Por Daniel Kersffeld, Rebelion, Resumen Latinoamericano, 15 de agosto de 2026.
Aunque ambos pertenecen al mismo gobierno, y los dos ocupan espacios de enorme peso político e institucional, las diferencias son cada vez más amplias, reflejadas en sectores que, hacia el interior de la administración, compiten por más recursos y, sobre todo, por más poder.
Sólo uno de los dos se convertirá en el candidato republicano en las próximas elecciones presidenciales de los Estados Unidos que tendrán lugar el 7 de noviembre de 2028. La pelea entre el vicepresidente JD Vance y el secretario de Estado Marco Rubio (foto) es a todo o nada, en una confrontación total en la que también se dirimirá quién se convertirá en el único heredero de Donald Trump y, por ende, en el futuro conductor del trumpismo.
Las elecciones de medio término, que tendrán lugar en apenas tres meses, están consideradas como una escala obligada, el último paso de Trump en el poder y la última posibilidad del actual mandatario por incidir y decidir en el armado de listas electorales y de alianzas circunstanciales.
Luego de las elecciones, y frente a la probable derrota de Trump, al menos por un tiempo, la guerra será entre tres: entre quien pretende continuar en el ejercicio del gobierno, de manera cada vez más limitada, con fecha de vencimiento y sin posibilidad de reelección, y sus dos principales laderos, quienes intentarán tomar una conveniente distancia del caudillo en decadencia para preservar sus carreras políticas, en dirección al peldaño restante en la escalera del poder.
Hoy, de manera irrefrenable, la compulsa interna atraviesa prácticamente a todos los recovecos estatales, pero es particularmente visible en uno de los campos preferenciales de la administración republicana: la política exterior. No son las únicas orientaciones estratégicas que pugnan por ejercer su influencia por lo que, prácticamente, ningún lugar del planeta está a resguardo de una pelea inserta en los rincones más íntimos de la Casa Blanca y que se despliega, aparentemente sin control, en territorios y fronteras completamente alejados del confort y la calidez del Salón Oval.
América Latina es, apenas, un espacio más (y, seguramente, no el más importante) en el incesante “Game of Thrones” imperial que se irradia por todo el mundo, alterando las ya de por sí complejas relaciones políticas, económicas y comerciales de la siempre sorprendente “Era Trump”.
En un inicio, quien era la figura triunfante de la incipiente rivalidad era el vicepresidente JD Vance como líder del aislacionismo, bajo la creencia de que los problemas internos de los Estados Unidos son más importantes que cualquier intervención armada en el frente externo, una de las premisas centrales esbozadas por la corriente trumpista centralizada en la estructura política de MAGA.
Otros voceros como el popular periodista Tucker Carlson, la congresista Marjorie Taylor Greene y varias figuras de línea dura en la Cámara de Representantes se ocuparon de darle solidez política a una facción que recibe asesoramiento directo de organizaciones como la Fundación Heritage y que se nutre económicamente de los aportes de multimillonarios como Elon Musk y de una extensa red de medios alternativos y activistas de extrema derecha cansados de las “guerras interminables”.
A largo plazo, el grupo encabezado por Vance aspira a desmantelar la arquitectura de seguridad global creada tras la Segunda Guerra Mundial, sustituyéndola por un proteccionismo económico rígido y aranceles generalizados. Sin un ápice de pacifismo y menos aún de humanismo, el máximo ideal de la corriente aislacionista es convertir a Estados Unidos en una “fortaleza” autosuficiente con capacidad de dañar los mercados extranjeros, no con misiles, sino con impuestos y aranceles.
Si bien la selección del compañero de fórmula de Trump parecía marcar el rumbo general del futuro gobierno republicano, lo cierto es que la campaña militar contra Irán dejó al descubierto una clara fisura en el círculo íntimo del presidente. Por obligación antes que por convicción, Vance debió plegarse al pragmatismo de su jefe, provocando una crisis interna en la corriente aislacionista que sólo se profundizaría con el alejamiento de Carlson y las crecientes críticas de Taylor Greene. Las repercusiones en MAGA fueron inevitables y hasta hoy se realiza el control interno de daños.
Frente a Vance, quien mejor asume el campo de la política internacional para desenvolver sus incontenibles ambiciones es Marco Rubio, el Secretario de Estado que, además, oficia como el principal arquitecto del nuevo orden global diseñado desde la Casa Blanca.
En el grupo de los “halcones”, “primacistas” o “intervencionistas” también se destacan Mike Waltz, exasesor de Seguridad Nacional y actual representante en las Naciones Unidas, figuras claves del primer mandato de Trump como Robert O’Brien y Mike Pompeo, y algunos representantes influyentes en el Congreso como Michael McCaul y Mike Turner.
Los objetivos inmediatos de los “halcones” globales se centran en proyectar un poder militar abrumador y en contener a los principales adversarios de Washington mediante una escalada directa. Son los principales defensores de la hasta ahora fallida campaña militar contra Irán y no sorprende que la base intelectual y financiera de esta facción resida en el complejo industrial de defensa estadounidense (representado por poderosas corporaciones como Lockheed Martin y Raytheon), pero también por la vieja guardia de la comunidad de inteligencia.
Los representantes de este grupo se asumen como los herederos del “reaganismo” de los años 80, por lo que buscan preservar el dominio absoluto de Estados Unidos en las tres regiones críticas para la política estadounidense desde hace más de medio siglo: Europa, Asia y Medio Oriente.