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Nevaco Global
22 de septiembre de 2026

Los mercados en jaque: el sector cerámico de Castellón se juega su futuro en Cersaie

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La factura energética de los hornos se ha triplicado y las empresas acuden a Bolonia para defender dos mercados clave: Europa y Estados Unidos. El puerto de Castellón mueve un 15% más de materias primas, señal de que la producción sigue viva pese a los márgenes.

El sector cerámico de Castellón llega a Cersaie 2026 con el gas disparado y los mercados tradicionales en disputa. La cita de Bolonia vuelve a ser el escaparate donde la industria española del azulejo mide su capacidad de resistencia frente a una competencia que no soporta los mismos costes energéticos.

La magnitud del golpe no admite matices. El precio del gas que alimenta los hornos de cocción se ha triplicado respecto a los niveles previos a la escalada geopolítica, y esa factura pesa ya más que la mano de obra en la estructura de costes de buena parte de las plantas. Un horno de azulejo no es una fábrica que se apaga y se enciende a conveniencia: mantener la curva térmica cuesta dinero incluso cuando los pedidos no llegan.

El puerto de Castellón ha movido un 15% más de materias primas en 2026, según los datos que maneja la propia autoridad portuaria. El tráfico no miente: las fábricas siguen comprando arcilla, feldespato y esmalte porque necesitan producir, pero lo hacen con márgenes cada vez más estrechos y con un ojo puesto en el precio del gas que van a pagar al mes siguiente.

La patronal Ascer lleva meses repitiendo el mismo mensaje a Bruselas: sin un precio de la energía homologable al de sus rivales, la industria del azulejo europeo desaparece. No es una amenaza retórica. Italia, el gran competidor continental, también sufre el gas caro, pero Turquía, India y China compiten con electricidad subvencionada y con el carbón todavía en su matriz energética.

En Cersaie, las firmas de Castellón exhiben diseño, formato y acabado. Es su terreno natural. Keraben, Metropol e Íbero figuran entre las enseñas que apuestan por la innovación de producto para diferenciarse de una oferta asiática cada vez más afinada. El argumento comercial es el de siempre: calidad y servicio frente a precio puro.

El sector no se juega un trimestre en Bolonia; se juega la posición que tardó cuarenta años en construir.

La feria llega, además, tras el desmoronamiento de Cevisama, la cita valenciana que durante décadas fue el escaparate natural del azulejo español. Su caída dejó a las empresas sin su cita de cabecera en casa y empujó a Bolonia a un papel que antes no tenía. Cersaie se convierte así en el único gran foro europeo donde el sector puede seguir mostrando músculo.

El azulejo español vende fuera buena parte de lo que fabrica, y Europa concentra el grueso de esa exportación. Alemania, Francia y Reino Unido sostienen la facturación del clúster, mientras Estados Unidos se ha consolidado como el mercado de mayor valor añadido, con precios medios muy por encima de los del consumo interior. Retener esas dos plazas es la prioridad de la campaña.

La amenaza no viene solo del coste energético. Los fabricantes asiáticos han elevado su juego en diseño y han ganado cuota en los segmentos medios, justo donde el azulejo español era imbatible hace una década. En paralelo, los aranceles y las barreras comerciales han reordenado las rutas: parte de lo que antes se vendía desde Castellón empieza a producirse más cerca del cliente.

No es una batalla nueva. El azulejo español lleva años defendiendo su cuota europea frente a un rival italiano que, con menos volumen, mantiene precios más altos gracias a una marca país bien trabajada. La diferencia ahora es el coste energético: cuando la factura del gas se dispara a ambos lados de los Alpes, aguanta mejor la tormenta quien tiene la caja más sólida.

El problema del cerámico castellonense no es de demanda ni de producto: es de estructura. Una industria intensiva en energía que compite en un mercado globalizado donde el precio del gas lo fija la geopolítica y no la eficiencia tiene un margen de maniobra limitado. La electrificación de los hornos avanza, pero exige inversiones que muchas empresas medianas no pueden asumir con los balances actuales. Ahí está el nudo.

Hay una contradicción que el sector no oculta. Mientras reclama a Bruselas un mecanismo de ajuste de costes energéticos y aranceles contra la competencia desleal, sigue invirtiendo en producto y en marca, consciente de que si pierde el liderazgo tecnológico el problema del gas dejará de importar. Es la paradoja del que defiende el corto plazo sin renunciar al largo. Y funciona: el azulejo español mantiene su referencia en formato grande y en porcelánico técnico.

La otra cara del problema energético es la concentración. Los años de gas caro han acelerado un proceso de consolidación silencioso: las plantas pequeñas cierran o se venden, y los grandes grupos ganan cuota relativa sin necesidad de crecer en ventas. No es una buena noticia para el empleo en la comarca, pero sí una forma de que el clúster sobreviva como tal.

Lo que se dirime estos días en Bolonia no es una feria. Es la constatación de que el sector puede aguantar un ejercicio con el gas triplicado, pero no cinco. La prueba de fuego llegará con los resultados del próximo trimestre y con la revisión de los contratos energéticos a largo plazo que muchas empresas negocian ya de cara a 2027. Si el precio no cede, el mapa europeo del azulejo se reordenará, y no precisamente a favor de Castellón.

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