Europa vuelve a enfrentarse a una de sus principales debilidades económicas: la dependencia energética del exterior. La inestabilidad internacional ha puesto de manifiesto que reducir el consumo de combustibles fósiles no basta para garantizar la seguridad del suministro mientras millones de ciudadanos, empresas y servicios esenciales siguen dependiendo del petróleo y el gas.
Ante esta situación, la Comisión Europea ha iniciado conversaciones con las refinerías para estudiar cómo aumentar la producción de combustibles dentro de la Unión. El objetivo inmediato es amortiguar el impacto de la crisis sobre los precios, pero el debate plantea una cuestión de mayor alcance: cómo proteger la economía europea sin perpetuar una dependencia que Bruselas pretende superar antes de 2050.
El encarecimiento del gas refleja hasta qué punto los conflictos internacionales pueden trasladarse rápidamente a la economía doméstica. Las tensiones entre Estados Unidos e Irán, junto con las dificultades asociadas al tránsito energético por el estrecho de Ormuz, han elevado la incertidumbre sobre el abastecimiento mundial.
En este contexto, el gas europeo llegó a rozar los 100 euros por megavatio hora en el mercado de futuros neerlandés, una referencia que no alcanzaba esos niveles desde 2022. La presión sobre los mercados amenaza con trasladarse a los costes industriales, el transporte y las facturas energéticas.
Bruselas considera que disponer de más capacidad de refino permitiría reducir parte de la vulnerabilidad europea. Actualmente, las instalaciones comunitarias suministran alrededor del 70 % del combustible para aviación y el 85 % del gasóleo consumido en la UE.
Sin embargo, la capacidad industrial se ha reducido durante años. Según los datos de la Comisión, aproximadamente una cuarta parte de las refinerías europeas han cerrado en las últimas dos décadas, mientras que la capacidad de refino ha disminuido cerca de un 10 %. Recuperar parte de esa capacidad podría mejorar la seguridad del suministro, aunque no eliminaría la exposición a los precios internacionales del petróleo.
La iniciativa europea parte de una premisa razonable: depender menos de las importaciones puede ofrecer un margen de protección ante interrupciones del suministro. Pero ampliar la producción no asegura, por sí solo, una bajada de precios para los consumidores.
Los combustibles siguen sujetos a los mercados internacionales, al coste del crudo, a los gastos de transporte y a los márgenes de distribución. Por eso, cualquier medida deberá valorar cuánto puede aportar realmente la industria europea y qué inversiones serían necesarias para conseguirlo.
La Comisión también estudia cómo mejorar la eficiencia de las instalaciones existentes. Por ahora, no ha anunciado medidas concretas para aumentar la producción, aunque el diálogo con las empresas continuará en los próximos meses.
La urgencia es evidente: si los costes energéticos permanecen elevados, las empresas europeas pueden perder competitividad y los hogares soportar una presión adicional sobre su presupuesto. La respuesta, no obstante, deberá evitar que las ayudas temporales se conviertan en una dependencia permanente de las subvenciones públicas.
La principal contradicción de esta estrategia reside en que Europa necesita garantizar combustibles a corto plazo mientras mantiene su compromiso de alcanzar la neutralidad climática en 2050. Construir nuevas instalaciones diseñadas exclusivamente para procesar combustibles fósiles podría generar inversiones difíciles de rentabilizar si la demanda disminuye con la electrificación del transporte y la descarbonización industrial.
Por ello, Bruselas quiere explorar una hoja de ruta que permita orientar parte de la actividad hacia los biocarburantes y los combustibles sintéticos. Esta transformación podría aprovechar instalaciones y conocimientos industriales existentes, aunque dependerá de los costes, la disponibilidad de materias primas y la evolución de la demanda.
La seguridad energética exige actuar ante las necesidades actuales, pero también anticipar las del futuro. Europa tendrá que decidir cómo refuerza su capacidad de respuesta sin comprometer recursos en infraestructuras que puedan quedar obsoletas. La crisis ofrece una oportunidad para corregir vulnerabilidades, siempre que las decisiones inmediatas formen parte de una estrategia duradera. @mundiario