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Nevaco Global
20 de junio de 2026

El ex ministro de producción Matías Kulfas afirma: “Es bueno el incentivo a la inversión, pero el planteo de este Súper RIGI es defectuoso”

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El gobierno busca profundizar la modificación de la matriz productiva de la Argentina: mientras la industria manufacturera cae contra 2025 al compás de la caída del consumo y la apertura de importaciones, la administración libertaria logró el dictamen del “Super RIGI”, un segundo programa de incentivos que busca atraer inversiones en rubros que el país no desarrolló.

Matías Kulfas, ex ministro de Desarrollo Productivo en el gobierno de Alberto Fernández y director de la consultora Audemus, acuerda con el objetivo de una Argentina más integrada y abierta. Sin embargo, argumenta, falta “una mirada estratégica”.

«Hacer apertura con dólar barato, en un contexto internacional en el que todos discuten el avance de China, es regalarse”

“Hacer apertura —reducción de aranceles, eliminación de controles técnicos, eliminación de impuestos— con dólar barato, en un contexto internacional en el que todos discuten el avance de China, es regalarse”, dijo en diálogo con RÍO NEGRO. “Se toman posiciones extremas como dogmas”, afirma.

En una entrevista abierta y mano a mano, el ex ministro analiza la marcha de la economía durante la gestión Milei, pone la lupa sobre las tensiones que surgen de la actual política económica y el Super RIGI, y repasa su propio paso por la función pública.

PREGUNTA: ¿Cómo ve al gobierno de Javier Milei y su plan económico?RESPUESTA: Estamos en el mejor trimestre por estacionalidad: es el momento de mayor afluencia de divisas por la cosecha. Este año, los buenos precios de los hidrocarburos fortalecieron la posición de divisas por exportaciones. En general, en los segundos semestres, sobre todo después de julio y agosto, empieza a haber más dolarización de portafolios. Este es un buen momento para el gobierno, pero muchos de los problemas todavía están vigentes, con lo cual es probable que después de julio y agosto empecemos nuevamente a ver tensiones en el mercado de cambios. Dicho esto, creo que hay un cambio gestándose desde hace un tiempo, que tiene que ver con el auge de las materias primas, porque el mundo está muy demandante de ellas y Argentina tiene condiciones especiales. Al mismo tiempo, está madurando un ciclo inversor en energía y arrancando en minería. Esto se suma a un gobierno que ha desarmado por completo los objetivos de política industrial y está funcionando con un dólar barato y apertura. Todo lo que no es materia prima en Argentina está comprometido; no tiene mucha chance de crecimiento.

P: ¿Es una economía que marcha a dos velocidades?R: Hay una economía dual. Yo soy crítico de la idea de la “economía a dos velocidades” porque indicaría que hay una economía que crece muy rápido y otra que crece un poco más lento. Y la verdad es que hay una economía volando, vinculada a las materias primas, y el resto que está muy mal, es decir no crece: la industria está diez puntos abajo de 2023, la construcción cerca de veinte puntos abajo del promedio 2022-2023 y el comercio de consumo masivo está golpeado.

P: ¿Qué opina del RIGI?R: Estoy a favor de una parte clave, que es la estabilidad fiscal y el acceso a divisas. No se le puede pedir a un inversor internacional que desembolse mil o dos mil millones de dólares y que después no sepa si va a poder girar dividendos o pagar deuda. Esa parte del RIGI la acompaño, pero no acompaño que sea sin contrapartidas. No se exige desarrollo de proveedores locales y se genera un sesgo a favor de la importación.

P: ¿Y del Super RIGI?R: Así como está planteado, el Súper RIGI es un instrumento muy defectuoso. Como economista industrial del desarrollo, me entusiasma que un gobierno quiera plantear incentivos a inversiones de sectores que el país no tiene o tiene de manera incipiente. Pero los que se mencionan —semiconductores, movilidad eléctrica, manufacturas, data centers, inteligencia artificial— crecen con otros entornos generales y política industrial y científico-tecnológica. Lo único concreto que realmente podría calificar para el Súper RIGI son los data centers.

Estoy a favor de una parte clave, que es la estabilidad fiscal y el acceso a divisas. Pero no acompaño que sea sin contrapartidas. No se exige desarrollo de proveedores locales y se genera un sesgo a favor de la importación.

P: ¿Sería virtuoso que los data centers vinieran al país?R: Hay un malentendido. Muchos asocian los data centers con la Inteligencia Artificial (IA). Están relacionados, pero los data centers son simplemente lugares donde se almacenan y procesan datos, con una alta demanda de energía. En los próximos cinco años se va a duplicar la demanda energética asociada a estos proyectos de IA. Pero no es que Argentina vaya a incorporar programadores, investigadores o desarrolladores de nuevos lenguajes. Simplemente se trataría del lugar con racks de procesamiento y muy poco empleo. Hicimos cuentas que indican que por cada US$ 1.000 millones de inversión en data centers se generan entre 30 y 80 empleos permanentes. Puede haber más en la construcción, pero duran un tiempo y después terminan. Comparar data centers con IA es como decir que el país va a desarrollar cohetes espaciales porque tiene un puerto por donde pasa un componente de esa cadena productiva. No tiene sentido.

P: ¿Hay una tendencia en toda la región respecto a este tipo de programas de incentivo?R: Los países vecinos implementan estos regímenes por entre cinco y diez años. Además, la buena política industrial genera incentivos y también compromisos: eficiencia energética e hídrica, inversión en I+D, contratación de programadores y tecnólogos locales, desarrollo de cadenas productivas locales. El gobierno eliminó todo eso por cuestiones ideológicas. En cuanto al RIGI original, la noticia reciente de que una minera está importando una ciudad entera de construcciones modulares desde China, cuando podrían hacerse en Argentina, muestra el desprecio por el desarrollo productivo integral.

P: ¿Hay algo de razón la idea de que la industria argentina estaba demasiado protegida?R: Hay una fuerte contradicción entre el discurso oficial y la realidad. Bienvenida sea la integración en cadenas productivas, pero requiere una estrategia. Por ejemplo, el gobierno hizo un acuerdo con Estados Unidos, que podría haber sido una oportunidad para pedir que, dado que quieren reemplazar proveedores chinos, se integraran algunos eslabones de cadenas industriales argentinas. No hay nada de eso. Con China ocurre algo parecido. Los acusaron de comunistas y fue el país que más aumentó sus exportaciones a la Argentina. Y al mismo tiempo le estamos vendiendo recursos naturales, como el litio, sin ningún compromiso de industrialización local. Argentina tiene casi cincuenta millones de habitantes. No es un país escandinavo de cinco o seis millones que puede vivir de la renta de los recursos naturales. Necesita desarrollar un conjunto amplio de actividades productivas, industriales y de servicios.

P: ¿Qué enseñanza recoge de su paso por el gobierno de Alberto Fernández?R: Para analizar esa etapa hay que considerar dos cosas: el escenario global y la interna. La pandemia llegó con una economía que ya estaba devastada, sobreendeudada, con crisis fiscal y muy debilitada. Fue como tener una enfermedad gravísima en un paciente que ya estaba en quimioterapia. Eso obligó a aumentar el déficit fiscal del 1% al 6% del PBI. No había alternativa. Al año siguiente, cuando la economía se recuperó, lo lógico era reducir el déficit. Se estaba avanzando en ese camino, pero apareció la famosa carta de Cristina diciendo que el ministro de Economía estaba subejecutando el presupuesto: una política contracíclica razonable se abortó por esa interna política. El presidente no sostuvo el rumbo y eso generó una inyección de recursos que impulsó la inflación. Luego se sumó la guerra de Ucrania. Todos los países tuvieron un salto inflacionario en marzo de 2022, pero la mayoría logró bajarlo. Argentina tuvo un salto importante y en 2023, con la falta de dólares, pasó a un régimen de alta inflación.

Tras la pandemia estábamos avanzando en la reducción del déficit fiscal, una política contracíclica razonable. Pero apareció la famosa carta de Cristina diciendo que el ministro de Economía estaba subejecutando el presupuesto y se abortó ese sendero por la interna política.

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