El diésel rompe la tendencia y vuelve a superar los 100 euros por depósito, con el litro cerca de 1,9 euros. La brecha entre ambos carburantes se explica por el distinto peso del transporte de mercancías y de la calefacción.
El precio de la gasolina encadena cinco semanas de bajadas y se abarata casi un 11% en un mes. Llenar el depósito, sin embargo, cuesta 27 euros más que hace un año. Las dos cifras son ciertas y describen el mismo surtidor.
La comparación anual es la que manda. Quien repostó en noviembre de 2025 pagó 27 euros menos por el mismo depósito, una diferencia que, en un depósito medio de 55 litros, equivale a cerca de medio euro por litro. El descenso de las últimas cinco semanas devuelve una parte de ese terreno, no todo.
El diésel ha roto la racha. El gasóleo vuelve a subir, llenar un depósito supera otra vez los 100 euros y el litro ronda los 1,9 euros, según la comparativa de precios que publican estos días los medios especializados del sector energético.
La racha de la gasolina no es un fenómeno aislado. Las estaciones de servicio trasladan al surtidor las cotizaciones mayoristas con retraso, de modo que cinco semanas consecutivas de recortes reflejan un movimiento que arrancó antes en el mercado internacional y que se ha ido aplicando escalón a escalón. El resultado acumulado es una caída cercana al 11%.
Quien quiera comprobar cuánto se ha movido su gasolinera de referencia tiene los precios actualizados estación por estación en el Geoportal de Gasolineras del Ministerio para la Transición Ecológica, que se nutre de las comunicaciones obligatorias de los operadores.
El gasóleo responde a otra lógica. Su demanda no depende solo del coche privado: la mueven el transporte de mercancías, la maquinaria agrícola y el gasóleo de calefacción, que gana peso en el consumo justo cuando llega el frío. En el mercado mayorista europeo el componente de gasóleo lleva varios ejercicios cotizando con más tensión que el de gasolina, y esa brecha termina llegando al surtidor con semanas de diferencia.
Cinco semanas de recortes no compensan doce meses de subidas: el surtidor devuelve parte de lo que se llevó, y lo hace más despacio de lo que lo cogió.
Cerca de la mitad de lo que se paga por litro son impuestos. Hay un tipo fijo que se cobra igual cuando el crudo está alto que cuando está bajo, y sobre el precio ya gravado se aplica un IVA del 21%. Con esa estructura, cualquier bajada del mercado mayorista llega al recibo en un porcentaje menor, y cualquier subida se nota antes en la caja. Es aritmética, no relato.
El efecto se percibe antes en el bolsillo que en las estadísticas. Un conductor que reposte cada dos semanas no ve un 11%: ve una factura que sigue siendo más alta que la del año pasado. Y esa sensación, que los datos confirman, es la que acaba pesando en el debate público sobre carburantes.
Conviene separar dos cosas que la discusión mezcla a menudo. Una es el precio del barril y del producto mayorista; otra, el precio final que marca libremente cada estación dentro de un mercado liberalizado desde finales de los noventa. La referencia oficial que siguen los operadores es el Boletín Petrolero de la Unión Europea, que se publica con periodicidad semanal y sirve de base para comparar España con el resto de socios comunitarios.
Para una flota de reparto, el cálculo es menos emocional y más incómodo. Un camión que consume 30 litros cada 100 kilómetros y recorre 4.000 al mes necesita 1.200 litros; a 1,9 euros el litro, la cuenta sale a 2.280 euros mensuales solo en gasóleo. Ahí no hay caída del 11% que compense: hay un coste fijo que se come el margen de cualquier operador pequeño.
La divergencia entre los dos carburantes es la noticia, no la bajada de la gasolina. Mientras el titular que llega al consumidor habla de alivio, la parte de la economía que realmente consume gasóleo —el transporte de mercancías, la logística de última milla, el campo— sigue pagando más que hace un año. Ese desajuste tiene una traducción concreta: cada punto de gasóleo acaba trasladándose, antes o después, al precio del producto en la estantería.
Aquí toca tomar partido. La estadística que celebra cada semana la caída de la gasolina y la que mide el coste real del transporte deberían publicarse con la misma solemnidad, porque la segunda explica la inflación de los servicios bastante mejor que la primera. Un país con el diésel rozando los 1,9 euros no tiene un problema de surtidor: tiene un problema de cadena de suministro que se disfraza de buena noticia.
El riesgo del momento es de lectura. Si el gasóleo mantiene el pulso durante el invierno —de noviembre a febrero, con el gasóleo de calefacción apretando la demanda—, el abaratamiento de la gasolina habrá servido para poco más que para maquillar la foto del mes. Y cuando la base de comparación deje de ser favorable, algo que puede ocurrir en el primer trimestre de 2027, las mismas cifras que hoy se leen como tregua volverán a leerse como subida.