La Paz 9 de agosto, (Carmen Julia Apaza para Urgente.bo).- “Yo me sirvo de lo vivido, hago arte que se vende y, por ende, hago dinero con lo que me dieron, lo que me quitaron y lo que me rompieron.”
Cazzu escribió estas palabras en Perreo, una revolución, pero la noche del 7 de agosto, en el Teatro al Aire Libre de La Paz, parecían estar ocurriendo delante de nosotros.
A las 21:50, Cazzu apareció sobre el escenario. Cerca de las doce de la noche, cuando terminó el concierto, quedaba una sensación difícil de explicar con una cifra, una entrada o una lista de canciones. Habíamos visto a una artista utilizar todo lo vivido como materia prima: el dolor, la maternidad, las críticas, las pérdidas, la mirada ajena y también sus propias contradicciones. Cazzu no llegó a Bolivia solamente a cantar. Llegó convertida en una especie de ave fénix: no una mujer que vuelve de las cenizas para demostrar que está intacta, sino alguien que aprendió a hacer arte con aquello que intentó romperla.
Y quizá por eso su llegada a La Paz tuvo un significado particular.
Cazzu, Julieta Emilia Cazzuchelli, nacida en Jujuy, pertenece a esa primera generación de artistas fundamentales para el nacimiento y expansión del trap argentino. Junto a nombres como Duki y Khea, ayudó a construir una escena que después se convirtió en una de las mayores exportaciones musicales de Argentina hacia América Latina. Pero reducirla a “la trapera que vino a Bolivia” sería quedarse en la superficie. Cazzu fue también una de las mujeres que abrió camino para muchas de las que llegaron después.
Su carrera, además, se construyó en un territorio particularmente cruel con las mujeres: la música urbana.
Una industria que exige sensualidad, juventud, determinado cuerpo, determinada cara y, sobre todo, una capacidad casi absurda para sobrevivir al juicio permanente.
Cazzu decidió hacer otra cosa: utilizar aquello que supuestamente debía esconder como parte de su identidad.
En Perreo, una revolución, habla incluso de su nariz. Cuenta cómo descubrió que un rasgo de su rostro podía convertirse, dentro de la lógica estética de la industria, en un supuesto defecto. Las narices grandes, escribe, han sido históricamente asociadas con las villanas, las brujas y aquello que una mujer “bonita” no debería tener. Pero después transforma esa mirada: su nariz también es herencia, memoria, familia. Le recuerda a su madre y a sus tías. Es parte de una genealogía femenina.
Sin necesidad de convertirse en una versión domesticada de sí misma, Cazzu ocupó el espacio. Hubo momentos teatrales, cambios de atmósfera y canciones llevadas hacia sonidos cercanos al tango, mientras su voz se movía entre la fragilidad y la contundencia. Después, en una segunda parte del concierto, apareció una imagen mucho más desnuda: Cazzu, una silla y su voz.
Sin una multitud de bailarines alrededor, sin una escenografía que necesitara explicar quién era, apareció algo que la industria suele intentar esconder: una mujer que no necesita cumplir con el molde de belleza hegemónica para dominar un escenario.
El nombre de su hija, inspirado en una palabra quechua que significa “sol”, nació también de su vínculo con Bolivia y de una visita al Salar de Uyuni. Esa historia pudo haber quedado reducida a una anécdota bonita. No ocurrió así.
Antes de la canción, el público recibió pequeñas cartulinas con soles. Cuando comenzó Inti, miles de personas levantaron aquellos papeles hacia el escenario.
Miles de personas sosteniendo pequeños soles para una canción dedicada a una niña.
En su libro, Cazzu también recuerda las conversaciones y prejuicios que rodeaban a las mujeres de la música urbana. Habla de artistas como Nicki Nicole, Nathy Peluso y Natti Natasha y de cómo, desde ciertos sectores de la industria, se construían comparaciones entre ellas. Uno de los ejemplos que recupera es el prejuicio de que una carrera femenina podía quedar prácticamente anulada después de la maternidad.