Por:
Andrés Gaudin
En apenas dos semanas dos de las diez provincias de Canadá –la francófona Quebec y la anglófona Alberta– votaron en un referéndum en el que se les preguntó si eran partidarias de abrir un proceso que condujera a una nueva y definitiva consulta independentista. Cada una por su lado dijo “No”.
Una vez conocidos los resultados, el primer ministro Mark Carney reaccionó con una misma, calcada frase: “El pueblo eligió la unidad, cuidarse los unos a los otros. Eligió Canadá”. La brevedad encerró un concepto central. En medio de un fuerte enfrentamiento con Estados Unidos, su antiguo socio que ahora, sin embargo, proclama su ambición de anexar el país para convertirlo en la estrella número 51 de su bandera, Carney reivindicó el espíritu soberano de una sociedad que eligió por amplia mayoría, cuidarse los unos a los otros y ya se defiende boicoteando los productos Made in USA que invaden el país.
Quebec no despierta ningún interés inmediato en Estados Unidos, aunque la fragmentación política del Estado canadiense sería un gran paso hacia el hipotético futuro diálogo bilateral con miras a concretar el sueño de la estrella 51. Alberta es otra cosa. Su subsuelo guarda grandes yacimientos de carbón, litio, tierras raras y níquel y, sobre todo, gas y petróleo, del que tiene las cuartas mayores reservas mundiales, a la cola de Venezuela, Arabia Saudita e Irán.
Los conservadores que promovieron la consulta independentista hicieron hincapié en la participación de la provincia en la economía federal, y acusaron al gobierno central de impedir su crecimiento al imponer una política energética que, al menos teóricamente, prioriza la agenda climática. A la fragmentación política, la separación habría agregado la quiebra económica.
Más allá de que la grosera proclama del presidente Donald Trump –que en estos meses se extendió a México, Groenlandia, Centroamérica, las islas del Caribe e Islandia–, sea una bandera permanente de la potencia imperial, en este caso las consultas canadienses y sus correspondientes campañas previas coincidieron con los preparativos de la elección norteamericana de renovación legislativa del martes 3 de noviembre.
Para entonces, todo indica que los vientos no soplan a favor de los republicanos de Trump y los nervios no sólo se muestran en el plano interno. De la agresiva idea de la estrella 51, la Casa Blanca y sus tentáculos pasaron a entrometerse abiertamente en Quebec y en Alberta. Así, el tropezón del independentismo en Canadá fue una derrota en Estados Unidos. Hubo un único triunfador, Mark Carney. ¿Es que de lo que era un oscuro político, Donald Trump ha hecho un proyecto de ídolo?
A días de la votación en Alberta, y refiriéndose al acuerdo leonino con el que Dinamarca y las autoridades de Groenlandia le entregaron la isla a Estados Unidos, Trump exhibió todo su juego. En un mitin electoral en Arizona agradeció a la OTAN y sus socios de la Unión Europea “por haber tenido la amabilidad de cedernos Groenlandia”. Entre los aplausos de sus fieles fue explícito: “Lo conseguimos, tenemos Groenlandia, todos están entrando en nuestro juego, de lo contrario tendrán que pagar unos aranceles enormes y terminarán convirtiéndose en la estrella 51. Ya saben, no los necesitamos, pero ellos a nosotros sí”.
Luego precisó: “Nunca fue mi intención convertir a Groenlandia en el estado número 51, quiero convertir a Canadá en el número 51. Groenlandia será el 52 y Venezuela puede ser el 53”. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, remató: “Alberta es nuestra prioridad, nuestro socio natural”.
El influyente diario conservador Globe and Mail puso todo a la intemperie al blanquearles a los canadienses que los líderes del Proyecto de Prosperidad de Alberta-APP, el movimiento de ultraderecha impulsor del referéndum, estuvieron en contacto permanente con la Casa Blanca y las figuras del Partido Republicano para asegurar el respaldo norteamericano a la futura Alberta independiente.
Según la versión, de esos encuentros habría surgido la idea de avanzar sobre lo que sería un mercado común Estados Unidos-Alberta, con el dólar como moneda única y sin aranceles (actualmente del 50 por ciento).
Como complemento, el Tesoro abriría una línea de crédito de 500 mil millones de dólares “para hacer el nuevo país, nuestro socio natural”, como definió Bessent al ahora frustrado país independiente.
Quizás pase tanto tiempo, quizás tanto como las tres décadas pasadas desde el anterior referéndum de Quebec, para que alguna de las provincias independentistas insista con una consulta como estas de octubre. Mientras, la sociedad, toda, encontró un lugar de militancia en “Compre productos canadienses”, una iniciativa con fuerte impronta política que llevó a que una buena parte de la población (el 91% dicen las encuestas) repudie las agresiones de Trump boicoteando la compra de bienes Made in USA: alimentos, alcoholes, productos con agregado tecnológico. Y que grandes cadenas de supermercados, lideradas por Loblaw y Metro, se hayan sumado y acudan a proveedores de España, Honduras, Brasil, Marruecos y Sudáfrica.
Además, el gobierno destinó 3000 millones de dólares para subsidiar a los productores de hortalizas que incorporen a sus granjas la técnica de los invernaderos.
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