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Nevaco Global
6 de noviembre de 2026

Hablar claro de lo oscuro

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Habría que hablar claro de lo oscuro (obscuro: lo que está cubierto por algo). ¿Por qué las ideas más difíciles de defender son las que a efectos reales son defendidas con más facilidad? Tenemos ejemplos palpables: que se considere más normal que una minoría disfrute de todos los privilegios que al revés; que la no regulación lo regule todo; que lo privado, siguiendo su propio interés lucrativo, se considere más fiable que lo regido públicamente bajo los principios del bien común y del desinterés; que hay más libertad entre desiguales que entre iguales; que un Estado cuanto más pequeño, más sostenible (sin referirnos a la manida sostenibilidad); que la soberanía es una tiranía arcaica (salvo para las grandes potencias); que pueda concebirse un gobierno universal que prevea y atienda las necesidades de mil fracciones desgobernadas; que la desunión fortalece a las partes separadas; que es más garantista la ley menor (reglas) que la ley mayor (tratados internacionales); que se pueda alimentar el ideario propio con el ideario del contrario; que teniendo problemas de separatismos nos metamos en separatismos ajenos.

El escudo de Bélgica reza: “La unión hace la fuerza”, pero valones y flamencos no se lo creen. Antes ratón que león. Aquí ya no cabe hablar de cabezas ni de colas. Igual da ser cola de lagartija o cola de colibrí para sobrevivir fugazmente a los tiburones. El mundo al revés.

En una entrevista reciente, Irene Montero dice: “Yo prefiero que Cataluña no se vaya de España, pero creo que tiene derecho a decidir”. La frase es una demostración de gran sutileza lingüística. No dice que Cataluña no se separe, lo que supone desgajarla materialmente. Utiliza el verbo ir, de un desplazamiento sin consecuencias físicas, como si España fuera un recipiente de tamaño invariable del cual irse o quedarse no afecta a sus dimensiones; un acto inmaterial, ajeno a la materialidad territorial.

Habrá que vigilar que todo lo demás no guarde una “obscuridad” semejante y lleve a peligrosos contrasentidos. Lo que plantea la dirigente no es pacífico. Pareciera que la política española está destinada a aburrir a los españoles y a alimentar complicaciones debilitantes.

El asunto que afronta Montero tiene múltiples entradas injerarquizables. Está demostrado que la hermandad nacional se disuelve en los separatismos: el antiguo compatriota se convierte en extranjero (extraněus, extraño). No surge un aliado, sino un posible conflicto. El hermano menor estará dispuesto a cualquier cosa con tal de garantizar preventivamente su independencia y a debilitar, si puede, a su repudiado hermano (no nos engañemos).

La unidad catalana con Francia (país fuertemente centralista) no fue positiva para Cataluña, pero se dio. ¿Qué hacer si un día el hermano separado pusiera su territorio a disposición de la agresividad de terceros? Todo esto se ha de pensar antes de abrir la boca. ¿Estas líneas son tremendistas? Lo que se ve en el mundo es tremendo e inconcebible. Y lo que ocurre en el fin del mundo puede ocurrir en cualquier otro lugar.

También surgen dudas sobre las distintas vías. ¿Tiene derecho una minoría a realizar su bienestar (si es que se da) a costa del de la mayoría? Conocemos múltiples países a los cuales la independencia les ha supuesto la ruina económica, entre otras ruinas.

¿El derecho del otro es despreciable? El referéndum no es una pócima mágica por la que ganan todos. ¿Sólo nos preocupan los supuestos derechos de los separatistas y nos desentendemos del resto de los ciudadanos? ¿Por qué la participación en ese referéndum se niega al resto de la nación? ¿La nación no puede opinar sobre la nación?

¿Hablamos ya como de un territorio desvinculado del nacional (del nacional español: otra prueba de la conflictiva semántica de la Constitución), por lo cual el voto de los restantes españoles es una injerencia? ¡Qué retorcimiento!, se dirá. Menor que decir que “las querellas españolas no son las nuestras y solo nos interesan si las podemos utilizar para nuestro objetivo” (Puigdemont). Una lección práctica: las torpezas intestinas, los despropósitos, son aprovechados como ladrillos para construir fronteras. Habrá quienes hagan un “shhhh” “ostentoreo” para que se entierre el asunto. Enterrarlo es pudrirlo. Hay que hablar claro.

Pero el resto de los españoles es numéricamente superior, objetarán algunos. Esa es la cuestión. ¿De dónde sale que ser más representa ser menos? Ya tenemos bastante con el sistema proporcional mayoritario. Es lo que hacían las antiguas democracias en las que no participaban ni mujeres ni esclavos. ¿Los españoles solo existimos para que nuestros impuestos alimenten los múltiples déficits de la nación?

Esto nos lleva a la balanza fiscal como argumento poderoso: es decir, que Cataluña tributa más, lo que es cierto. Pero ¿por qué? Simplemente porque en Cataluña hay más rentas altas que en otras regiones. No se trata de una discriminación centralista contra Cataluña, sino de la aplicación de una ley general que por lo tanto afecta a todo el territorio (salvo a los acogidos al régimen foral, lo que rompe el principio de solidaridad del régimen común, asunto también discutible). Pero ¿por qué ese argumento vale sólo para unos?

La Comunidad de Madrid aporta 8.681 millones de euros (Cataluña, 2.315) y las Islas Baleares 413, mientras las demás comunidades son deficitarias. Cabe preguntarse si esos mismos progresistas también justificarían referéndums para las secesiones de Madrid y Baleares. Que los pobres se autofinancien por ser “culpablemente” pobres.

Opiniones como las de Montero rompen su propia coherencia teórica o ideológica. Suenan más a un liberalismo fraccionalista que a un ideario en el que las fortalezas de unos reequilibran las debilidades de otros. Además, hemos hablado en una clave monetaria que no contempla todos los aspectos del conflicto.

Un gran teórico decía: negociadlo todo, menos los principios. España, como cualquier otro país, es más fuerte atendiendo su complementariedad que agudizando su diversidad. Los principios verdaderamente progresistas están más preocupados por la vida social de las personas que por la creación de fronteras.

El dudoso enriquecimiento de una parte a costa del empobrecimiento de la otra es inaceptable. Es que su cultura es distinta. No, la transforman para que sea un argumento, incluso importando modas absurdas (lo que el resto de España también hace, por lo cual la distorsión del absurdo se duplica: así vamos, de artificialidad en artificialidad). Es que es una identidad distinta. Cuando Aragón y Castilla se unieron no eran idénticos, pero comprendieron que se necesitaban mutuamente frente a otras potencias (principalmente Francia y Portugal). Es que Cataluña no era Aragón. Incierto, los enfrentamientos que hubo no eran identitarios, sino provocados por una nobleza egoísta que quería mantener sus privilegios feudales. Una lucha de clases que parece se repite.

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