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No hay alternativa a la democracia liberal, pero se ha perdido la confianza en ella
Estos días hemos recordado los ataques islamistas del 11 de septiembre de 2001 contra Estados Unidos. Pocos días después, yo cogí el primer vuelo que salió de Madrid a Washington D.C., sobrevolamos Manhattan y contemplamos en silencio dos gigantescas torres de humo que se inclinaban levemente tierra adentro. Al llegar al aeropuerto no tuvimos, por primera y última vez, que hacer cola en la aduana. Un agente me preguntó qué es lo que venía a hacer en su país, y cuando le contesté que acudía a una reunión programada de mucho antes y que no se me ocurría nada mejor que estar con mis amigos norteamericanos en aquellos momentos, se cuadró y me dejó pasar con un saludo. (Nunca me ha vuelto a ocurrir nada parecido).
La sociedad norteamericana dio entonces un ejemplo de unidad ante el ataque y la adversidad. Evitó las manipulaciones políticas de lo ocurrido y supo encontrar el tono de dignidad que hacía falta en aquellos momentos. El posterior monumento a las víctimas no consiguió plasmar esa conciencia, pero eso se debe a la dificultad del arte moderno para expresar emociones cívicas. En cualquier caso no desmerece del todo, como sí ocurrió con el de Atocha en Madrid, del decoro debido a las 2.997 víctimas de los ataques.
Aquella unidad no duró mucho tiempo. Las dificultades para traducir la victoria en Afganistán en un nuevo modelo de convivencia, y sobre todo la desastrosa guerra de Iraq abrieron la puerta, como no podía ser menos, a la política partidista. Las buenas intenciones, y una buena dosis de “hubris”, tropezaban con una realidad que no respondía ya al modelo según el cual se había diseñado la respuesta a los ataques. El 11-S había cambiado instantáneamente las cosas y el mundo que surgió aquella misma tarde no era ya el de la Guerra Fría y aún menos al existente desde el colapso del comunismo y la Unión Soviética. Los terroristas islámicos habían alcanzado dos órganos vitales de la sociedad norteamericana, el World Trade Center y el Pentágono. Y Estados Unidos había dejado de ser la potencia hegemónica única, por mucho que por entonces no se vislumbraba todavía la nueva geografía política mundial.
Así que, aunque postergada por el patriotismo norteamericano, la onda expansiva de los ataques del 11 de septiembre acabó tocando el núcleo mismo de la identidad norteamericana que había sido, después de lo ocurrido en Europa en los años 1920 y 1930, el cimiento sobre el que se asentaba Occidente o, si se prefiere, para no ponernos tan melodramáticos, el mundo de las democracias liberales. Tras la ruptura de la unidad interna en Estados Unidos, la llegada de Barack Obama a la Presidencia podía haber significado al menos un esfuerzo para recomponerla sobre bases renovadas, pero la opción por una política de corte radical y crítico abrió aún más la herida. Ya no era sólo una cuestión de política exterior y de situación en el mundo. Ahora se trataba de ver si la promesa de igualdad y de libertad inscrita en el experimento democrático norteamericano era capaz de asimilar e integrar la nueva actitud de crítica estructural abanderada por la nueva izquierda: una actitud que dinamitaba la unidad anterior, como si esta fuera un fraude, en nombre de la diversidad y las minorías.
No fue posible, como era de esperar, y las elecciones de 2016 pusieron el poder en manos de quien parecía dispuesto a gobernar según los principios que inspiraron la constitución política de Estados Unidos. Claro que un impulso nacido como reacción a lo que se había vivido como un ataque difícilmente podía encaminarse a recomponer cualquier forma de unidad. De hecho, si había alcanzado el poder era porque había demostrado estar dispuesto a ejercer el poder con el mismo grado de activismo con el que lo habían ejercido sus adversarios, ahora casi enemigos. Las consecuencias, que hemos podido observar en estos años, son el debilitamiento de Estados Unidos como ideal y la definitiva pérdida de la categoría de potencia hegemónica. Las democracias liberales, que no pueden vivir sin el sustrato compartido que suministra la nación y el Estado nacional, han dejado de ser un modelo universal. También han dejado de ser el régimen más deseable para los que viven en ellas.
Por su parte, la economía de estos mismos países, una vez pasada la crisis de 2008, ha seguido un camino bien distinto. Hoy el bajo Manhattan es un distrito lleno de actividad, como lo es el conjunto del país. La prosperidad, sin embargo, no logra acabar con la ansiedad: inflación, precariedad, pérdida de confianza en la capacidad de ascenso social, desigualdades tercermundistas, el cambio tecnológico vivido como una amenaza… Todo eso conforma un panorama nuevo, en el que aparecen propuestas de tono socialista, pero sin ruptura con el capitalismo. La misma paradoja se encuentra en el terreno político. No hay alternativa a la democracia liberal, pero se ha perdido la confianza en ella. (La situación se agrava en los países europeos, en los que el Estado de bienestar bloquea el crecimiento y la innovación).
Así que nos encontramos en el terreno de la negatividad, con actitudes hipercríticas incapaces de elaborar alternativas viables porque no lo son, por mucho que la retórica siga presentándolas como tal, ni Cuba, ni Venezuela, ni la extinta Unión Soviética. Es por tanto un movimiento, o una actitud, puramente antiliberal, anticapitalista y antinacional. Resulta cada vez más difícil de entender, por su estricto carácter crítico, más elitista por tanto. Aun así, en sus manos están la educación, la cultura oficial y buena parte de los grandes medios de comunicación.
Es en este panorama donde se producen, el 7 de octubre de 2023, los ataques terroristas de Hamás contra el festival de música y los kibutz israelíes situados en las proximidades de Gaza. Israel es una nación sólidamente asentada, como lo fue en su día Estados Unidos. Y allí se produjo la misma unidad que aquí tras el 11 de septiembre. No ocurrió lo mismo fuera, y una parte de la opinión pública occidental -es decir, de las democracias liberales- reaccionó a favor de los terroristas y en contra de Israel casi de inmediato, ya en los días siguientes al 7 de octubre. Se recordará que en ellos fueron asesinadas 1.195 personas, muchas de ellas torturadas. No es que hubiera división acerca de la respuesta o la política previa a los ataques. Es que directamente se culpó, y se sigue culpando a las víctimas, ahora con las delirantes fabulaciones de genocidio en Gaza.
El hecho clave aquí es, claro está, Israel, el judaísmo y los judíos. El antisemitismo racial y político del siglo XX parecía superado después de que las democracias liberales se levantaran sobre las ruinas que dejó el nacionalismo. Los judíos habían dejado de ser percibidos como un peligro para las naciones. El fondo de la desconfianza y la hostilidad hacia los judíos, sin embargo, no había desaparecido del todo. El Estado de Israel ha acabado dándole un pretexto para volver a aparecer: ahora es ese mismo Estado el que representa todo aquello que debe ser destruido en las propias sociedades occidentales. Destruido sin más, sin nada que lo reemplace como no sea la idealización de un socialismo en el que no se cree, emparejado con un islam idealizado, que vale sólo por representar todo aquello que es contrario a Occidente. Israel encarna ahora la figura del antiguo judío, el chivo expiatorio de todas las inseguridades y las ansiedades que provoca la crisis de las democracias occidentales, como ocurrió más de un siglo antes, cuando la crisis de la nación en Francia y en Alemania, y la crisis del Imperio y la Monarquía austro-húngara.
Los pogromos, que han vuelto en forma de ataques y humillaciones en todos los países occidentales, se interpretan hoy en día como movimientos legítimos de guerra. Una actitud -dato este nuevo, y muy significativo del nuevo reparto de poder internacional- generosamente abonada con dinero procedente de países musulmanes. La defensa contra esos mismos ataques, ni que decir tiene, carece de la menor justificación. La víctima es la responsable de su suerte. Así culmina, 25 años después, la degradación infinita de lo vivido tras el 11 de septiembre.
En España hemos pasado por un proceso parecido, pero agravado por dos hechos: la legitimación de la violencia política con la victoria del nacionalismo vasco en 2011, y el 11-M, con aquellos cuatro días en los que se respondió a otro bestial ataque terrorista dinamitando lo que quedaba de la nación, reinstaurando el clima de guerra civil, y dando un golpe de Estado. Se entiende así de qué manera en nuestro país el antisemitismo se ha convertido, como en 1492, en doctrina de Estado.
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