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Durante muchos años, Portugal tuvo un objetivo claro: atraer a más turistas y más inversiones, y revitalizar las ciudades que estaban perdiendo población, actividad comercial y patrimonio.
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06 sep 2026, 17:01
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El turismo desempeñó un papel importante en esta transformación. Atrajo inversiones, rehabilitó edificios, creó empresas y puestos de trabajo, y situó a Portugal entre los destinos más codiciados de Europa.
Por lo tanto, sería demasiado simplista culpar al turismo de la crisis de la vivienda. El problema portugués es más profundo. Morningstar DBRS estima que, desde 2014, se ha acumulado un déficit de más de 300 000 viviendas, resultado de años de construcción insuficiente, costes elevados, falta de mano de obra y dificultades en los trámites para la concesión de licencias.
Pero reconocer esto no significa ignorar una realidad: cuando la oferta es escasa, cualquier aumento adicional de la demanda genera presión. El crecimiento del turismo y de las estancias de corta duración se ha convertido en otro factor más en un mercado inmobiliario ya de por sí desequilibrado.
Quizá por eso ha llegado el momento de dejar de hablar del turismo y la vivienda como si fueran dos problemas independientes. Portugal necesita ambos.
Necesita seguir siendo un destino turístico competitivo, porque el turismo representa inversión, exportaciones, empleo y actividad económica. Pero también necesita garantizar que quienes trabajan en nuestras ciudades puedan vivir en ellas y que las familias encuentren una vivienda acorde con sus ingresos. La cuestión central es, por tanto, la planificación.
Cuando una ciudad decide cómo quiere crecer, debería ser capaz de prever cuántas viviendas se necesitarán, dónde tiene sentido ampliar la oferta turística, qué edificios están vacíos, cuáles pueden rehabilitarse o reconvertirse, dónde deberían surgir nuevos proyectos y qué infraestructuras serán necesarias para hacer frente a este crecimiento.
La propia OCDE apunta en esta dirección al defender una política turística más integrada con el desarrollo regional, capaz de gestionar mejor los flujos de visitantes, distribuir los beneficios del turismo por todo el territorio y tener en cuenta también las necesidades de las comunidades locales.
Esto también implica considerar de otra manera la inversión turística. Un hotel puede restaurar un patrimonio abandonado. Un proyecto turístico puede regenerar una zona degradada. Los nuevos destinos pueden generar actividad económica en territorios que están perdiendo población. Y en regiones donde resulta difícil encontrar trabajadores debido al coste de la vivienda, tal vez los propios proyectos turísticos tengan que empezar a plantearse soluciones de vivienda para quienes trabajan en ellos.
El futuro no debería ser, por tanto, una elección entre turistas y residentes, hoteles y viviendas o inversión y calidad de vida. Debería ser una cuestión de equilibrio y, sobre todo, de previsión.
Portugal ya conoce la importancia económica del turismo. También conoce la magnitud del problema de la vivienda. Lo que falta ahora es aunar estas dos realidades en una estrategia territorial capaz de decidir dónde queremos turismo, dónde necesitamos vivienda y cómo pueden coexistir ambos. Porque el próximo capítulo del turismo portugués no debería versar únicamente sobre cuántos turistas podemos recibir.
Debería tratar de qué país queremos construir con el turismo que tenemos.