Desde el surgimiento de la Revolución Industrial a finales del siglo XIX, la prosperidad de las naciones estuvo directamente asociada con la explotación de recursos naturales, la manufactura y el comercio internacional. Sin embargo, a finales del siglo XX, ese modelo comenzó a cambiar.
A partir de irrupción de Internet y la liberalización de las economías modernas, los países que lideraron el crecimiento económico fueron aquellos capaces de seguir una nueva estructura: producir conocimiento y transformarlo en productos, tecnologías y empresas con valor agregado.
En esa transición —que pasó del intervencionismo estatal al libre comercio—, la ciencia, la investigación, los datos, la creatividad, la innovación y la calidad de los servicios pasaron a jugar un papel inmejorable.
La investigación científica dejó de ser un gasto reservado para universidades o centros académicos, y se convirtió en una inversión estratégica para fortalecer la productividad, impulsar nuevas industrias, generar empleos altamente calificados y mejorar la competitividad internacional.
Desde los microchips hasta las vacunas, desde la inteligencia artificial hasta las energías limpias, desde Blockchain hasta las fintech; detrás de cada gran innovación existe un largo proceso de investigación científica financiado durante años.
Por tanto, la diferencia entre una economía basada únicamente en materias primas, y otra basada en el conocimiento, radica en la capacidad de transformar descubrimientos en conocimiento, y el conocimiento en riqueza sostenible.
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Uno de los mayores errores de los países consiste en medir la investigación solo por el número de publicaciones científicas. En realidad, los beneficios económicos que la ciencia produce a las naciones son mucho más amplios y pueden extenderse por décadas.
Cuando un país fortalece su sistema científico, los gastos estatales paliativos se reducen drásticamente y se generan efectos multiplicadores que impactan en toda la economía.
Diversos estudios internacionales muestran que la inversión sostenida en investigación y desarrollo (I+D) está asociada con mayores niveles de productividad y crecimiento económico a largo plazo, aunque la magnitud del retorno varía según la calidad institucional, el entorno de innovación y la colaboración entre universidades y empresas.
Por ejemplo, nuevos tratamientos médicos disminuyen gastos sanitarios, mejores semillas incrementan la producción agrícola, tecnologías energéticas reducen la dependencia del petróleo y sistemas digitales hacen más eficiente la administración pública.
Entre las principales formas de retornos destacan las siguientes:
En otras palabras, la ciencia produce riqueza incluso cuando no genera un producto comercial inmediato.
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Las economías más innovadoras del mundo no desarrollan únicamente científicos: desarrollan ecosistemas completos.