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7 de septiembre de 2026

África. La economía de Thomas Sankara

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The Tricontinental/ África en Resumen/ 7 de septiembre de 2026

¿Qué exige la liberación cuando la pobreza ha sido diseñada por la historia, la dependencia se vende como desarrollo y la dignidad solo puede ganarse mediante la disciplina colectiva, el poder popular y la autosuficiencia?

El pensamiento económico de Thomas Sankara no puede entenderse únicamente a través de las categorías convencionales utilizadas para analizar las políticas públicas. El crecimiento, los presupuestos, la inflación, los ingresos fiscales y los saldos monetarios importan, pero no son suficientes para explicar la coherencia de la visión que desarrolló e intentó implementar en Burkina Faso entre 1983 y 1987.

Para Sankara, la economía era ante todo un proyecto político, moral y anticolonial: un medio a través del cual un pueblo podía convertirse en dueño de su propio destino. En este sentido, se sitúa en la tradición revolucionaria panafricana de la crítica al neocolonialismo de Kwame Nkrumah, la teoría de la liberación nacional de Amilcar Cabral y los experimentos de desarrollo autosuficiente de Julius Nyerere. Su proyecto tenía sus raíces en la búsqueda de la soberanía, la dignidad, la justicia social y la responsabilidad colectiva, y en la clara comprensión de que la subordinación económica de África no era una condición natural, sino una construcción histórica que podía, y debía, ser deshecha.

Un país empobrecido por la historiaCuando Sankara llegó al poder, Burkina Faso se encontraba entre las naciones más pobres de la Tierra. Los datos del Banco Mundial para 1983 muestran la magnitud de la crisis. El PIB per cápita se situaba en torno a los 212 dólares estadounidenses, menos de la mitad del promedio del África subsahariana. La economía seguía siendo abrumadoramente rural, con aproximadamente nueve décimas partes de la población dedicada a la agricultura de subsistencia o a la ganadería. La esperanza de vida al nacer era de 48 años; la mortalidad infantil se situaba en 116 muertes por cada 1.000 nacidos vivos, lo que significaba que más de uno de cada nueve niños nacidos vivos no sobrevivía a su primer año. Menos de uno de cada diez adultos sabía leer. La dependencia de la ayuda exterior era considerable y la ayuda oficial al desarrollo neta superó los 181 millones de dólares estadounidenses solo en 1983. En una economía de esta escala, eso representaba una proporción estructuralmente significativa de los recursos públicos.

Muchos observadores concluyeron a partir de estos hechos que el desarrollo de Burkina Faso solo podía lograrse mediante un apoyo externo masivo. Sankara adoptó una postura diferente. No negó la importancia de la cooperación internacional. Lo que rechazaba era la idea de que la dependencia pudiera ser el cimiento de la liberación. Comprendía que la pobreza de su país había sido producida a través de la extracción colonial, unos términos de intercambio deliberadamente desfavorables y un orden económico internacional que transfería valor de la periferia al centro. Hacer de la dependencia externa la base del desarrollo nacional equivaldría, por tanto, a reproducir las mismas relaciones que habían creado el subdesarrollo. Autosuficiencia y desarrollo endógenoPara Sankara, el desarrollo sostenible no podía ser importado. Tenía que surgir principalmente de las capacidades del propio pueblo. Tenía que apoyarse en los recursos humanos, la tierra, el conocimiento local, las tradiciones de solidaridad y las energías disponibles dentro del país. Esta convicción formaba el núcleo de lo que puede llamarse una economía de soberanía. Un pueblo solo es verdaderamente libre cuando posee la capacidad suficiente para producir lo que necesita para vivir con dignidad.

Sankara decía: “Produzcamos lo que consumamos y consumamos lo que produzcamos”. Detrás de esta frase se esconde una profunda reflexión sobre la dependencia económica y una ruptura consciente con las estructuras de dependencia que el colonialismo construyó y el neocolonialismo continúa reproduciendo. Cuando un país importa la mayor parte de sus alimentos, bienes de consumo o equipos básicos, se vuelve vulnerable a las decisiones tomadas en otros lugares. Su desarrollo depende entonces de factores fuera de su control: los precios de las materias primas fijados en mercados distantes, las condiciones de crédito determinadas por las instituciones financieras del Norte y las cadenas de suministro diseñadas para servir a los intereses metropolitanos. Por el contrario, una nación capaz de satisfacer una proporción significativa de sus necesidades esenciales fortalece su libertad de acción y comienza a reclamar la soberanía económica que el dominio colonial le negaba.

Agricultura, soberanía alimentaria y autoajusteTal visión situaba naturalmente a la agricultura en el centro de la estrategia económica. Para Sankara, la soberanía alimentaria representaba el primer pilar de la independencia nacional. Ningún proyecto de desarrollo podía ser sostenible si la población dependía de fuentes externas para su alimentación. Por lo tanto, la agricultura dejó de ser vista como un sector secundario preocupado meramente por la supervivencia rural. Se convirtió en una actividad estratégica de la que dependían la estabilidad económica, social y política.

Los esfuerzos emprendidos para aumentar la producción agrícola siguieron esta lógica. La producción de cereales aumentó de aproximadamente 1,1 millones a 1,6 millones de toneladas métricas entre 1983 y 1987, elevando la tasa de cobertura alimentaria del 81 por ciento a un pico del 129 por ciento sin importaciones. Por primera vez, Burkina Faso producía más alimentos de los que necesitaba. Los proyectos de riego, en notable medida la expansión del plan del valle de Sourou a partir de 1984, la movilización de los agricultores, las técnicas agrícolas mejoradas y la búsqueda sistemática de la autosuficiencia alimentaria tenían como objetivo reducir la vulnerabilidad nacional. Alimentar a la población se convirtió tanto en un acto de soberanía como en un objetivo económico. La reflexión de Sankara fue mucho más allá de la agricultura. Surgió en un contexto internacional marcado por el auge de los Programas de Ajuste Estructural del FMI promovidos en toda África. Presentados como remedios técnicos para el desequilibrio fiscal, estos programas buscaban generalmente reducir los déficits públicos, limitar el gasto estatal, liberalizar sectores de la economía y restablecer los equilibrios macroeconómicos. Sankara reconoció la existencia de desequilibrios económicos. No negó la necesidad de reforma o disciplina fiscal. Pero cuestionó los orígenes de las soluciones propuestas y sus consecuencias sociales.

Fue con este espíritu que desarrolló una forma de autoajuste económico. La idea era sencilla pero ambiciosa: si los sacrificios eran necesarios, debían definirse de manera soberana y dirigirse a fortalecer las capacidades nacionales. Los esfuerzos exigidos a la población debían financiar la educación, la sanidad, la producción agrícola, las infraestructuras y las capacidades locales. No debían limitarse a satisfacer los requisitos contables de los acreedores.

El Estado ejemplar: disciplina y ética políticaSankara también reflexionó sobre el papel del propio Estado. Era imposible pedir sacrificios a la población sin reformar primero las instituciones públicas. El Estado tenía que predicar con el ejemplo. Esta exigencia de conducta ejemplar se convirtió en una de las características más visibles de su gobierno.

Reducir el coste del gobierno no era simplemente una medida presupuestaria. Era un acto político diseñado para restablecer la coherencia entre palabras y hechos. Los líderes tenían que compartir las cargas impuestas a la nación. No podían exigir disciplina a la población mientras se reservaban privilegios costosos para sí mismos. Sankara rechazó el salario presidencial de 2.000 dólares estadounidenses al mes, cobrando en su lugar el sueldo de un oficial del ejército de 450 dólares. Se prohibieron los viajes en avión en primera clase y los chóferes gubernamentales para todos los ministros. La decisión de sustituir los prestigiosos vehículos oficiales, incluidos los Mercedes utilizados por los funcionarios públicos, por vehículos más modestos como el Renault 5 se convirtió en un poderoso símbolo de esta filosofía.

El objetivo no era simplemente ahorrar dinero. Era afirmar que ningún desarrollo sostenible es posible cuando las élites viven en condiciones completamente desconectadas de las de la mayoría. En muchos países, los coches oficiales simbolizan estatus y privilegio. Sankara los convirtió en símbolos de austeridad, responsabilidad y ética política.

Esta política de reducción de privilegios se extendió a otras áreas y buscó redirigir los recursos públicos hacia las necesidades colectivas. Cada gasto innecesario representaba recursos que de otro modo podrían dedicarse a escuelas, centros de salud, presas, proyectos agrícolas o infraestructuras públicas. El Programa Popular de Desarrollo, lanzado en octubre de 1984, formalizó esta lógica. La financiación provino en parte del Esfuerzo Popular de Inversión, que deducía entre el cinco y el doce por ciento de los salarios mensuales de los funcionarios públicos para el desarrollo nacional. La gestión de las finanzas públicas se convirtió así en un ejercicio de responsabilidad nacional.

Dentro de este marco, la economía nunca pudo separarse de la moral pública. La lucha contra el desperdicio, la corrupción y los privilegios contribuyó directamente a la eficacia económica. Una administración disciplinada y creíble estaba en mejores condiciones de movilizar a los ciudadanos en torno a un proyecto colectivo. La confianza misma se convirtió en un recurso económico tan importante como el capital financiero. El pueblo como principal riqueza de la naciónEsta filosofía se basaba en una convicción fundamental: la principal riqueza de una nación no es el dinero, sino su pueblo. Una población que está organizada, educada, movilizada y consciente de sus responsabilidades posee un extraordinario poder transformador. Por el contrario, incluso unos recursos financieros abundantes pueden desperdiciarse si no van acompañados de una visión clara y una movilización colectiva.

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