DOMINGA.– Mariel abre su mochila. Saca un cable que acaba en algo que parece un micrófono. Le coloca un cobertor de espuma. Lo desenrolla, lo balancea y lo lanza al agua con el movimiento de quien echa algo intentando que llegue lejos. Conecta el cable a una pequeña bocina y empieza la magia: pulsos, ruidos, gorgoteos. Sonidos incomprensibles para quienes no sabemos interpretarlos pero aún así emocionantes, como el ultrasonido que amplifica el latir de un bebé en la panza de su mamá.
Así suena el interior de este mar del Golfo de México, frente a Campeche, así suena el grupo de delfines que anda cerca del bote. El aparato es un hidrófono, dice Mariel Tejeda Bravo. Y lo que está haciendo es un registro bioacústico, una forma no invasiva de investigar a los delfines conocidos como “nariz de botella”.
Estamos en alta mar frente a Campeche en la península de Yucatán. Mientras su hidrófono pende debajo del agua, Mariel Tejeda habla a los delfines. Los saluda con cariño, les pregunta cómo están, les dice que se ven muy bonitos. Su actitud contrasta con lo que hacen los demás en otras lanchas con turistas a bordo: todos, con celular en mano, grabando.
Isla Aguada es un pueblo que vive del turismo, de avistar delfines libres en la hermosísima Laguna de Términos. Los guías tienen prácticas bastante amables hacia los delfines, mejores que en otros lugares, dice Mariel. Porque usan los motores menos contaminantes y porque los apagan o ponen en neutral cuando se acercan a los animales. Aún así, resulta complejo no sentir que los acosamos cuando los perseguimos, rodeamos y fotografiamos.
Mariel tiene 38 años. De mirar intenso, la piel quemada por el sol y dientes blancos que brillan. Su cabello –grueso, rizado y largo– se enreda con el viento del mar; se emociona al explicar por qué le cambiaron la vida. Se enamoró por completo del delfín cuando empezó a estudiarlos. Es maestra en Ciencias por el Centro de Investigaciones Biológicas del Noreste y en su tesis estudió precisamente al Tursiops truncatus; científica, buza y activista, es una de las voces contra el cautiverio de más de 250 delfines en México.
Mariel desconecta el cable de la bocina para conectarlo a una grabadora. Registra siete minutos de sonidos subacuáticos, de voces únicas de cada delfín y de la plática que entre ellos llevan. Luego analizará el material con programas especiales.
La bioacústica puede ayudar a develar el estado emocional del delfín. Porque en las expresiones vocales, sonidos y repeticiones, se puede entender si están activos o en letargo. Altas y bajas de frecuencias revelan niveles de excitación positiva o negativa.
Los datos se cuantifican en una medida puntual: el arousal que designa el estado general de activación del sistema nervioso central. Este grado de activación oscila entre el sueño profundo y la excitación intensa. Es una medida aplicable a humanos pero también a cualquier otro animal, agrega Mariel.
Midiendo el nivel de excitación se obtienen datos que, interpretación mediante, pueden observar curiosidad, aburrimiento, emoción, estrés. Se analiza un conteo de sonidos pero, si además hay video, la lectura es más completa. Mariel abre su mochila. Saca una pequeña cámara subacuática. La sumerge.
La ciencia considera al delfín entre los animales más inteligentes, sólo después del cachalote y el humano (que se evalúa a sí mismo). Por su capacidad de ecolocalizar, su gran cerebro que le permite resolver problemas complejos y otras características como sus sistema paralímbico capaz de procesar emociones y establecer vínculos. También su capacidad de manejar objetos y aprender un lenguaje ajeno de gestos sencillos.
Superpoderes que han significado una condena para la especie. Confinados al encierro en delfinarios, con rutinas idénticas dando brincos o levantando objetos con músicas estruendosas que sufren por su excepcional capacidad auditiva. Condenados también a ser utilizados con fines militares.
En 1959, Estados Unidos comenzó a experimentar con delfines. “Son entrenados para buscar y marcar la ubicación de minas submarinas que podrían poner en peligro la seguridad de las personas a bordo de buques militares o civiles”, dice el Programa de Mamíferos Marinos de la US Navy (NIWC Pacific).
Argumenta que el animal tiene “el sonar más sofisticado conocido por la ciencia”, capaz de detectar en el fondo marino objetos que un sonar electrónico no percibe, y que “también pueden sumergirse cientos de metros bajo la superficie sin riesgo de sufrir la enfermedad por descompresión o el síndrome de descompresión”.
No es un programa oculto, por el contrario, en su sitio web ofrecen visitas guiadas y datos para responder a lo que llaman “especulaciones” de medios y activistas. Porque varias veces se ha difundido que tanto Estados Unidos como la exUnión Soviética empezaron a entrenar a delfines para cumplir con objetivos militares desde la Guerra Fría. Que los hacían transportar equipos diversos, colocar, activar o desactivar minas, e incluso atacar a buzos o embarcaciones.
No es debate del pasado. El 11 de mayo de 2026 en una conferencia de prensa preguntaron al actual secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegsett, acerca de los llamados “delfines suicidas” que estaría usando Irán para intentar desbloquear el estrecho de Ormuz. Hegsett aseguró que los iraníes no tienen ningún delfín entrenado y, acerca de eventuales ‘delfines suicidas estadounidenses’ apenas respondió “no puedo confirmar ni desmentir”, consignó la BBC.