EE.UU no está para celebraciones; Trump sí
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Hasta no hace mucho, lo tópico era despachar las celebraciones conmemorando la creación de los Estados Unidos con referencias elogiosas, mezcladas con alguna crítica puntual, a la defensa de las libertades y la paz global practicada por ese gran país.
Luego llegó Trump, y no solamente cambiaron los EE.UU, sino que también cambió el mundo. Para peor, estimo.
Este 4 de julio, Estados Unidos celebra el 250 cumpleaños como nación. Como una gran nación, que condujo el predominio e influencia de Occidente y que significó muchos de los valores que los occidentales anhelamos y practicamos. Pero ya digo que jamás hubiésemos pensado, los 'fieles aliados', que la deriva iba a ser la que es, incluso escatimando, como último ejemplo, lo que debería ser una ayuda masiva a esa Venezuela que ha sido el último (fallido) experimento político de un presidente atípico, que, en mi opinión, jamás debería haberlo sido, como Donald Trump.
Estados Unidos, un país sometido al desprestigio por las acciones e inacciones de su omnipotente presidente, no está, diría yo, para muchas celebraciones: tiene que interrogarse muy a fondo de dónde viene y hacia dónde va. Trump, en cambio, tiene mucho que celebrar: cree tener al mundo en un puño y, por fijarse apenas en algún detalle, hay quien dice que, en su período presidencial, ha logrado casi duplicar la fortuna familiar.
Llegó a la presidencia condenado por un delito infamante, trató de dar un golpe de Estado para violentar el resultado de unas elecciones y ha puesto patas arriba todo un orden mundial, dando bazas a la entente China-Rusia-India (y los países BRIC) para que sustituyan la hegemonía occidental por la alianza de unas naciones 'emergentes' que entre todas agrupan a casi cinco mil millones de personas.
Trump es un fracasado: ni Groenlandia, ni el canal de Panamá, ni los gastos militares de la OTAN (importante 'cumbre' atlántica la semana que viene, por cierto), ni ha desterrado el bolivarianismo de Venezuela, ni ha atraído a Cuba a la libertad (sí a una aún mayor miseria), ni ha vencido a los ayatolás. Todo lo que nos dijo, mientras nos amenazaba groseramente con aranceles, ha sido un fiasco, o casi. Pero, repito, eso sí: se ha hecho más rico, cosa que no redunda precisamente en el haber moral de un presidente.
Y, sin embargo, forzoso es convivir con alguien que, reconozcámoslo, se asienta sobre setenta y siete millones de votos. Desconozco, porque no nos lo dicen, el estado de la cuestión ahora entre el Gobierno español y la Administración Trump, más allá de la visita de cortesía que el 'nuevo' y aún muy desconocido embajador norteamericano, Benjamín León junior, realizó recientemente a La Moncloa de Pedro Sánchez, tras haberse quejado públicamente de no ser recibido por el mandatario español.
Me dicen que la sintonía entre Exteriores y el Departamento de Estado no es demasiado buena, y ya vemos que, en cuanto se presenta la ocasión, Trump lanza un venablo público contra España, cuyo Gobierno mantiene una posición de creo que encomiable firmeza frente a los excesos del 'trumpismo', máxime en su alianza con el Israel de Netanyahu. Así las cosas, cuando el inquilino de la Casa Blanca no exige alianzas, sino vasallajes, ¿será posible una plena normalización en las relaciones entre dos países tan desiguales? Sospecho que mucho nos va en ello, independientemente de que el presidente español utilice los desplantes al presidente norteamericano como herramienta para afianzar su imagen electoral (la de Sánchez, digo, claro).
El mundo, en este 4 de julio de aniversario, está más convulsionado casi desde que yo pueda recordarlo. Con varios frentes bélicos en vigor y con quien ha abierto alguno de ellos candidatándose, paradojas de los tiempos, como premio Nobel de la Paz. No, no estamos para celebraciones, pero personalmente sí quiero, desde mi rincón humilde, felicitar a los Estados Unidos por este aniversario. Ojalá fuese el último liderado por el gran insensato.
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