acercaba la crisis de 2001, los compradores escaseaban y cuando finalmente alguno aparecía les pagaba la fruta con bonos provinciales que en la práctica valían mucho menos que el precio escrito sobre el papel.
Aquella crisis terminó siendo el puntapié inicial para la Cooperativa San Francisco, que un grupo de pequeños y medianos productores constituyó en abril de 2002 en pleno macizo citrícola de Monte Caseros para resolver inicialmente un problema bastante elemental: dejar de esperar que alguien llegara hasta sus chacras y decidiera cuánto valía lo que habían producido.

Veinticuatro años después, Rosbaco sabe que la citricultura está ingresando a una crisis parecida, pues sobra fruta, cae el consumo y los precios se deprimen. Pero ya no siente tanto temor porque aquella organización se convirtió en la mayor empresa citrícola de Corrientes. La cooperativa tiene un empaque, realiza exportaciones y sobre todo pudo construir una industria de jugos. Genera unos 70 empleos directos y alrededor de 400 indirectos.
En diálogo con Bichos de Campo, y enfrente de una nueva crisis de la citricultura, Rosbaco ratifica que aquella decisión vuelve a cobrar sentido.
Rosbaco nació en el campo, en Colonia San Francisco, y allí continúa viviendo. Actualmente tiene unas 200 hectáreas de cítricos, aunque cuando comenzó aquella aventura cooperativa era un productor bastante más pequeño. “Comenzamos con toda la ilusión, muy jóvenes”, recordó.
La citricultura -como todas las actividades frutícolas- tiene una particularidad que vuelve especialmente vulnerable al productor primario. Una planta necesita alrededor de seis o siete años para comenzar a producir y ofrecer rentabilidad. Durante ese largo tiempo entre la inversión y la cosecha, pueden cambiar las variedades demandadas por los mercados y, especialmente en la Argentina, las condiciones económicas.
Cuando finalmente llega la cosecha, además, la fruta no puede guardarse indefinidamente esperando mejores precios.

“Te encontrás con que produjiste una mandarina, una naranja, cuidaste durante seis o siete años la planta y un año desde que florece hasta que te da para cosechar, y en el momento comercial no tenés a quién venderle”, explicó.
Eso fue exactamente lo que les ocurrió durante la crisis que comenzó a gestarse hacia 2001. En aquellos años circulaban las cuasimonedas provinciales y Corrientes tenía sus propios bonos. Según recuerda Rosbaco, los compradores llegaban con esos papeles para pagar la fruta. “Eso de movida valía la mitad. O sea que tu fruta la vendiste a un precio al comprador, pero cuando te pagó, te pagó la mitad”, contó.
La respuesta de aquel grupo de citricultores correntinos fue asociarse para defender sus naranjas y mandarinas. “Consideramos que la única alternativa que teníamos era formar una cooperativa y juntos poder montar alguna forma de darle salida a nuestra producción. Por sí solos éramos pequeños productores o productores muy chiquitos o medianos y no lo podíamos lograr”, explicó.

El primer objetivo fue construir un empaque y hacer algo que entonces estaba mucho más asociado con las grandes compañías: exportar directamente fruta fresca. El terreno donde hoy funciona la Cooperativa San Francisco era una plantación de sandías cuando lo compraron. Desde allí comenzaron en 2005 sus primeras exportaciones hacia Rusia.
Después fueron buscando mercados menos tradicionales donde una cooperativa relativamente pequeña pudiera encontrar oportunidades sin enfrentarse directamente con las grandes exportadoras argentinas ya instaladas en Europa. Así llegaron hasta distintos destinos de Medio Oriente y Asia e incluso participaron del proceso oficial, secundando a Senasa, para ´pder abrir Filipinas a los cítricos argentinos.