La red secreta de especuladores protestantes que conquistó la economía de Canarias en el siglo XVI
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vozpopuli
27 de julio de 2026

La red secreta de especuladores protestantes que conquistó la economía de Canarias en el siglo XVI

Era costumbre sustituir la sal de la liturgia papal por granos de azúcar canario. La sacarosa, convertida en un sucedáneo sacramental, permitía fingir la ortodoxia mientras preservaba la pureza de la fe reformada

Era costumbre sustituir la sal de la liturgia papal por granos de azúcar canario. La sacarosa, convertida en un sucedáneo sacramental, permitía fingir la ortodoxia mientras preservaba la pureza de la fe reformada

El ser humano, destruido por el clima y la rutina, siempre ha buscado refugios anestésicos para sobrellevar la existencia. En el siglo XVI, antes de que los ansiolíticos y el turismo de masas estructuraran la apatía contemporánea, la sacarosa y el alcohol cumplían esa función de evasión colectiva. Las Islas Canarias no eran entonces una postal vacacional para nómadas digitales fatigados, sino una factoría insular donde la humedad, el trabajo servil y la ambición mercantil fermentaban bajo el sol. En ese escenario atlántico, un grupo de comerciantes de Londres entendió pronto que el deseo ajeno de consumir azúcar y vino de malvasía podía transformarse en un lucrativo negocio inmobiliario y especulativo.

De acuerdo con las investigaciones desarrolladas por la historiadora María Grove-Gordillo en su estudio sobre las redes de comercio en el archipiélago durante el siglo XVI, la firma británica Castelyn-Hickman logró estructurar una compleja red financiera y mercantil que operó entre Canarias, Londres y Flandes. En su análisis, la autora documenta cómo estos comerciantes interconectaron estratégicamente alianzas familiares, actividades de extracción azucarera y mecanismos de evasión ante la presión inquisitorial para consolidar su hegemonía en el mercado atlántico de la época. En la década de 1550, la élite mercantil británica operaba desde una metrópoli gris, obsesionada por el dogma religioso y el rédito comercial.

De esa colmena calvinista y anglicana emergió la firma Castelyn-Hickman. Edward Castelyn, nacido en la lejana isla griega de Quíos e hijo del próspero comerciante William Castelyn y de Angelet Vlacho, solicitó la carta de naturalización en 1543 para afianzar sus negocios en la City. Castelyn se asoció con Anthony Hickman, un próspero negociante de Woodford (Essex) integrado en la corporación de los Mercers tras su matrimonio en 1543 con Rose Lok. Rose Lok, cuya memoria familiar redactada en 1613 documenta las convulsiones del período, era hija de Sir William Lok, mercader predilecto de Enrique VIII y agente de espionaje para Thomas Cromwell. Esta alianza dinástica entre los Castelyn, los Hickman y los Lok no respondía al afecto, sino a la búsqueda metódica de beneficios en los mercados de Amberes, Cádiz y el Norte de África.

El fanatismo ideológico resulta siempre incómodo para la contabilidad. Cuando la católica María Tudor ascendió al trono de Inglaterra en 1553, las simpatías protestantes de la red Castelyn-Hickman amenazaron con arruinar sus balances financieros. Anthony Hickman y su cuñado Thomas Lok terminaron encarcelados por dar refugio a heréticos. La liberación no llegó por milagro divino, sino mediante el recurso universal del soborno: entregaron cofres rebosantes de azúcar y piezas de suntuoso terciopelo al marqués de Winchester y al marqués de Berghes.

Camino del exilio en Amberes en 1557, Rose Lok vivió un episodio grotesco que refleja hasta qué punto la mercancía había impregnado el pensamiento de la época. Para evitar que su hijo recién nacido recibiera un bautismo católico bajo el rito romano —que consideraba nulo y sacrílego—, sustituyó la sal de la liturgia papal por granos de azúcar canario. La sacarosa, convertida en un sucedáneo sacramental, permitía fingir la ortodoxia mientras preservaba la pureza de la fe reformada.

Las Islas Canarias representaban la plataforma logística ideal para esta oligarquía de la City. En 1553 la compañía estableció una estructura permanente de negocio en el archipiélago. Edward Kingsmill se instaló en Gran Canaria como mayorista, abriendo una próspera tienda en Las Palmas. En Tenerife, William Edge adiestró desde 1556 al joven Thomas Nichols, quien en 1557 fijó su residencia en San Cristóbal de La Laguna.

Los números revelan la magnitud de la extracción colonial. Kingsmill estimó que el flujo anual de mercancías que la firma movilizaba en una sola operación ascendía a 11.250.000 maravedís (30.000 ducados). A precios de mercado con inflación acumulada calculada a 2025, esta cifra equivale a aproximadamente 8,45 millones de euros. Semejante volumen de dinero representaba la mitad de todas las rentas reales que la Corona española obtenía anualmente del archipiélago.

Los cargamentos no se limitaban al dulce cristalizado de las haciendas insulares. El 30 de diciembre de 1556, los registros de la aduana de Londres anotaron la llegada a puerto de 145 cofres de azúcar enviados a nombre de Anthony Hickman. Desde los puertos de Santa Cruz de Tenerife, Candelaria y Las Palmas salían barcos cargados con pipas de vino de malvasía, miel de caña y cueros curtidos, enrutados hacia Cádiz —donde operaba Richard Cawsten, factor de Hugh Tipton, cónsul de la nación inglesa— o con destino directo a las dársenas del Támesis y los muelles de Amberes.

La burocracia estatal española observaba con creciente desconfianza este monopolio de facto ejercido por súbditos protestantes. En febrero de 1559, coincidiendo con la coronación de Isabel I en Londres, las autoridades canarias ordenaron el embargo preventivo de los bienes de Kingsmill y Nichols. Thomas Nichols terminó encerrado en las prisiones del Santo Oficio en Las Palmas. Acusado de herejía, de blasfemar contra los sacramentos e impugnar la confesión auricular, sufrió prisión y la confiscación total de sus existencias.

Libre tras su proceso inquisitorial, Nichols publicó en Londres en 1583 la conocida obra 'A pleasant description of the fortunate ilandes, called the Ilands of Canaria'. La represión no fue solo doctrinal, sino mercantil. En 1560, el gobernador de Gran Canaria, el licenciado Polo Morteo, intervino la tienda de Edward Kingsmill. La excusa formal fue que Kingsmill llevaba sus libros de contabilidad en idioma inglés, contraviniendo una disposición de la Corona de 1550. Detrás del rigor lingüístico yacía el despecho: Kingsmill se había negado a aplicarle un descuento personal al gobernador en las telas de su establecimiento.

La multa impuesta por la Real Chancillería de Granada ascendió a 375.000 maravedís. Kingsmill, en cartas enviadas al embajador Sir Thomas Challoner, elevó el perjuicio total a 750.000 maravedís. Esto representaba una pérdida neta cercana a los 280.000 euros actuales. Los embargos provocaron un colapso de liquidez en Londres. Edward Castelyn y Anthony Hickman acumularon en 1559 una deuda de unos 5,2 millones de euros a valor constante de 2025, viéndose obligados a suplicar a Sir William Cecil una prórroga en los pagos.

La quiebra de la red no detuvo la codicia corporativa. Para reflotar la delegación insular en 1563, la firma incorporó a un nuevo socio con amplio capital: Sir Lionel Duckett. Duckett, influyente miembro de los Mercers, futuro Lord Mayor de Londres e inversor en los viajes negreros de John Hawkins y en las expediciones árticas de Martin Frobisher, reestructuró la operativa canaria. John Lok viajó en dos ocasiones al archipiélago en 1561 para auditar las cuentas y saldar los contenciosos pendientes. Tras el retorno definitivo de Kingsmill y Nichols a Inglaterra entre 1564 y 1565, la compañía desplegó a dos nuevos factores graduados en los gremios londinenses. Thomas Pollington, aprendiz de Hickman procedente de Bristol, asumió la tienda de Gran Canaria.

Poco después tomó las riendas Edward Selman, formado bajo el amparo de Castelyn. En julio de 1565, Selman coordinó en el puerto de Las Palmas la carga de la nave 'El Roberto', propiedad del patrón Jaimes Anton. Las bodegas del buque se llenaron con cajas de azúcar, jarras de miel y pipas de vino. Las cláusulas del contrato de fletamento reflejaban el clima de paranoia comercial resultante del bloqueo hispano-flamenco. Se ordenó al capitán no atracar directamente en el continente, sino dirigirse a un puerto seguro del sur de Inglaterra, donde Duckett, Castelyn y Hickman decidirían si desembarcar la carga en la City o arriesgar su traslado a los mercados de Amberes.

Hacia 1568 el rastro de la compañía Castelyn-Hickman se disolvió definitivamente en los archivos notariales de Las Palmas y Santa Cruz. Los inversores desplazaron su atención hacia empresas aún más arriesgadas: la Muscovy Company para el comercio ruso, la trata transatlántica de esclavos en el Golfo de Guinea y la búsqueda del Paso del Noroeste con Martin Frobisher. La búsqueda obsesiva de rendimiento financiero dejó tras de sí un rastro de pleitos, expedientes inquisitorial e e historias contables en inglés que terminaron pudriéndose en los legajos judiciales de Granada y Sevilla.

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