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Nevaco Global
13 de septiembre de 2026

Branko Milanović: Del fin de la globalización neoliberal al liberalismo nacional mercantil

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—El título de su último libro remite a Karl Polanyi, el historiador económico húngaro que en 1944 describió cómo la expansión del mercado autorregulado terminaba provocando un contramovimiento social de autoprotección. ¿Por qué considera que estamos frente a una transformación de una magnitud comparable a aquella, y qué es exactamente lo que se está transformando esta vez?

—Es una buena pregunta. El título de mi libro no remite a Polanyi por casualidad. Hubo algo de azar, porque leí el libro tres veces, y la última vez que lo leí, no fue planeado, pero lo leí alrededor de un año antes de empezar a escribir el mío. Y lo que se me hizo claro es lo que estamos presenciando ahora a escala global. Como sabés, Polanyi escribió sobre la Revolución Industrial inglesa y sobre el problema de la introducción del mercado y la comercialización en relaciones que antes no estaban comercializadas, y sobre la respuesta de la sociedad a eso. En este caso, pensé que la globalización neoliberal era muy similar, en el sentido de que expandió las relaciones de mercado por todo el mundo, incluidos, obviamente, China, India y África, y mi libro anterior, Capitalismo, nada más, trataba justamente eso. Por otro lado, creo que está muy claro que ahora estamos al final de una era, y que estamos teniendo, hasta cierto punto, un rechazo social a esa hipercomercialización que ocurrió. Eso no significa que vayamos a volver a alguna otra forma de sistema, pero sí significa que políticamente la situación cambió y que la globalización, al menos ideológicamente, está en retroceso.

—El economista ruso-británico Nikolai Kondratiev habló acerca de los ciclos cortos y largos. Los ciclos cortos de 5 a 10 años , y los largos, de entre 45 y 60. En su visión sobre que estamos al final de un proceso, ¿hay algo de la idea de los ciclos?

—No me refería tanto a los ciclos en el sentido habitual de que, por supuesto, la economía sube, después hay un auge, después hay una caída, y así. Lo que tenía en mente es que, ideológicamente, atravesamos un ciclo en el que tanto la política interna como la internacional estaban reguladas, en términos generales, ideológicamente, por el liberalismo o el neoliberalismo. Y eso, por supuesto, sabemos todo eso, a nivel interno significaba flexibilidad de precios, significaba reducción de las alícuotas impositivas, desregulación. A nivel internacional, libre flujo de capital, libre flujo de bienes, tecnología, e incluso, hasta cierto punto, libre flujo de trabajo. Y creo que lo que está pasando ahora, y por eso el subtítulo del libro, como sabés, es Liberalismo nacional mercantil, creo que estamos manteniendo la parte nacional más o menos como estaba antes, pero estamos entrando en una etapa mercantilista a nivel internacional.

“Políticamente la situación cambió y la globalización, ideológicamente, está en retroceso.”

—Usted sostiene que el despertar de Asia vino a cerrar en gran medida la brecha que abrió la Revolución Industrial, cuando hace doscientos años Europa occidental y luego América del Norte elevaron su productividad, sus ingresos, su poder militar y su influencia política muy por encima de los de China y la India. ¿En qué sentido este reequilibrio es un acontecimiento de la misma escala que aquella ruptura, y qué período histórico abre?

—El libro básicamente pone a China y Estados Unidos en el centro de la escena. Y lo que pasó, como todos sabemos, con China, es que se convirtió en una gran potencia, se convirtió, económicamente, en la economía más grande del mundo, en términos de paridad de poder adquisitivo, produciendo el 23% del PBI, y a tipo de cambio de mercado, produciendo el 17%. Así que es realmente grande. Creo también que nadie esperaba, a principios de los noventa, que China se volviera tan poderosa. Estados Unidos tenía interés en tener buenas relaciones políticas y después económicas con China: políticamente en los ochenta, porque China se opondría a la Unión Soviética, como lo hizo; y económicamente también, porque los estadounidenses esperaban obtener muchas ganancias, tener un mercado enorme, y demás. Así que nadie prestó realmente mucha atención ni creyó que China llegaría a ser tan poderosa. Es más, algunos creían que si China creaba una clase media, de manera similar a Corea del Sur o Taiwán, se convertiría en una democracia. Honestamente no creo que la gente realmente lo creyera, pero al menos decían que lo creían. Y entonces, de repente, lo que pasó es que China se convirtió en un competidor, un competidor muy significativo en los últimos cinco, diez años, en realidad diez años. Y por otro lado, como muchos empleos se vieron afectados por China, ya sea porque se tercerizaron o por las exportaciones chinas, se produjo una turbulencia interna. Lo que quiero decir, y en realidad soy bastante pro-China, pero los hechos son que China, a nivel nacional, de nación a nación, se convirtió en un competidor, en un sentido político e incluso militar. Pero a nivel del individuo, de alguna manera se vio afectada la clase media de los países ricos, Estados Unidos en particular, aunque hoy en día lo vemos con Alemania, y eso provocó una reacción política.

—China se convirtió en el mayor productor y exportador del mundo, pero el comercio global se sigue pagando en dólares, las reservas de los bancos centrales siguen siendo mayoritariamente en dólares y los organismos que fijan las reglas del sistema financiero, como el Fondo Monetario Internacional, siguen teniendo sede en Washington y un sistema de votos donde Estados Unidos conserva poder de veto. ¿Por qué el poder económico se desplazó hacia el Pacífico pero el poder monetario e institucional no lo siguió, y cuánto tiempo puede sostenerse esa distancia?

—Es una excelente pregunta, porque, por supuesto, el poder financiero sigue estando muy dentro de Estados Unidos, y en realidad, para ser bastante franco, el poder militar también, porque Estados Unidos tiene bases en ochenta países y China tiene una base en un solo país, en Yibuti, eso es todo. Pero no quiero proyectar, porque no sé, y no quiero proyectar demasiado hacia el futuro. Pero los hechos son que cuando un país como China supera a otro hegemón en términos de manufactura, producción, PBI y demás, hay, por supuesto, tensiones, incluso del lado financiero. Como sabemos, el yuan ni siquiera es todavía plenamente convertible en la cuenta capital, pero hay realmente un intento de que cada vez más transacciones no sean en dólares, de desdolarizarlas, incluidas, como sabés, las criptomonedas y otras monedas, como las stablecoins y demás. Y si vas a la historia, y de nuevo, no soy economista financiero, así que puedo estar equivocado en esto, el dominio británico en las finanzas continuó incluso después de que fueran superados por Estados Unidos como la economía más grande. Creo que Estados Unidos superó a Gran Bretaña alrededor de 1880, 1890, pero la City de Londres siguió siendo el centro, probablemente hasta el final, diría, probablemente incluso hasta el final del período de entreguerras. Fue claramente después de 1944 cuando Nueva York fue el centro. Así que no creo que sea realista esperar que, una vez que China produzca la mayoría de los bienes manufacturados, vaya a ser realmente un centro financiero. Shanghái es importante, Hong Kong es importante, pero obviamente Nueva York sigue siendo el más importante, y el dólar, creo que alrededor del 90% de las transacciones son en dólares, así que es la moneda más importante.

“Milei es interesante, parece deshacerse de la política tal como fue concebida tradicionalmente.”

—La llamada curva del elefante, que usted construyó a partir de encuestas de hogares de todo el mundo, mostró que entre 1988 y 2008 quienes más ganaron fueron las clases medias emergentes de Asia y el uno por ciento más rico del planeta, mientras que las clases medias y trabajadoras de los países ricos quedaban estancadas. ¿Cómo describiría hoy esa curva con los datos más recientes, y qué cambió respecto de aquella primera imagen?

—Esa curva fue citada una y otra vez. A veces digo, no es exactamente lo mismo, pero me siento un poco, porque se hizo hace bastantes años, me siento como cuando hay recitales de los Rolling Stones y todos quieren que toquen Satisfaction, y mientras tanto crearon otras 200 canciones. Esa curva era, como dijiste, de 1988 a 2008. Y creo que esa relación, que mostraba ganancias realmente muy fuertes en el 1% más alto y ganancias porcentuales muy fuertes en el medio de la distribución del ingreso, básicamente China, y lo más importante, mostraba la ausencia de ganancias para las clases medias de los países ricos. Ahora, esa curva creo que en realidad nos da una situación política tal como fue percibida por los políticos, no en 2008, sino probablemente recién hacia 2016. Siempre hubo un desfasaje entre la realidad económica y el momento en que se traduce en realidad política. Ahora, esa curva ya no es la misma. Ya no es la misma porque el 1% más alto no continuó con las ganancias que tenía antes, especialmente después de 2008. Por dar un ejemplo, al 1% más alto de Estados Unidos, o al 5% más alto, no recuerdo exactamente, le llevó cinco años recuperarse de la crisis financiera. Así que ya no era lo mismo, y además no puede ser lo mismo porque China ahora se movió del medio hacia las partes superiores de la distribución global del ingreso. Así que la forma de la curva efectivamente cambió. Pero lo que hizo la curva del elefante fue subrayar realmente la cuestión política en ese momento, que después quedó reflejada en decisiones políticas como el Brexit, como la elección de Trump la primera vez, y demás. Así que creo que tuvo ese significado político.

—Usted ha señalado que el crecimiento asiático contribuyó a la propagación de la inseguridad económica y el descontento político en los países occidentales. ¿Es posible sostener al mismo tiempo que la reducción de la desigualdad entre ciudadanos del mundo fue el hecho más igualitario de las últimas décadas y que su costo político en Occidente fue el ascenso de fuerzas antisistema?

—Estaría de acuerdo con las dos cosas. En realidad, cuando mirás los datos históricos, y tenemos datos, no excelentes, pero razonablemente buenos, desde 1820 hasta mi última actualización, que es 2023, tenemos 200 años de distribución global del ingreso. ¿Cuándo bajó la distribución global del ingreso? El único período fue desde los años noventa hasta hoy. Y en realidad ahora incluso podría subir, pero esa es otra cuestión, por la falta de convergencia de los países africanos. Pero eso es sobre el futuro. Lo cierto es que fue en ese período, el de la globalización neoliberal, cuando China se volvió mucho más rica. Empezó siendo muy pobre. Donde India también, desde 1990, empezó a crecer no al 2% o 3% o 4%, empezó a crecer al 6%. Vietnam, Indonesia, son todos países grandes. Y cuando los ponés a todos juntos en una distribución global del ingreso, representan casi la mitad de la población mundial. Así que fue ese período el que vio la caída de la desigualdad global del ingreso. Pero la desigualdad global del ingreso no es una cuestión política. No hay gobierno que responda a eso. Así que esa desigualdad global fue también, cómo decirlo, no seguida, sino que fue simultánea con una mayor desigualdad dentro de las naciones, por las razones que acabamos de mencionar, incluida China. Y eso se volvió políticamente relevante. En otras palabras, tenemos una situación realmente interesante. La desigualdad que aumentó, que era la desigualdad interna en Estados Unidos, en el Reino Unido, en China, era una cuestión política relevante. El hecho de que la desigualdad global haya bajado, que es bueno, puede gustarnos, pero no tiene la relevancia política que tiene la desigualdad interna.

—Si el reequilibrio entre Occidente y Asia continúa en las próximas décadas, ¿cómo imagina el mapa de la desigualdad global hacia mediados de siglo? ¿Estaremos ante un mundo más igual entre personas pero con conflictos distributivos más agudos dentro de cada país?

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