La rebelión de las cucarachas
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nuevatribuna_es
27 de julio de 2026

La rebelión de las cucarachas

En la India, quienes fueron llamados cucarachas terminaron obligando al poder a escucharlos. El ministro cayó; el estigma permaneció, pero con el significado invertido

La imagen resulta tan perturbadora como poderosa. Miles de jóvenes avanzan por las calles de Nueva Delhi con máscaras, dibujos y pancartas de cucarachas. Algunos levantan antenas de cartón; otros exhiben el insecto como un emblema de orgullo.

A primera vista, la escena podría parecer una representación carnavalesca o una campaña publicitaria provocadora. En realidad, constituye la respuesta política de una generación que decidió apropiarse del insulto con el cual se pretendió humillarla.

La historia comenzó cuando una alta autoridad judicial de la India utilizó la palabra “cucarachas” para referirse despectivamente a los jóvenes desempleados. La expresión pretendía degradarlos, reducirlos a una presencia incómoda, numerosa y aparentemente prescindible.

Sin embargo, produjo el efecto contrario: aquellos jóvenes recogieron el insulto, lo convirtieron en nombre colectivo y fundaron alrededor de él un movimiento satírico denominado Cockroach Janta Party, el Partido Popular de las Cucarachas.

La ofensa cayó, además, sobre un terreno social ya cargado de indignación, porque los estudiantes venían denunciando graves irregularidades en el sistema educativo, especialmente la filtración de preguntas de importantes pruebas nacionales de ingreso.

El caso más sensible afectó a cerca de dos millones de aspirantes a las facultades de Medicina, muchos de los cuales habían dedicado años de preparación y grandes recursos familiares a competir por un cupo. La filtración dejó al descubierto que la igualdad prometida por el sistema podía ser alterada por la corrupción, el privilegio y la falta de controles.

Para muchos jóvenes, el examen representaba la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida mediante el mérito. Al descubrir que las reglas podían haber sido manipuladas, sintieron que también se quebraba su confianza en las instituciones. A esa inconformidad se sumaron el desempleo juvenil, la precariedad laboral, la desigualdad económica y la falta de rendición de cuentas.

En ese contexto, llamarlos “cucarachas” no fue una simple imprudencia verbal. Fue entendido como un acto de provocación. En lugar de responder a sus reclamaciones, una autoridad estatal parecía degradar a quienes las formularon. Así, la palabra convirtió una controversia educativa en un conflicto moral entre una juventud que exigía respeto y unas instituciones que parecían observarla con desprecio.

El fenómeno no es enteramente nuevo. Durante las protestas del parque Gezi en Turquía, en 2013, el entonces primer ministro Recep Tayyip Erdoğan calificó a los manifestantes como çapulcu, palabra traducida como saqueadores, vándalos o gentuza. Los manifestantes se apropiaron del término e incluso crearon la expresión chapulling para describir una resistencia creativa y comprometida con la defensa de sus derechos. El insulto comenzó a circular en camisetas, canciones, carteles y redes sociales

En Irán, después de las controvertidas elecciones presidenciales de 2009, Mahmud Ahmadineyad describió a sectores de la oposición como “polvo y suciedad”. La expresión causó una reacción inmediata. Los manifestantes respondieron proclamando que no eran desperdicios, sino el pueblo iraní. La frase, pensada para restarles importancia, terminó revelando la distancia existente entre el poder y una parte considerable de la ciudadanía.

Algo semejante ocurrió en el Reino Unido en 1906. Un periodista del Daily Mail utilizó la palabra suffragette con intención burlona para desacreditar a las mujeres que reclamaban el derecho al voto. Las activistas se apropiaron del término, lo convirtieron en una identidad política y posteriormente lo emplearon como título de su periódico.

También las protestas de los chalecos amarillos en Francia en 2018 recuperaron algunas de las frases más desafortunadas del presidente Emmanuel Macron. Expresiones como “personas que no son nada” o la afirmación de que bastaba “cruzar la calle” para encontrar empleo fueron reproducidas en pancartas y chalecos como prueba de la desconexión de las élites con las dificultades de la población trabajadora y periférica.

Todos estos episodios comparten un mecanismo discursivo que puede denominarse inversión del estigma. Aunque la expresión suene académica, describe un proceso bastante sencillo: una palabra destinada a avergonzar termina convirtiéndose en una fuente de identidad y orgullo.

Primero, una autoridad o un sector poderoso atribuye un nombre ofensivo a quienes protestan. Busca presentarlos como ignorantes, peligrosos, insignificantes o indignos de ser escuchados.

Segundo, las personas atacadas reconocen que la ofensa no está dirigida solamente contra individuos aislados, sino contra un grupo entero que comparte problemas, necesidades y experiencias.

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