Desde Río Grande do Sul — Brasil vuelve a las urnas y esta vez la definición presidencial trasciende ampliamente las fronteras del país. Este domingo 4 de octubre, más de 150 millones de brasileños están habilitados para votar en las elecciones generales, según el Tribunal Superior Electoral (TSE). La contienda enfrenta al actual mandatario, Luiz Inácio Lula da Silva, con el senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro.
La definición, sin embargo, podría no llegar ese mismo día. Para evitar un balotaje, un candidato debe obtener más del 50% de los votos válidos. Si ninguno alcanza ese umbral, los dos más votados volverán a enfrentarse el 25 de octubre, fecha establecida por el TSE para una eventual segunda instancia.
El escenario llega con una competencia particularmente ajustada. Los últimos sondeos publicados antes de la votación muestran una diferencia estrecha entre Lula y Flávio Bolsonaro. Según AtlasIntel/Bloomberg, Lula registra 45,3% frente al 42,2% de Flávio Bolsonaro en primera vuelta.
El Brasil que propone Lula y el que busca Flávio Bolsonaro: dos modelos frente a una elección decisiva
Durante décadas, el mapa electoral brasileño mostró una división territorial bastante marcada: el norte y el nordeste tendieron a respaldar con mayor frecuencia a candidatos de centroizquierda, mientras que el sur y el sudeste se inclinaron en mayor medida por opciones de derecha y centroderecha. Sin embargo, recorrer hoy ciudades del sur permite observar que esa frontera política ya no aparece tan definida.
En Porto Alegre y en Santa Catarina, uno de los estados históricamente más conservadores del país, también aparecen ciudadanos que respaldan la continuidad de Lula y expresan reparos frente a un eventual regreso del bolsonarismo al poder. El escenario, entonces, no parece responder de manera automática a las viejas divisiones geográficas del voto brasileño.
Si ningún candidato supera el umbral necesario, se abrirá una nueva instancia de competencia: hacia dónde se trasladarán los votos de quienes queden fuera de la contienda. Esa redistribución podría resultar determinante, especialmente porque Lula, aunque mantiene su histórica identificación con la izquierda, tuvo durante su actual mandato un perfil más moderado y cercano al centro, lo que le permitió ampliar su base política más allá del electorado tradicional del Partido de los Trabajadores (PT).
La importancia de esta elección no se explica únicamente por lo que está en juego dentro de Brasil. El país es la principal economía y el más poblado de América Latina, tiene un peso central dentro del Mercosur y es uno de los actores más relevantes de los BRICS. Por su tamaño y capacidad de influencia, cualquier cambio en su orientación política puede repercutir sobre el resto de la región.
Durante su actual mandato, Lula buscó recuperar el diálogo con otros gobiernos sudamericanos y puso el foco en el multilateralismo, la integración regional y el fortalecimiento de los BRICS. Un cambio de gobierno podría modificar algunas de esas prioridades y generar una nueva relación con los países vecinos.
Eso no significa que América Latina vaya a quedar dividida automáticamente en dos bloques. Cada gobierno mantiene intereses propios y las relaciones regionales también están atravesadas por cuestiones económicas, comerciales y estratégicas. Sin embargo, el peso de Brasil hace que su posición tenga una incidencia particular sobre el equilibrio político del continente.
La elección llega, además, en un momento de transformación del mapa político latinoamericano. En los últimos años, distintos países de la región optaron por gobiernos de derecha o centroderecha, mientras otros mantuvieron administraciones de izquierda. En ese escenario, el rumbo que tome Brasil puede tener un peso especial en la composición política de Sudamérica.
La dimensión internacional adquiere en 2026 un peso especial. Brasil mantiene vínculos estratégicos con Estados Unidos, China y Europa, pero durante los últimos años buscó evitar una alineación exclusiva con alguna de esas potencias.
Lula impulsó el fortalecimiento de los BRICS y profundizó los vínculos con China, al mismo tiempo que mantuvo canales de diálogo con Washington y Europa. Su política exterior también buscó reforzar la autonomía brasileña y la cooperación con otros países del Sur Global.
La relación con Estados Unidos, sin embargo, atravesó momentos de tensión. En 2025, el gobierno de Donald Trump anunció aranceles de hasta el 50% para determinados productos brasileños y vinculó públicamente la medida con el proceso judicial contra Jair Bolsonaro. El conflicto comercial sumó así una dimensión política a una relación que ya estaba atravesada por diferencias sobre la orientación internacional de Brasil.
Ese escenario vuelve especialmente relevante la elección. Un cambio de gobierno podría modificar las prioridades de Brasil frente a Washington, aunque no necesariamente implicaría un quiebre con China: la relación comercial entre ambos países responde a intereses económicos estructurales que exceden a cualquier administración.