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La guerra de Ucrania empieza a mostrar una de sus paradojas más profundas: mientras Estados Unidos, Alemania y buena parte de Europa han construido desde 2022 una estrategia destinada a reducir su dependencia energética de Rusia, Washington y Moscú estarían explorando ahora cómo recuperar parte de aquel negocio después de un eventual acuerdo de paz.
Según fuentes conocedoras de las conversaciones citadas por Reuters, altos responsables estadounidenses y rusos han discutido la posibilidad de que un inversor estadounidense entre en la estructura empresarial de Nord Stream, los gasoductos que durante años transportaron gas ruso directamente a Alemania por el fondo del mar Báltico. Entre los interlocutores aparecen el enviado especial estadounidense Jared Kushner y Kirill Dmitriev, uno de los principales canales de Moscú con la Administración Trump.
Conviene poner desde el principio una frontera entre lo que se conoce y lo que todavía es una hipótesis. No existe un acuerdo para reabrir Nord Stream, ni Washington ha anunciado que pretenda recuperar el gas ruso para Europa. De hecho, un funcionario estadounidense aseguró a Reuters que no había habido conversaciones recientes específicamente sobre Nord Stream y que cualquier operación tendría que beneficiar a los contribuyentes y empresas estadounidenses. Otro funcionario estadounidense consideró improbable un acuerdo a medio plazo por la cantidad de obstáculos existentes.
Pero el asunto sigue sobre la mesa dentro de una conversación energética más amplia entre Estados Unidos y Rusia. Y eso es lo verdaderamente significativo. La idea no consiste necesariamente en que Estados Unidos compre gas ruso para revenderlo directamente a Europa. Una de las fórmulas estudiadas sería introducir capital estadounidense en la infraestructura de Nord Stream, de manera que empresas o inversores estadounidenses pudieran participar económicamente en los futuros flujos energéticos.
La lógica defendida por quienes impulsan este tipo de planteamientos es sencilla: si la guerra termina, los incentivos económicos pueden contribuir a consolidar la paz. Rusia recuperaría acceso a un mercado energético fundamental; Europa podría disponer nuevamente de una fuente de gas; y las compañías estadounidenses obtendrían participación en un negocio que durante décadas estuvo dominado por empresas rusas y europeas.
Para Kushner, que participa en los esfuerzos de la Casa Blanca para encontrar una salida negociada a la guerra, el componente económico forma parte de la ecuación. Tras sus contactos con dirigentes europeos, ha defendido la idea de acuerdos de prosperidad que permitan a los gobiernos tener incentivos concretos para mantener la paz. Es una visión muy distinta de la política seguida desde 2022, cuando la prioridad europea pasó a ser precisamente la contraria: reducir la dependencia energética de Moscú para disminuir su capacidad de presión política sobre Europa.
Antes de la invasión rusa de febrero de 2022, Alemania obtenía más de la mitad de su gas de Rusia, siendo el gasoducto Nord Stream una de las principales vías de entrada directa. Esta infraestructura permitía transportar el recurso evitando países de tránsito, una dependencia que se convirtió en uno de los mayores problemas estratégicos de Europa tras el estallido del conflicto. A partir de ese momento, Moscú redujo progresivamente los suministros hasta que, en septiembre de 2022, varias líneas de Nord Stream quedaron permanentemente inoperativas debido a una serie de explosiones submarinas.
Desde entonces, Europa ha diversificado su estrategia energética mediante la búsqueda de proveedores alternativos, el incremento en las importaciones de gas natural licuado (GNL) y el desarrollo de nuevas infraestructuras y rutas de suministro. Por este motivo, reactivar el proyecto Nord Stream no sería una tarea tan simple como abrir una válvula; el proceso requeriría, en primer lugar, determinar qué tramos del gasoducto aún pueden utilizarse y reparar o sustituir la infraestructura dañada. Asimismo, implicaría resolver la compleja disputa sobre el control jurídico de las instalaciones y, por encima de todo, levantar o modificar el entramado de sanciones estadounidenses y europeas que actualmente impiden por completo recuperar dichas operaciones.
La posición alemana resulta comprensible desde su nueva estrategia de seguridad. Alemania está aumentando de forma considerable su gasto militar y considera a Rusia una amenaza estratégica. Volver a depender de Moscú para una parte importante de su suministro energético supondría una transformación radical de la política adoptada después de 2022.
A pesar de la postura oficial del Gobierno, Alemania tampoco mantiene una posición completamente homogénea al respecto. La cuestión divide profundamente a la sociedad y existen fuerzas políticas —especialmente Alternativa para Alemania (AfD)— que defienden la recuperación de las relaciones energéticas con Rusia. Por lo tanto, la discusión trasciende lo estrictamente económico: se trata de una disputa de fondo sobre qué modelo de seguridad energética adoptará Europa una vez concluya el conflicto.
Y después estaría el dinero necesario para reparar la infraestructura dañada y hacerla operativa de nuevo. Nadie sabe todavía cuánto costaría recuperar las instalaciones ni qué parte de ellas podría volver a utilizarse.
Históricamente, Europa representaba uno de los principales mercados energéticos para Rusia, por lo que recuperar parcialmente este espacio le garantizaría al Kremlin una fuente crucial de ingresos y divisas, además de restablecer una relación comercial de enorme peso estratégico. Asimismo, este paso le permitiría a Moscú recobrar parte de la influencia económica perdida a nivel global tras el estallido del conflicto en 2022. Consciente de ello, el enviado ruso Kirill Dmitriev ha liderado durante meses una intensa campaña diplomática orientada a reanudar las ventas de gas a Alemania. Para avanzar en esta estrategia, ha mantenido reuniones y contactos directos con altos representantes de los Departamentos de Energía y del Tesoro de Estados Unidos, explorando viables iniciativas bilaterales en materia energética.
La cuestión es que un retorno del gas ruso al mercado europeo también devolvería a Moscú una herramienta de influencia estratégica. Esa es precisamente la razón por la que Polonia y los países bálticos observan cualquier conversación sobre Nord Stream con enorme desconfianza.
Si el capital estadounidense entra en la propiedad o explotación de la infraestructura, Washington no estaría simplemente levantando sanciones para beneficiar a Rusia. Las empresas estadounidenses podrían obtener una participación económica directa en el negocio.
Es la lógica que aparece también en otras conversaciones entre Washington y Moscú. Según las fuentes citadas por Reuters, Kushner y el enviado estadounidense Steve Witkoff han explorado con Dmitriev operaciones relacionadas con activos internacionales de la petrolera rusa Lukoil, incluyendo refinerías y estaciones de servicio. Una posible estructura incluiría a la Development Finance Corporation estadounidense y capital procedente de Qatar y Emiratos Árabes Unidos.
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