Petroleros saudíes apagan rastreadores en el mar Rojo
Petroleros saudíes apagan rastreadores en el mar Rojo
Cargando análisis estratégico...
Por: Juan Francisco Roque Higorre
Desde Washington
El presidente Rodrigo Paz llegó al poder con una promesa que pretendía romper la inercia histórica del país: “Llevar a Bolivia al mundo y traer el mundo a Bolivia”. Era un lema ambicioso que condensaba la aspiración de abandonar el aislamiento, desmontar el sesgo ideológico del MAS y construir una diplomacia dinámica, capaz de reinsertar a la nación en los circuitos globales, atraer inversión, tecnología y turistas, abrir mercados y, sobre todo, brindar credibilidad.
Pero la designación de Héctor Francisco Huanca Gutiérrez como ministro de Relaciones Exteriores parece debilitar esa visión. En un momento delicado para las arcas públicas y para profundizar la relación bilateral con Estados Unidos, Bolivia ha configurado una Cancillería con la jerarquía invertida: un cortocircuito institucional que afecta tanto la habilidad diplomática como la lógica de recursos humanos del Estado. Es una decisión que no solo desconcierta: desarma la política exterior boliviana en el instante en que más necesita fortaleza, velocidad, claridad y profesionalismo.
En América Latina, las cancillerías de Brasil, Chile y México representan el estándar de profesionalización diplomática. Todas comparten tres pilares: visión geopolítica de largo plazo, formación técnica de alto nivel y autonomía frente al vaivén político.
Bolivia, en cambio, ha colocado al frente de su diplomacia a un funcionario cuya trayectoria pública está concentrada en los derechos humanos, la gestión de conflictos, la mediación y la conciliación, no en la diplomacia, la negociación comercial o la atracción de inversiones. Su carrera de más de 15 años en la Defensoría del Pueblo, durante gobiernos del MAS, y un diplomado con rúbrica cubana proyectan una imagen difícil de conciliar con la promesa presidencial de eficiente modernización.
No se trata de un juicio personal sobre la labor comunitaria de Huanca, sino de un choque directo entre alfabetos políticos: mientras el gobierno intenta hablar el lenguaje de la apertura de mercados y la atracción de inversionistas, los antecedentes del nuevo canciller expresan el dialecto del activismo y la conciliación social. En Washington, donde la formación y las trayectorias se interpretan como señales importantes, el nombramiento de Huanca genera desconcierto. El currículum del canciller debería ser su instrumento inicial de presentación; en cambio, se ha convertido en un símbolo de vulnerabilidad e incomprensión del tablero geopolítico mundial.
Hay un vacío adicional difícil de ignorar: el nuevo canciller no registra dominio del inglés. No es un detalle protocolar. Es la lengua de trabajo de la diplomacia contemporánea. ¿Cómo representará a Bolivia ante Estados Unidos, inversionistas y actores globales alguien que no maneja la herramienta básica de comunicación? Esta carencia no es menor: expone la brecha entre la ambición declarada y las capacidades mínimas para sostenerla.
Las reacciones de excancilleres han sido contundentes. Karen Longaric cuestionó la designación y afirmó que ella no habría nombrado a Huanca, señalando que existen expertos en relaciones exteriores para ocupar el cargo. Ronald MacLean fue más directo: “Estamos en el tercer gobierno del MAS”. Entre la improvisación denunciada por Longaric y la continuidad masista señalada por MacLean, la diplomacia boliviana se enfrenta a un vacío técnico que envía un mensaje poco alentador al exterior.
Hace poco el canciller Huanca escribió la columna “Una institución distinta” y el problema empieza precisamente allí. El texto parece pedir que la Cancillería sea comprendida, tolerada y casi eximida de la urgencia de los resultados por tratarse de una institución excepcionalmente compleja. Nadie discute que lo sea: representa la soberanía, protege a los bolivianos en el exterior, negocia inversiones, mercados, cooperación y seguridad, y administra vínculos que pueden decidir el futuro del país. Pero por eso mismo merece la máxima exigencia, no indulgencia. La Cancillería no es “distinta” porque pueda refugiarse en abstracciones ni porque deba quedar al margen de la rendición de cuentas; es distinta porque sus errores cuestan más, sus vacíos pesan más y sus demoras dejan a Bolivia virtualmente muda precisamente donde se deciden sus intereses.
Huanca reivindica la prudencia, la continuidad y los tiempos largos de la diplomacia. Pero la prudencia no es contemplar indefinidamente el siguiente paso hasta que la oportunidad desaparezca; es analizar con rigor, fijar objetivos, medir riesgos y actuar con precisión. Lo demás tiene otros nombres: indecisión, incapacidad o quizá miedo. Cuando ese titubeo deja a Bolivia sin embajadores y sin resultados concretos tras nueve meses de gobierno, ya no puede venderse como cautela de Estado. Invocar el largo plazo para no resolver las urgencias del presente no es diplomacia: es convertir la espera en doctrina equivocada.
El canciller asegura que su Ministerio no administra “solamente competencias”, sino “relaciones” y que la credibilidad facilita la cooperación y mejora la interlocución. Sin embargo, ¿cómo se administran relaciones desde la ausencia? ¿Cómo se construye credibilidad con misiones interinas, embajadas estratégicas sin conducción y un Estado que demora en ocupar los espacios donde debería defender sus intereses? La contradicción es devastadora: Huanca proclama la importancia de la presencia internacional mientras Bolivia permanece ausente donde más necesita gravitar. Dice que la confianza debe convertirse en seguridad, oportunidades y bienestar; entonces que lo demuestre. La confianza no se custodia con frases solemnes: se acredita con embajadores idóneos, prioridades claras, negociación efectiva y resultados.
El canciller saliente, Fernando Aramayo, dejó como despedida un parche tardío: la nominación de embajadores ante la OEA y en Paraguay después de nueve meses de silencio. Sin embargo, mientras se priorizan esas plazas, persiste la pregunta esencial: ¿por qué la relación con Estados Unidos, presentada por el propio Gobierno como estratégica y vital, no fue acompañada desde el inicio por una representación diplomática de primer nivel en Washington? Hoy la presencia boliviana en la capital norteamericana roza lo caricaturesco: La Paz mantiene una delegación raquítica de dos funcionarios de apoyo y guiada por un encargado de negocios interino, Sergio Gutiérrez, sin mayor gravitación en los círculos de poder del Distrito de Columbia. Por ende, Bolivia sigue siendo una presencia casi fantasma.
¿Cómo pretende el gobierno de La Paz captar inversiones multimillonarias o incidir en el centro de decisión global con una presencia diplomática ínfima y sin embajador acreditado? La precariedad es aún más clara si se considera que Bolivia necesita interlocución permanente en temas de financiamiento multilateral, lucha contra el crimen transnacional, minerales críticos, acceso a mercados y atracción de capitales.
Santa Cruz atraviesa una escalada de violencia ligada a enfrentamientos entre el Primer Comando de la Capital y el Comando Vermelho por el control de rutas del narcotráfico. Ante esta emergencia, el ministro de Defensa, Ernesto Justiniano, anunció su próxima participación en Panamá dentro de la Coalición de las Américas frente a los Cárteles, bajo el paraguas del Shield of the Americas. Sin embargo, surge la gran brecha institucional: mientras Defensa asiste a cumbres de seguridad continental, la Cancillería —la institución llamada a acompañar estas iniciativas— queda relegada.
Mientras la diplomacia boliviana marcha a paso de tortuga, la región avanza aceleradamente. A escasas horas de asumir el mando, el nuevo presidente colombiano Abelardo de la Espriella anunció representantes diplomáticos ante la ONU y la OEA, la designación de su embajador en Washington —que se hará pública en breve— y un paquete de asistencia en seguridad de Estados Unidos por 1.000 millones de dólares; una muestra clara de cómo la celeridad, el pragmatismo y la claridad geopolítica se traducen en resultados y recursos reales. En contraste, La Paz parece olvidar que la diplomacia del siglo XXI no espera a los indecisos: en el tablero internacional, la lentitud no es mera ineficiencia, sino la renuncia voluntaria al desarrollo, a la seguridad y a la relevancia.
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