China dice que los acuerdos alcanzados durante la visita de Trump son "preliminares"
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Un trabajador durante la producción de una batería eléctrica para automóviles en una fábrica china.
EP
Hace unos días, el periódico La Vanguardia publicaba una información sobre la posibilidad de que en el Estado español se instalen un total de nueve plantas de fabricantes de automóviles chinos, en general, para ensamblar vehículos con las piezas traídas de China, aunque en algunas de ellas, podría contemplarse la producción, acompañado de un mapa que situaban esas factorías en Catalunya, Valencia, Madrid, Galicia, Aragón o Andalucía. En ese gráfico no había ningún punto que evidenciara que Euskadi está dentro de los planes de los chinos para acceder al mercado europeo desde la plataforma española y de esta forma esquivar los aranceles de la UE al coche eléctrico fabricado por el gigante asiático.
Ese gráfico donde la Comunidad Autónoma Vasca no aparece, a pesar de contar con una planta de producción de una importante multinacional alemana del sector, provoca una pregunta, cuya respuesta es difícil y compleja. ¿Por qué este país, con un importante y destacado tejido industrial, no está siendo atractivo para atraer inversiones extranjeras?
Y la respuesta es, por muy incómoda que pueda parecer, es que este país ha dejado de ser uno de los tractores de la economía estatal para replegarse en sus fronteras sin ninguna capacidad de influencia exterior, hasta el punto de que las grandes inversiones extranjeras y los centros de decisión de compañías importantes, no solo se concentran en Madrid y Barcelona, sino que empiezan a aflorar en regiones o ciudades, hasta ahora con poco peso económico, como Málaga o Aragón, por no hablar de la Comunidad Valenciana.
De tanto mirarnos al ombligo nos hemos dormido en los laureles, mientras otros establecían una red de contactos internacionales, demostraban capacidad de detectar nuevas oportunidades y de situarse en aquellos centros de poder donde se deciden los grandes proyectos empresariales. No hemos sido capaces de contar con un lobby vasco que ofrezca un soporte político e institucional a operaciones de inversión en este país.
La comodidad y el pensar que ya llamarán a la puerta, en vez de coger la maleta y tomar el avión para relanzar nuestra presencia en los lugares donde se toman las decisiones importantes, ha hecho que este país presente un déficit estructural en la atracción de inversión extranjera directa para poner en marcha nuevos proyectos empresariales y no para la adquisición de empresas ya consolidadas como está ocurriendo. Los datos son elocuentes. El año pasado la inversión extranjera en la CAV fue de tan solo 531 millones de euros, lo que significa un descenso del 50% respecto al ejercicio anterior y el dato más negativo de los últimos seis años.
La colaboración público-privada ha sido hasta ahora una premisa de éxito para el desarrollo y progreso económico y social de este país, gracias a nuestro alto nivel de autogobierno y a herramientas tan poderosas como el Concierto Económico, del que no se ha aprovechado todas sus potencialidades a la hora de la proyección internacional de Euskadi como un activo de estabilidad, seguridad jurídica y competitividad. Parece que hemos tenido complejo a la hora de defender el Concierto Económico y utilizar todas sus ventajas, por lo que ahora toca hacer pedagogía no solo para aquellos ciudadanos del Estado que lo desconocen y que consideran que es un privilegio, sino, lo más preocupante, para los propios vascos, cuando cuatro de cada diez reconoce que no sabe en qué consiste la base fundamental de nuestro autogobierno.
Sin embargo, esa estrecha relación entre el sector público y el privado ha podido dejar de funcionar en términos de una colaboración estrecha porque los gobiernos no solo deben de ejercer un papel de acompañamiento de las empresas en la resolución de las necesidades que se presentan en el desarrollo de su actividades, sino también deben de protagonizar el rol de liderar la innovación y adentrarse en terrenos donde la iniciativa privada no lo hace, pero cuyos resultados abren nuevas expectativas y nuevos negocios hasta entonces inexistentes.
Basta echar un vistazo a todos aquellos productos cotidianos que nos acompañan en nuestro día a día como el ordenador portátil, los móviles, las luces led, el TAC en medicina, etc. y preguntarse cuál es su origen. Como dice la economista italoestadounidense Mariana Mazzucato: “El Estado no es solo un árbitro que corrige los fallos del mercado, sino un emprendedor que crea y da forma a los mercados”.
Además, parece que estamos asistiendo a un proceso de una economía que cada vez gira más en torno al sector público donde gravitan de manera directa e indirecta un número importante de entidades, organizaciones, fundaciones y asociaciones, condicionadas, en algunos, casos a actuar dentro del marco de lo políticamente correcto, que puede estar afectando a su actividad y desarrollo futuro. La consecuencia de todo ello es una economía estable y acomodada, sin grandes sobresaltos, pero a la que le falta el suficiente estímulo y aliento para ser competitiva a nivel internacional.
En este país tenemos organizaciones y entidades que son líderes en el Estado cuyo potencial de desarrollo en nuevos mercados tanto españoles como internacionales se está viendo infrautilizado por una sutil supeditación a unas directrices de los poderes públicos reacios a cualquier innovación y apertura del marco establecido, curiosamente por mor a un cierto temor de pérdida de identidad.
No se entiende cómo organizaciones y entidades que, en su tiempo fueron pioneras, en el Estado, proporcionando herramientas hasta entonces desconocidas o poco desarrolladas, se encuentren en un proceso de cierto agarrotamiento, ante las dificultades que encuentran para romper el actual escenario y desarrollar nuevos productos y abrir nuevos mercados.
Y todo ello en una economía que, al margen de sus altos niveles de absentismo, cuenta con el importante hándicap de no poder disponer de los perfiles profesionales que necesitan nuestras empresas para desarrollar su actividad. Los últimos datos ofrecidos por la patronal Confebask, que acaba de presentar la Encuesta sobre Necesidades de Empleo y Cualificación que elabora cada dos años, son bien elocuentes y significan un nuevo récord de la serie histórica de este informe. Nueve de cada diez empresas asegura que tiene dificultades para encontrar profesionales, un porcentaje que duplica al que se registraba hace diez años. Como dato significativo hay que reseñar que el 25% de las empresas ya han acudido a contratar personal fuera de Euskadi, en concreto a otras comunidades autónomas.
De la misma forma, el ecosistema financiero vasco, que tanto tiempo ha costado poner en marcha, precisamente, por la falta de liderazgo y emprendimiento del sector público, está teniendo problemas para encontrar profesionales con un perfil financiero tradicional, pero que también tenga habilidades tecnológicas, ya que cada vez tiene un mayor peso de la tecnología aplicada a las finanzas.
Esta deficiencia es importante por cuanto incide directamente en la posibilidad de canalizar la financiación, estructurar operaciones, acompañar proyectos empresariales y responder con agilidad y rigor a las necesidades del tejido productivo. La situación es tan preocupante que la falta de estos perfiles jóvenes puede poner en riesgo la sostenibilidad y el relevo generacional del ecosistema financiero vasco a medio plazo.
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