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El presidente está utilizando el dominio estadounidense para desafiar tanto a aliados como a enemigos, pero Canadá e Irán están encontrando formas de contraatacar.
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Dos días antes de que las negociaciones comerciales entre Estados Unidos y Canadá fracasaran estrepitosamente, el vicepresidente estadounidense, JD Vance, declaró ante los asistentes a un evento de recaudación de fondos privado que el primer ministro canadiense, Mark Carney, era un "tipo muy amable".
En una grabación de audio que fue filtrada por la agencia Canadian Press, Vance supuestamente continuó diciendo que Carney "entra, saca pecho y dice: 'Voy a ser más duro que Donald Trump'".
Describió ese enfoque como "hilarante" porque, al final, los canadienses "terminan cediendo en muchos temas".
Quizás esos comentarios, que tuvieron gran repercusión en Canadá, no fueron la causa directa de que los diplomáticos de Carney hicieran las maletas y regresaran a casa durante el fin de semana. Pero sin duda no ayudaron.
Carney decidió poner fin a las negociaciones sobre un nuevo acuerdo comercial y con ello se inició otra ola de imposición de aranceles entre dos países vecinos que tienen un comercio bilateral anual de más de US$872.000 millones.
La grave y creciente tensión, junto con los comentarios de Vance, son el ejemplo más reciente de cómo el gobierno de Trump está dispuesto a ejercer la fuerza en el escenario global contra amigos y enemigos por igual, poniendo de nuevo en evidencia las consecuencias potencialmente disruptivas de tales acciones.
Es más, si Trump pensó que los canadienses cederían ante la presión estadounidense —como muchos aliados de EE.UU. han hecho en los últimos 19 meses—, puede que se haya equivocado. Y las consecuencias de ese error podrían perdurar durante el resto de su presidencia.
Si bien la última ruptura llama la atención, la fricción entre EE.UU. y Canadá se remonta al primer gobierno deTrump y a las negociaciones que dieron origen al T-MEC, el acuerdo que reemplazó al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA, por sus siglas en inglés) de la década de 1990.
Y para complicar aún más las cosas, también surgieron enfrentamientos personales entre Trump y el entonces primer ministro de Canadá, Justin Trudeau.
Mientras Trump se preparaba para regresar a la Casa Blanca a finales de 2024, empezó a hablar de Canadá como el "estado número 51" (de EE.UU.) y a referirse a Trudeau como su "gobernador".
Detrás de esos insultos subyacía una perspectiva geopolítica que posicionaba a EE.UU. principalmente como una potencia hemisférica con derecho a ejercer influencia política, militar y económica sobre la región, y eso, sin duda alguna, incluía a Canadá.
Los funcionarios del gobierno estadounidense consideraban que Canadá contribuía demasiado poco a la defensa regional, al tiempo que se beneficiaba desproporcionadamente del comercio con su vecino del sur.
En la visión del mundo de Trump, donde la seguridad económica y la seguridad nacional están intrínsecamente ligadas, Canadá y México, dos de los socios comerciales más importantes de EE.UU., se convirtieron en objetivos obvios desde el principio.
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