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El certamen recupera el cartel más amplio en una década y las marcas chinas ya pelean por espacio con los grupos europeos. El arancel de hasta el 35,3% no ha frenado su avance, solo lo ha desplazado hacia la producción local.
El Salón del Automóvil de París 2026 ha convertido la Porte de Versailles en el escaparate del contraataque europeo. No es un eslogan de folleto: es la lectura que los propios fabricantes han instalado en los pasillos, donde los deportivos y los concept cars han recuperado el protagonismo mientras la industria mira de reojo hacia China.
El certamen vuelve a latir. Después de la edición de 2020 cancelada por la pandemia y de un 2022 descafeinado por las ausencias, la organización superó el medio millón de visitantes en 2024 y ha reunido ahora el cartel más poblado en una década, según los datos que maneja la propia web oficial del certamen. Ese dato vale más que cualquier discurso inaugural. Un salón se mide por quién expone y por cuánto dinero ha puesto en el stand.
Al otro lado del pasillo ha cambiado todo. Las marcas chinas ya no vienen a tantear el terreno. MG, BYD, Leapmotor, Omoda y Jaecoo pelean por metros cuadrados con la misma ambición con la que pelean por cuota en los concesionarios europeos. Hace cuatro años eran una curiosidad de feria. Hoy son el motivo por el que Bruselas y los fabricantes del continente se sientan en la misma mesa.
El marco que ha llevado a Europa a esta posición defensiva es conocido. Sobre el arancel común del 10% para los vehículos importados se añaden desde 2024 los derechos compensatorios a los eléctricos chinos: hasta el 35,3% en el caso de SAIC, el 17% en BYD y el 18,8% en Geely. Bruselas concluyó que las subvenciones públicas distorsionaban el mercado. Pekín respondió con investigaciones antidumping sobre el porcino y el brandy europeos, y la escalada sigue abierta.
El arancel no ha frenado la ofensiva. La ha redirigido. Quien puede permitirse una planta en Europa la construye —los casos de Szeged, en Hungría, y de Manisa, en Turquía, son los más citados— y quien no, ha girado hacia los híbridos y los modelos de acceso, categorías que el gravamen sobre el eléctrico puro no toca. En España, Stellantis planea ensamblar modelos de Leapmotor en Figueruelas y Chery ya produce vehículos en la antigua planta de Nissan en Barcelona bajo la marca Ebro. La cuota se defiende en la fábrica, no en la aduana.
Por eso el escaparate parisino se ha llenado de ejercicios de estilo. Un concept car no vende coches; vende pertenencia. Y la industria automovilística europea necesita recuperar la conversación emocional que había cedido en la comparativa del precio, esa en la que lleva años perdiendo por goleada.
El salón devuelve la emoción al automóvil europeo. La cuenta de resultados, en cambio, sigue esperando un coche eléctrico barato de fabricar en Europa.
Conviene decirlo sin adornos: el problema europeo no es de imagen, es de estructura de costes. Las estimaciones que circulan en el sector sitúan la brecha de fabricación frente a China entre el 30% y el 40% por vehículo, un margen que ninguna línea de diseño corrige. La industria da trabajo a alrededor de 13 millones de personas en la Unión Europea, de forma directa e indirecta, según los recuentos de la Asociación de Constructores Europeos de Automóviles. Un diferencial de esa magnitud no se gestiona con mercadotecnia.
La cadena de baterías resume el problema mejor que cualquier discurso. Europa puso sus esperanzas en un campeón propio y el campeón quebró: Northvolt presentó concurso en 2025 y dejó al descubierto que montar una gigafactoría competitiva exige más que subsidios. Hoy las celdas siguen llegando mayoritariamente de CATL y de BYD, es decir,, de los mismos competidores a los que se pretende frenar con aranceles. Hay una contradicción evidente ahí, y nadie la ha resuelto en París con un prototipo.
Tampoco ayuda el calendario regulatorio. El reglamento europeo de CO2, cuya versión consolidada puede consultarse en EUR-Lex, obliga a recortar emisiones y empuja a los fabricantes a vender eléctricos que hoy siguen siendo caros de producir. La flexibilidad que Bruselas ha puesto sobre la mesa para promediar el cumplimiento en tres años alivia la caja de este ejercicio, pero no cambia la ecuación. Y los grupos europeos, que ganan dinero en China con Volkswagen, BMW o Mercedes a la cabeza, saben que una guerra comercial total les golpearía por los dos flancos.
Mi lectura es que el arancel compra tiempo, no competitividad. Y el tiempo, en esta industria, se mide en ciclos de producto: cuatro o cinco años entre una plataforma y la siguiente. Si en ese plazo no aparece un eléctrico europeo de tamaño medio fabricado a coste asiático, la defensa arancelaria habrá servido para proteger plantas que producen coches que cada vez menos gente puede pagar.
El compromiso es claro. La prueba no estará en las gradas del certamen, sino en el dato de matriculaciones del primer trimestre de 2027 y en la revisión de la norma de 2035 que Bruselas tiene pendiente. Ahí se verá si el ataque de París era una ofensiva real o una puesta en escena.
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El sector del transporte y la logística son de los más importantes de Catalunya, tanto por su peso en el mercado laboral como por su papel en la economía. Según los datos del Idescat, la logística sola ocupa a 182.036 personas, lo que representa un 4,19 % de la población activa catalana, y lidera el mercado laboral del sector en el ámbito nacional. Sin embargo, pese a su importancia, arrastra desde hace años un problema que sigue sin resolverse: la falta de conductores. La Cámara de Comercio de Barcelona ya advirtió en marzo de este año que en España hay más de 30.000 vacantes que no se han podido cubrir.