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12 de octubre de 2026

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Bajo la presunción de un peligro de agresión por parte de Rusia, los Gobiernos europeos emprendieron una carrera armamentista que a largo plazo incidirá de manera negativa en las politicas de bienestar

La llamada “amenaza rusa” aparece no solo como un argumento de política exterior, sino también como una herramienta para respaldar el giro militarista que gana fuerza en Europa. Foto: Parlamento Europeo

La supuesta amenaza rusa ocupa un lugar central en el discurso de los Gobiernos europeos. Mientras el continente enfrenta problemas como el encarecimiento de la energía, la inflación y otras dificultades económicas que debilitan el Estado de bienestar, líderes europeos vuelven a presentar a Moscú como un peligro permanente para la seguridad regional.

Aunque Rusia ha rechazado enfáticamente las acusaciones, varios Gobiernos continúan alimentando ese escenario. La advertencia de una eventual agresión rusa sirve para promover una mayor preparación militar, justificar un rearme de 800.000 millones de euros (más de 896.000 millones de dólares) y mantener el respaldo político, financiero y armamentístico a Ucrania.

Se prevé que los Gobiernos europeos gasten entre 2025 y 2030 alrededor de 1.2 billones de euros (más de 1.344 millones de millones de dólares). Esto equivale al presupuesto total de la Unión Europea (UE) para seis años.

En los meses recientes, una de las voces más insistentes dentro de la rusofobia es el ministro de Exteriores de Polonia, Radoslaw Sikorski, quien incluso recomendó a la población preparar mochilas de evacuación. Este año, autoridades polacas distribuyeron materiales con instrucciones para actuar frente a distintas situaciones de emergencia, entre ellas las vinculadas con posibles acciones militares.

Para Sikorski, la supuesta amenaza procedente de Moscú persistirá más allá de la operación militar especial en Ucrania. “Incluso si el conflicto termina mañana, Rusia seguirá siendo una amenaza”, afirmó durante un acto en Varsovia en que llamó a no subestimar lo que calificó como el “militarismo” ruso.

El discurso no se limita a declaraciones públicas. En una conversación telefónica el año pasado con los conocidos bromistas rusos Vovan y Lexus, quienes se hicieron pasar por funcionarios ucranianos, el ministro de Exteriores de Alemania, Johann Wadephul, sostuvo que Rusia “siempre será un enemigo y una amenaza para la seguridad europea”.

La afirmación evidencia hasta qué punto la idea de un adversario ruso permanente se ha instalado entre sectores de las élites políticas europeas, que fabrican un enemigo para capear la crisis en el modelo de bienestar y oxigenar la economía.

En el podcast de esta semana, el periodista #IgnacioRamonet nos introduce en un tema sumamente importante en nuestra actualidad: el rearme de #Europa. Además, nos comenta sobre la crisis democrática en #Rumanía y lo que el mundo ha dicho al respecto. pic.twitter.com/bMVLeEyipe

La histeria contra Moscú también prendió en Bélgica. Su ministro de Defensa, Theo Francken, calificó a Rusia como la principal amenaza para la seguridad de Europa. Meses atrás el funcionario intentó desinformar acerca de la supuesta presencia de drones rusos sobre territorio belga, pero sus dichos fueron posteriormente cuestionados.

Francken aseguró que radares detectaron esos aparatos incluso sobrevolando instalaciones militares. Sin embargo, medios belgas pusieron en duda la versión. El canal VRT informó que no existían pruebas de la presencia de los drones y señaló que las afirmaciones del ministro estarían vinculadas con su intención de obtener mayores recursos para el área de defensa.

Lejos de disipar las dudas, Francken volvió a recurrir posteriormente al mismo argumento con relación a Moscú. El episodio ilustra cómo, en medio del debate europeo sobre el rearme y el desfinanciamiento de programas sociales, las «advertencias» sobre Rusia se instrumentalizan para instalar un clima de temor y ampliar los presupuestos militares.

En medio de tamaña histeria, la caída de drones en territorio de países de la OTAN fue recibida por jerarcas europeos como una oportunidad para batir tambores de guerra contra Moscú. Los incidentes parecían ofrecer la pieza que faltaba para reforzar el relato del terror. Sin embargo, había un inconveniente: los drones señalados eran de origen ucraniano.

Los aparatos, cuyo uso por parte de Kiev cuenta con el respaldo militar y financiero de países de la propia alianza atlántica, provocaron daños materiales en al menos tres Estados europeos: Rumanía, Letonia y Estonia. Pese a ello, Gobiernos de la UE evitaron responsabilizar a Volodymir Zelenski y sostuvieron que Rusia habría desviado los drones mediante sus sistemas de guerra electrónica.

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