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Nevaco Global
8 de julio de 2026

La AIE alerta: la demanda mundial de gas caerá un 0,5% en 2026 por la crisis de Oriente Medio

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El organismo prevé que las disrupciones en el paso marítimo mantengan los precios elevados durante al menos dos años, lastrando especialmente a la industria y al sector eléctrico en Asia. La reapertura completa del Estrecho es la clave para evitar un mayor deterioro del mercado.

La demanda mundial de gas natural se contraerá por tercera vez en siete años. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) ha lanzado una advertencia contundente: el conflicto en Oriente Medio y el bloqueo parcial del Estrecho de Ormuz empujarán el consumo global un 0,5% a la baja en 2026. No es un dato aislado. Refleja una crisis que golpea de lleno a la industria y a la generación eléctrica, mientras los precios se mantienen obstinadamente altos.

Según el informe trimestral de la AIE, los datos iniciales del primer semestre de 2026 ya muestran una contracción en el consumo global. Las causas son claras: la fuerte reducción de los envíos de gas natural licuado (GNL) a través del Estrecho de Ormuz, que hasta hace poco canalizaba aproximadamente el 20% del suministro mundial. Los buques metaneros han ralentizado su tránsito tras el conflicto, y aunque en junio se alcanzó un acuerdo provisional entre Estados Unidos e Irán para reabrir la vía marítima, el tráfico sigue muy por debajo de los niveles previos a la crisis.

El desplome de la producción en Oriente Medio es elocuente. La oferta de GNL desde Qatar y Emiratos Árabes Unidos cayó casi un 80% entre marzo y junio en comparación con el mismo periodo de 2025. Esa hemorragia no ha podido ser compensada del todo por la entrada en operación de nuevos proyectos en América del Norte, África y Australia, lo que ha mantenido la presión sobre los precios. La AIE, sin embargo, matiza que para el conjunto del año el suministro global podría mantenerse estable si otros productores aceleran sus exportaciones.

La demanda asiática ha sido una de las grandes damnificadas. Los altos precios del gas, unidos a medidas políticas para contener el consumo, han provocado que varios países de la región vuelvan a quemar más carbón en sus centrales eléctricas. Una paradoja amarga para los objetivos climáticos, pero que subraya la crudeza del momento: cuando el gas se encarece por encima de cierto umbral, la descarbonización se aplaza y el mercado busca la opción más barata.

En Europa, los futuros del TTF han moderado su escalada desde los máximos de marzo, pero siguen cotizando muy por encima de los niveles de 2025. La incertidumbre sobre la reapertura total del Estrecho mantiene una prima de riesgo geopolítico que se traslada a la factura industrial y, con cierto retardo, al consumidor final. No es casualidad que en España el precio del pool haya repuntado en las últimas semanas, aunque el mix renovable haya actuado de amortiguador.

El gas ha dejado de ser un asunto solo de calefacción: se ha convertido en el barómetro de la estabilidad en Oriente Medio.

El acuerdo provisional entre Washington y Teherán, sellado a mediados de junio, ha inyectado algo de alivio a los mercados. Pero la AIE advierte de que el tráfico de metaneros aún está lejos de normalizarse. Si la reapertura completa del Estrecho se retrasa más allá del inicio del cuarto trimestre, 2026 podría terminar con la primera caída anual del suministro mundial de GNL desde 2012. Una posibilidad que, de materializarse, dispararía de nuevo las primas de riesgo y pondría en jaque las estrategias de almacenamiento de cara al invierno.

Más allá del corto plazo, el informe de la AIE dibuja un horizonte inquietante. Las interrupciones en el suministro no solo han restado volúmenes inmediatos, sino que han dañado infraestructuras críticas. Los daños en la planta de Ras Laffan, en Qatar, el mayor centro de licuefacción del mundo, comprometen los planes de ampliación de capacidad previstos para los próximos dos años. En consecuencia, la oferta adicional que se esperaba para aliviar el mercado en 2027 podría llegar con retraso, manteniendo la tensión en los precios.

Yo veo aquí un riesgo sistémico que los analistas tienden a subestimar: la dependencia de unas pocas rutas marítimas para el tránsito de materias primas energéticas. El Estrecho de Ormuz no es solo una línea en el mapa; es un cuello de botella que condiciona la seguridad de suministro de Europa, Asia y buena parte de África. Mientras no se diversifiquen las fuentes de GNL —y los proyectos en marcha tardan años en madurar—, cualquier chispa en la región volverá a disparar las alarmas.

No menos relevante es el impacto en la cadena alimentaria. La AIE recuerda que el gas es materia prima clave para los fertilizantes, y las interrupciones en el suministro ya están afectando a las cadenas de producción en los países más vulnerables. Se trata de un efecto secundario que apenas ocupa titulares, pero que puede tener consecuencias humanitarias graves si la situación se prolonga.

En definitiva, el mercado del gas se enfrenta a una tormenta perfecta: demanda debilitada pero precios altos; oferta comprometida pero no colapsada; y una geopolítica que impide cualquier previsión fiable. La AIE ha puesto sobre la mesa un escenario base que ya es preocupante. Si la reapertura completa del Estrecho se frustra, las alarmas no se limitarán al precio del gas. Saltarán también las de la seguridad alimentaria y las de la confianza en un comercio internacional que, una vez más, demuestra su fragilidad.

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