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Nevaco Global
11 de octubre de 2026

Córdoba: volver a encontrar nuestra salida al mar

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Hay una pregunta que Córdoba debería hacerse cada tanto: ¿por qué una provincia sin mar consiguió construir algunas de las empresas más internacionales de la Argentina? La respuesta dice bastante sobre nuestro pasado, pero puede decir mucho más sobre nuestro futuro.

Córdoba nunca pudo cambiar su geografía. Tuvo que aprender a vencerla. Durante generaciones, cada tonelada producida aquí comenzó su viaje hacia el mundo cientos de kilómetros antes de llegar a un puerto. Esa desventaja ayudó a formar una cultura económica particular: producir bien no alcanzaba. Había que agregar valor, construir caminos, organizar la logística, buscar mercados y aprender a competir lejos de casa.

De esa necesidad nació una parte de nuestra identidad productiva. Y quizá allí debamos volver para imaginar la Córdoba que viene.

Durante la gobernación de Eduardo César Angeloz, Córdoba convirtió esa vocación en política pública, en ejercicio de la facultad federal de gestionar los negocios internacionales de la Provincia. El entonces ministro de comercio exterior Jorge Raúl Caminotti, proveniente de la conducción empresaria de Arcor y conocedor de las dificultades de internacionalizar una compañía nacida en el interior, encabezó una activa estrategia de comercio exterior.

Se organizaron misiones empresariales a distintos países con agendas, reuniones, contrapartes y apoyo del gobierno provincial, las embajadas y los consulados. Había un objetivo evidente: vender. Pero había otro, menos visible y probablemente más importante: ensanchar la imaginación empresarial de Córdoba. Para muchos pequeños y medianos industriales, el mercado internacional todavía estaba demasiado lejos. Un viaje podía cambiar esa percepción. En algunas de esas misiones participaba el propio gobernador Angeloz como respaldo institucional del más alto nivel.

Fulvio Pagani ya había comprendido que una empresa nacida en Arroyito podía tener al mundo como horizonte. Sus recorridos por Europa y América pertenecían a una época en la que hacer negocios exigía viajar, regresar, conversar y construir confianza. En Europa, uno de aquellos lugares de encuentro era el restaurant El Gaucho, en Colonia (Alemania), creado por Carlos Santillán Alfaro y convertido con los años en una informal embajada argentina. Santillán lo esperaba siempre a don Fulvio, según me comentó en una visita que hice con otros dirigentes de varios partidos, invitados por el gobierno alemán para observar el proceso de unificación luego de la caída del Muro de Berlín. Viaje inolvidable por cierto.

Quizá ninguna historia explique mejor la idea de una Córdoba con salida al mar que la de Adrián Pascual Urquía, el “Ñoño”. Desde General Deheza, comprendió que el potencial del campo no terminaba en cosechar. Había que industrializar, incorporar tecnología, alcanzar escala, procesar oleaginosas, almacenar, organizar la logística y llegar directamente a los mercados internacionales. Luego, el acceso a la concesión del Nuevo Central Argentino, uno de los ferrocarriles más importantes del transporte de carga, solidifico la estrategia logística. Tuve el gusto de ayudar, a él y a todos los empresarios involucrados, en la desregulación del transporte de carga de camiones, que tenían un régimen anacrónico de “bolsa de trabajo” en las asociaciones de camioneros de cada localidad, lo que significaba que los camiones salían cargados y debían volver vacíos cumpliendo esta norma corporativa. En esos tiempos, publiqué una nota periodística en La Voz del Interior: “El lobby transportista es lo más grande que hay”.

AGD fue construyendo esa integración y terminó participando también en infraestructura portuaria sobre la hidrovía Paraná–Paraguay. Su hijo Roberto Daniel Urquía se incorporó a la empresa en 1970 y acompañó la consolidación de aquella construcción empresarial. Adrián Urquía no podía acercar General Deheza al océano. Hizo algo mejor: construyó desde General Deheza una cadena económica capaz de llegar hasta los barcos. La enseñanza sigue vigente. La geografía establece condiciones; la infraestructura, la tecnología y la iniciativa privada pueden cambiarlas.

Los años noventa produjeron otro cambio de escala. La apertura económica tuvo luces y sombras, pero para Córdoba la integración con Brasil y la consolidación del Mercosur ampliaron de manera decisiva el horizonte industrial. Brasil dejó de ser solamente un vecino y pasó a formar parte del mercado natural de nuestra industria automotriz. También hubo empresarios cordobeses que exportaron modelos de negocios y conocimiento hacia Europa Central y Oriental. Más tarde, Nissan reforzó la tradición industrial de Santa Isabel, en un proceso en el que el entendimiento con SMATA también demostró que las grandes inversiones requieren acuerdos capaces de alinear competitividad, empleo y producción.

Hay una razón personal por la que me interesa especialmente esta parte de la historia. Cuando desde la Municipalidad de Córdoba impulsamos la llegada de Motorola en el año 2000, no buscábamos solamente una inversión ni algunos cientos de puestos de trabajo. Intentábamos demostrar algo que entonces parecía bastante más audaz que hoy: que Córdoba podía participar de la economía mundial exportando conocimiento.

Después llegaron otras compañías, entre ellas Intel y EDS, crecieron empresas locales, se formaron programadores, se multiplicaron carreras universitarias y terciarias y aparecieron nuevos emprendedores. Profesionales que habían trabajado en grandes compañías crearon sus propias empresas. Lo que comenzó como una inversión se convirtió con el tiempo en un ecosistema.

Veinticinco años después, el ecosistema tecnológico cordobés reúne más de 300 empresas y alrededor de 25.000 empleos. Córdoba cuenta además con alrededor de 160 empresas incorporadas al régimen nacional de promoción de la Economía del Conocimiento, cerca del 16% del total argentino. Ya no estamos hablando de una actividad marginal: estamos hablando de uno de los complejos productivos que explican la nueva economía provincial.

Podríamos llamar a buena parte de esa generación, con afecto y alguna licencia histórica, los “ahijados de Motorola”. No porque esas empresas hayan nacido necesariamente dentro de Motorola —muchas existían antes y otras surgieron después sin relación directa— sino porque pertenecen a una Córdoba que, después de aquella apuesta, comprendió la dimensión económica que podía alcanzar el conocimiento.

Ya en el primer semestre de 2023, las empresas relevadas por el Monitor TIC cordobés empleaban a más de 18.000 personas, habían facturado alrededor de 485 millones de dólares y registraban ventas al exterior por unos 122 millones de dólares en apenas seis meses. Aproximadamente la mitad trabajaba para mercados internacionales. A escala nacional, la Economía del Conocimiento se convirtió en uno de los principales complejos exportadores argentinos. Córdoba ayudó a sembrar hace veinticinco años una industria que hoy demuestra que las exportaciones no siempre se cuentan en toneladas.

Durante mucho tiempo aprendimos a medir nuestra capacidad exportadora observando camiones con granos, automóviles saliendo de Santa Isabel o aceite viajando hacia la hidrovía. Esas exportaciones siguen siendo fundamentales. Pero ahora existen otras que no pesan, no ocupan un contenedor, no necesitan una ruta hasta Rosario y no esperan un barco.

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