Existe una conversación muy común entre politólogos, sociólogos y expertos en ciencias sociales sobre los motivos por los que muchos trabajadores y gente de nivel humilde votan a la extrema derecha, cuando esta opción política es seguro, como ha ocurrido a lo largo de la historia, que tomará decisiones para beneficiar a las clases pudientes. Desde la izquierda no han sabido hasta el momento en acertar a tocar la tecla, para recuperar a muchos de sus antiguos votantes.
Para entender y desentrañar este dilema me han parecido muy pertinentes las reflexiones de Eliane Brum, una periodista, escritora y documentalista brasileña, expresadas en algunos de sus artículos publicados en El País. Como brasileña se refiere a su país, pero también sus reflexiones con matizaciones son extrapolables al resto del mundo. Comenta que Lula en las últimas elecciones de 2022 venció por un estrecho margen del 2% a Jair Bolsonaro. Y según los sondeos para las próximas elecciones no está garantizado el triunfo de Lula frente al hijo de Jair Bolsonaro, Flavio.
Para quienes tienen garantizadas las condiciones de vida, aunque sean mínimas, la subjetividad, las emociones cobran un peso mayor a la hora de elegir
No voy a entrar en la herencia política de Lula con la de Bolsonaro. Los datos están ahí. El primero redujo la pobreza, corrigió la desigualdad, aumento la escolarización, en definitiva, unas políticas hacia las clases humildes. En contraposición, durante el mandato de Jair Bolsonaro, Brasil volvió al Mapa del Hambre y está demostrado que su retraso deliberado en la vacunación y su rechazo a las medidas de prevención fueron los responsables de gran parte de las más de 700.000 muertes por covid en Brasil. Además de llevar a cabo un golpe de Estado, por lo que está encarcelado.
Lula ganó elecciones en 2022 diciendo que su objetivo era que cada trabajador tuviera un coche .un chuletón y cerveza en la comida de los domingos. Hace varios años que esa aspiración ya no moviliza. Lula y sus candidatos de izquierda no han sabido entender el cambio producido en Brasil.
Para quienes tienen garantizadas las condiciones de vida, aunque sean mínimas, la subjetividad, las emociones cobran un peso mayor a la hora de elegir. La adhesión política ya no se debe (solo) a garantizar lo básico para la existencia o incluso bienes materiales utilitarios, sino en vender sueños, sobre todo los relacionados con el consumo y el retorno a un pasado idílico que nunca existió. El capitalismo neoliberal, al que se adhiere la extrema derecha, ha incrustado en la sociedad un individualismo exacerbado desdibujando casi en su totalidad el sentido comunitario de la convivencia.
Por ende, muchos de clases humildes están menos interesados en una distribución más equitativa de la riqueza, en base a la puesta en práctica de la justicia social, que en ser ricos, en colocarse y subir a la cima de la pirámide. Lo único importante soy yo, la sociedad para mí es irrelevante. Una cultura del yo que debilita el bien común y vacía la democracia de su base social. Allí donde se impone la lógica de la supervivencia individual, se debilitan también la solidaridad, la deliberación pública y la posibilidad misma de construir respuestas colectivas a los grandes conflictos de nuestro tiempo. Esta nueva situación no es de hoy se fue forjando en las últimas décadas del siglo XX, aunque hoy sus secuelas negativas se han normalizado.
Eliane Brum nos cuenta en uno de sus artículos dos anécdotas desoladoras, ya que muestran el desprestigio de lo colectivo. “¡Estatua!”, dice un niño a sus amigos. “El que se mueva se convertirá en CLT”. En el tradicional juego infantil, el niño que lidera grita “estatua” y todos los demás deben quedarse inmóviles inmediatamente. El último en paralizarse queda eliminado. Hasta aquí, ninguna novedad. El virus que se extiende por Brasil es el uso de la palabra “CLT” como insulto.
La sigla de tres letras representa la Consolidación de las Leyes del Trabajo, la legislación que garantiza derechos básicos de los trabajadores, como una jornada fija, el pago de horas extras, vacaciones, extra de Navidad, etcétera. Durante décadas, en Brasil, la llamada “cartilla [laboral] firmada” fue el sueño de la mayoría de los brasileños, una garantía mínima de derechos.
Eso ha cambiado brutalmente. Ahora, el único destino aceptable parece ser el de convertirse en “emprendedor”, y esta figura ha entrado en el imaginario de la infancia. Más adelante me extenderé sobre este concepto de “emprendedor”
Otra anécdota no menos demoledora expresada por Eliane Brum. En São Paulo, un profesor de una escuela pública, donde estudian los hijos de familias pobres, cuenta que sus alumnos adolescentes dicen frases como: “¡Que Dios me libre de ser CLT!”. El fenómeno queda violentamente ilustrado por el caso de un niño de nueve años, alumno becado en una escuela privada de São Luiz do Maranhão, en el nordeste de Brasil. Negro entre una mayoría blanca, recibió de sus compañeros una cartilla laboral de cartón donde estaba escrito: “profesión: albañil; salario: 50,25 reales al año [8 euros]; jornada laboral: 18 horas al día”.
Le contó a su padre que lo llamaban “CLT”, “mendigo”, “albañil” y “pobre”, palabras utilizadas como sinónimos ofensivos. Tal visión me recuerda el libro de Owen Jones Chavs. La demonización de la clase obrera (2012), el cual plantea una tesis muy clara, cual es que en el Reino Unido la clase obrera hoy, no solo es ignorada, sino también despreciada y ridiculizada. De ahí el uso de Chavs, término peyorativo para referirse a la subcultura de la clase trabajadora inglesa (sobre todo a los jóvenes, aunque no solo). Según este estereotipo, llevan ropa deportiva de marca, bisutería llamativa, viven de las prestaciones y en viviendas sociales.
En este mismo medio publiqué el artículo de 14 de septiembre de 2021, “Raíces de la desigualdad: «Meritocracia, soberbia de las élites y amenaza para la igualdad y la democracia”. Fundamentalmente me base en el libro del filósofo Michael J. Sandel La tiranía del mérito.
No obstante esta palabra es aplicada con desprecio a toda la clase trabajadora en su conjunto. Esta situación tiene un inicio. El ascenso al poder de Margaret Thatcher supuso un asalto brutal a los pilares de la clase obrera. Sus instituciones, como los sindicatos y las viviendas de protección oficial fueron desmanteladas; se liquidaron sus industrias, de las manufacturas a las minas; sus comunidades quedaron destrozadas y nunca más se recuperaron; y sus valores, como la solidaridad y la aspiración colectiva fueron barridos en aras a un brutal individualismo; sembró la idea de que Inglaterra era un país de clase media, a la que todo el mundo podía acceder, quien no lo conseguía era por su incapacidad e ineptitud. Tony Blair, discípulo aventajado de la Dama de Hierro, también lo creyó.
Lo asumió y lo defendió, ya que es frase suya siendo todavía líder laborista “Todos somos clase media”. Los discursos de los políticos están salpicados de promesas para ampliar la “clase media”. La pobreza y el desempleo otrora eran vistos injusticias derivadas de fallos del sistema capitalista que debían solucionarse. Hoy son consecuencia del comportamiento personal, de defectos individuales e incluso de una elección. Mas, decir que todos somos clase media es una falacia, ya que existe clase obrera, pero negar su existencia, hacerla desparecer, si se quiere, ha sido muy útil políticamente.