El diésel se ha convertido en el nuevo frente de la crisis energética mundial. La posibilidad de que Donald Trump limite o suspenda temporalmente las exportaciones estadounidenses ha encendido las alarmas en Bruselas justo cuando Europa afronta un mercado internacional de combustibles especialmente tensionado. El presidente de EE UU ha respaldado públicamente la idea de restringir las ventas al exterior para contener el precio que pagan los consumidores y los sectores productivos estadounidenses, mientras su Administración estudia todavía si una prohibición total o parcial sería viable.
El comisario de Energía, Dan Jørgensen, ha pedido a Washington mantener el “libre flujo” de diésel y ha advertido de que el próximo invierno puede ser el más difícil para Europa desde la crisis energética de 2022. El temor no es tanto a un desabastecimiento inmediato como a que desaparezca una parte relevante de la oferta internacional y los precios vuelvan a dispararse.
La amenaza estadounidense llega en el peor momento posible para el mercado europeo. Los precios mundiales del diésel han alcanzado máximos históricos después de que la guerra en Oriente Próximo y el conflicto entre Rusia y Ucrania hayan reducido la disponibilidad de producto refinado. Rusia ha perdido capacidad exportadora, mientras los ataques contra instalaciones energéticas y las dificultades para transportar crudo y productos refinados han reducido todavía más el margen de maniobra de las refinerías.
Washington ha sido durante los últimos años uno de los principales proveedores energéticos de Europa y una pieza fundamental para reducir la dependencia europea de Rusia. Ahora, una decisión de Washington destinada a proteger al consumidor estadounidense podría trasladar parte de la presión al mercado europeo.
El diésel estadounidense tiene un peso especialmente importante porque el mercado mundial opera actualmente con una capacidad de refino muy ajustada. Las refinerías están trabajando cerca de niveles elevados de utilización y existen pocas posibilidades de aumentar rápidamente la producción para compensar una nueva pérdida de exportaciones. Las existencias estadounidenses siguen por debajo de la media estacional pese al incremento de la producción.
De ahí que Bruselas tema que un recorte de las ventas estadounidenses no sea una operación aislada. El combustible que deje de salir de Estados Unidos tendría que ser sustituido por barriles procedentes de otros mercados, precisamente cuando esos mercados también están sometidos a fuertes tensiones.
El problema se refleja ya en los precios. El diésel europeo ha duplicado con creces sus niveles de comienzos de año en los mercados de futuros, mientras en EE UU el precio minorista ha superado por primera vez los seis dólares por galón y se ha situado alrededor de los 6,50 dólares.
La propuesta tiene además una dimensión política evidente en Estados Unidos. El encarecimiento del diésel golpea directamente a agricultores, transportistas, constructoras y empresas industriales, sectores especialmente sensibles al precio del combustible.
Varios legisladores republicanos han presionado a Trump para que limite las exportaciones antes de las elecciones de mitad de mandato. Esa facción dentro del Partido Republicano asume que Estados Unidos debería reservar una mayor cantidad de combustible para su propio mercado y aliviar así el coste que soportan agricultores y transportistas. Trump respaldó públicamente esa posibilidad el 22 de septiembre. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, confirmó que la Administración estaba estudiando tanto una prohibición completa como una restricción parcial.
Pero la propia industria petrolera estadounidense se opone a la medida. Organizaciones del sector han advertido de que restringir las exportaciones podría reducir la utilización de las refinerías, disminuir la producción y terminar provocando un efecto contrario al buscado: menos oferta y precios más elevados también dentro de Estados Unidos. El secretario de Energía, Chris Wright, también ha enfriado la posibilidad de un embargo total y ha cuestionado que una medida de ese tipo sea una solución eficaz para el problema de precios.
España tampoco permanece al margen de la presión. El Gobierno ha intensificado sus contactos con los sectores más expuestos al encarecimiento del combustible, especialmente el transporte y la logística, ante la posibilidad de que el episodio se prolongue.
La preocupación inmediata de las autoridades españolas se centra en el impacto sobre los precios y los costes empresariales, más que en un escenario de falta física de combustible. Pero cuanto más tiempo permanezca restringida la oferta internacional, mayor será la presión sobre transportistas, agricultores y consumidores.
La situación explica también por qué cualquier decisión de Washington tiene ahora una repercusión inmediata en los mercados europeos. La crisis ya no se desarrolla únicamente en torno al petróleo crudo. El cuello de botella está cada vez más en el refino y en la capacidad para convertir ese crudo en los combustibles que necesita la economía.
El Reino Unido, por ejemplo, se enfrenta ya a una fuerte presión sobre los precios del diésel debido a su dependencia de las importaciones y a la reducción de la capacidad de refino europea. Los precios británicos han aumentado de forma muy significativa desde comienzos de año, reflejando una crisis que trasciende las fronteras de la UE. @mundiario