Rumania: cierra la única central nuclear del país por falta de agua del Danubio para refrigerarla
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Cuando se habla de las presiones sobre el Tratado México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), la atención mexicana suele concentrarse en Washington y Palacio Nacional. Sin embargo, conviene mirar hacia Ottawa. No estamos solos frente a Donald Trump. Canadá se ha convertido en el laboratorio de lo que ocurre cuando un socio intenta reducir su dependencia de Estados Unidos y descubre que la geografía es una barrera difícil de superar. La presión sobre Canadá influye en el espacio de negociación y el futuro del T-MEC.
En enero, durante el Foro Económico Mundial de Davos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunció uno de los discursos más celebrados del año. Advirtió que las potencias medias deben actuar juntas porque, “si no están en la mesa, están en el menú”. Desde entonces, el país ha buscado diversificar sus relaciones con China, India, Japón, Australia y Europa. La idea es ganar margen frente a una potencia que utiliza aranceles, cadenas de suministro y acceso a su mercado como instrumentos de presión. México ha hecho lo propio con España y la Unión Europea.
No obstante, la realidad se impone. El mes pasado, Donald Trump anunció aranceles adicionales de 50 por ciento en alrededor de 20 mil millones de dólares en importaciones canadienses. La medida, prevista para la próxima semana, alcanza automóviles, bebidas alcohólicas y lácteos, incluso cuando cumplan las reglas de origen del T-MEC. Estados Unidos pretende aplicar una ley de 1930 que permite responder a prácticas discriminatorias. Canadá puede impugnarla, pero el costo económico llegaría antes que cualquier sentencia.
Carney ha optado por negociar y evitar una escalada inmediata. Ya retiró el impuesto de tres por ciento a los servicios digitales, eliminó la mayoría de los contra aranceles a productos estadounidenses y aceptó compartir con Washington ingresos netos del puente Gordie Howe. Cada concesión buscó preservar una negociación más amplia, pero la moderación empieza a percibirse como debilidad.
Canadá podría responder condicionando la energía. En 2025, Estados Unidos recibió 90.8 por ciento de los hidrocarburos exportados por Canadá y 81.3 por ciento de sus importaciones eléctricas provinieron de ese país. Ottawa tiene capacidad de presión, aunque ejercerla reduciría sus ingresos, enfrentaría a las provincias productoras y dañaría su reputación de proveedor confiable. Su principal arma es un balazo en el pie.
La paciencia ya tiene un costo político. Angus Reid reportó que 62 por ciento de los canadienses apoya responder con aranceles, mientras la confianza en que Carney consiga un buen acuerdo cayó de 51 por ciento a 43 por ciento. Se percibía al ministro como un jugador fuerte; en realidad, Trump parece tenerle agarrada la medida. La pregunta es hasta cuándo.
México debería tomar nota. Tras la decisión de Trump de no extender el T-MEC y entrar a revisiones anuales, cada concesión bilateral debilita la lógica trilateral y aumenta la probabilidad de que Canadá no le vea sentido al tratado. Si cumplir sus reglas deja de proteger frente a nuevos aranceles, también se erosiona la certeza para invertir. Canadá está descubriendo que permanecer en la mesa no garantiza dejar de formar parte del menú.
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