Pamplona/Iruña
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23·07·26
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20:00
Trump y Netanyahu, en una imagen de archivo
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El orden internacional basado en el equilibrio multipolar y el consenso asiste a su desmantelamiento, sustituido por un marco global desregulado donde impera la unilateralidad que impone, con sistemática eficiencia, la Administración Trump. Frente a modelos de gobernanza cimentados en el diálogo, Trump ha instaurado un unilateralismo feroz que ni siquiera soporta el mínimo diagnóstico que busque identificar el modo en que esta fórmula protege los intereses reales de los ciudadanos estadounidenses. Hay una prioridad en la agenda de poder de su gobierno valiéndose de la coacción económica y la intimidación militar.
Tres ejemplos palmarios y de las últimas horas acreditan esa percepción. En primer lugar, la asfixia a la que Washington somete a sus propios vecinos al negarse a renovar el tratado de libre comercio norteamericano, los aleatorios aranceles punitivos a Canadá y el chantaje permanente a México exceden la disputa comercial y se tornan fórmulas de extorsión. Dinamitando la certidumbre económica, Trump divide y aísla a sus socios para forzar concesiones soberanas para imponer una relación de dominación e intimidación estructural.
En segundo lugar, el pacto nuclear con Arabia Saudí exime a este país de las inspecciones rigurosas de la AIEA, cuya suspensión en Irán ha sido excusa para un conflicto bélico al que no se augura una salida próxima. Aun con una perspectiva formal de uso civil, fomenta una asimetría temeraria en Oriente Próximo, donde aplica, en paralelo, la máxima intimidación militar e injerencia sobre el régimen de Teherán.
Este acuerdo esconde un peaje ineludible que es el tercer síntoma del modelo denunciado: la protección política de Benjamin Netanyahu. Trump supedita el programa nuclear saudí a la normalización con Israel para apuntalar los intereses del primer ministro, actuando con plena complicidad ante las sistemáticas violaciones de derechos humanos perpetradas por su socio. La anulación sistemática de la diplomacia solo consagra la impunidad y la ley del más fuerte.
Al operar como un actor hegemónico sin freno ni contrapesos en tratados internacionales, la Casa Blanca ya no garantiza equilibrios, sino que impone un grave desorden mundial que pisotea derechos globales y amenaza la viabilidad del futuro internacional.