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Frente al precio aparente del lineal, el porcentaje real de calamar en el producto es determinante. El rebozado y los aditivos pueden duplicar el coste real del pescado si no se calcula bien.
Las anillas de calamar congeladas y otros preparados rebozados se venden como una opción cómoda y económica, pero el porcentaje de pescado real puede ser tan bajo que el comprador acaba pagando hasta un 60% más por el calamar que si lo adquiriera fresco. Un análisis de la etiqueta desvela la trampa: el rebozado, el agua añadida y los aditivos disparan el precio real del pescado sin que el consumidor lo perciba.
La mayoría de los calamares congelados que encontramos en el lineal no son piezas enteras, sino anillas o tiras cubiertas de una capa de rebozado que puede representar entre un 30% y un 45% del peso total del producto. Así lo corroboran los análisis de composición que ha publicado Consumidor Global en su serie sobre el fraude del calamar.
Un ejemplo habitual: una bolsa de 400 gramos de anillas congeladas se vende a 3,50 euros y declara un 60% de calamar. El cálculo es sencillo: el calamar real asciende a 240 gramos, lo que eleva el precio por kilo de pescado a 14,58 euros. Muy lejos de los 8,75 euros por kilo que sugería la etiqueta del paquete.
Mientras tanto, el calamar fresco en la pescadería ronda los 12-15 euros el kilo, dependiendo de la temporada y la lonja. La conclusión es incómoda: en muchos casos, el congelado rebozado no sale más barato, sino más caro.
El consumidor no suele calcular el precio real del pescado escondido tras el rebozado. En muchos casos, sale más a cuenta comprar calamar fresco en la pescadería que el congelado rebozado del súper.
La clave está en dos líneas del envase: el porcentaje de calamar que declara el producto y el peso neto total. Con esos datos se obtiene el precio por kilo real del pescado con esta sencilla fórmula:
Si un paquete de 450 gramos cuesta 3,99 euros e indica un 55% de calamar, pagamos 16,11 euros por cada kilo de pescado, más que el fresco y sin contar la harina, el agua y los aditivos que ni siquiera son nutritivos.
Otro truco frecuente es anunciar «calamares a la romana» o «calamares rebozados» con letra pequeña que revela «calamar reconstituido». En esos casos, el pescado se ha troceado, amasado y vuelto a moldear con aditivos como almidones, fibra vegetal o proteínas añadidas, lo que reduce aún más la cantidad de calamar puro.
A simple vista, el precio del envase es engañoso. La tabla muestra cómo la cantidad real de pescado modifica por completo la decisión de compra. Y la diferencia se acentúa cuando además se paga por aditivos que ni aportan sabor ni calidad.
La investigación de Consumidor Global y de organizaciones como Environmental Justice Foundation (EJF) añade otra capa de alerta: buena parte del calamar congelado que llega a España procede de pesquerías lejanas con escaso control. Entre 2020 y 2024, España fue el segundo importador mundial de calamar y sepia, con un valor de 5.300 millones de euros y concentró el 50% de las importaciones de la UE.
Los informes señalan que la trazabilidad es muy limitada —apenas se verifica el 0,2% de los certificados de captura— y que muchos lotes pueden estar vinculados a buques con abusos laborales o pesca destructiva. Aunque el consumidor no puede comprobar el origen en la etiqueta, la OCU y FACUA recomiendan priorizar el producto de proximidad siempre que sea posible.
«Si son calamares capturados por un barco español, que están en una lonja frescos en España, yo apostaría por ese más que por el congelado, que en muchos casos viene de estas pesquerías no reguladas», advierte Jesús Urios, responsable de políticas oceánicas de EJF, en declaraciones recogidas por Consumidor Global.
El etiquetado actual no obliga a informar del arte de pesca ni de la bandera del buque. La falta de uniformidad dificulta que el comprador pueda elegir con criterio. Mientras la normativa no avance, la herramienta más eficaz sigue siendo leer la etiqueta, desconfiar de los precios demasiado bajos y calcular cuánto cuesta realmente el pescado que nos llevamos a casa.
No se trata de demonizar el congelado, sino de comprar con los números claros. Un producto ultracongelado y sin rebozar —calamares limpios, pelados y sin aditivos— puede ser una opción práctica y de precio razonable, siempre que revisemos el peso neto y el origen.
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