La semana pasada se celebró el centenario del nacimiento de Fidel Castro, una efeméride que deja unas lecciones muy claras sobre la figura del tirano más cruel de Hispanoamérica, sobre sus ideas y sobre sus actos. Castro nació en agosto de 1926 y se erigió con menos de 30 años en el líder que derrocaría a Fulgencio Batista, que había trocado su papel como presidente de la República de Cuba por el de dictador cuando dio el golpe de Estado de 1952. La revolución demostró, sin embargo, ser peor que aquello a lo que aspiraba combatir.
La historia de Fidel Castro goza de un barniz luminoso y recibe una incomprensible benevolencia en determinados sectores políticos, culturales y sociales de la izquierda que contrasta con una realidad cada día más incontestable. Tal y como suele ocurrir en los procesos revolucionarios, el Movimiento 26 de Julio —la organización militar que fundó Castro para luchar contra Batista en 1955— fagocitó las voces discrepantes. Una vez alcanzado el poder, el Partido Comunista de Cuba emergía como la institución que ha sometido la isla hasta hoy.
Ha habido dos constantes en el régimen cubano desde el fatídico día del 16 de febrero de 1959, cuando Castro tomó el poder. Son, por un lado, el aumento progresivo de la miseria y, por otro, la represión contra cualquiera que alce la voz o sea sospechoso de la más mínima disidencia. Dos hechos, además, inherentes a los regímenes comunistas. La ausencia de libertad económica sume en crisis perpetuas al país que parasita el Partido y la implantación de los métodos de control político concluyen en torturas y muerte.
El resultado es la decadencia absoluta de la que fuera una de las regiones más apreciadas de Hispanoamérica y que podría tener la capacidad de convertirse en un país próspero, que de hecho lo era en 1959. La solución para tapar sus vergüenzas también es la habitual en los totalitarismos, la propaganda. Cuando el enemigo no es el capitalismo, lo es EEUU, o alguna confabulación de agentes externos. Siempre son otros los culpables del fracaso de ese artefacto político llamado comunismo, pero nunca quienes tienen las riendas del poder en las manos, que son los mismos que firman las sentencias de muerte.
Otro aspecto que no debe rehuirse es el exilio. Hasta enero de 2026, según los datos de Acnur, la cifra de cubanos en otros países de América es de 1,6 millones. Esta cifra es aún mayor si se tiene en cuenta el número total de la diáspora, que podría superar los dos millones, en torno a un 15% de la población total de cubanos. El último ejemplo fue el artista y opositor Luis Manuel Otero Alcántara, que ha pasado cinco años en distintas cárceles por participar en una manifestación pacífica contra el régimen, y que en estos momentos se halla en el exilio en Miami. Fue también uno de los protagonistas del videoclip Patria y vida, una canción protesta cuyo título es una de las consignas más emblemáticas de los disidentes.
Para quienes los datos son algo distinto del relato, la tiranía de los Castro es sinónimo de muerte y crimen. Por eso, acertó el Gobierno de EEUU al imputar a Raúl Castro por asesinato, ya que era él el ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias cuando el Ejército derribó a unos aviones civiles que trataban de ayudar a los balseros en 1996.
Hoy, la degradación es tal que no pueden resistirse a negociar con un EEUU que persigue propiciar un cambio político. Los próximos aspirantes a dictador o a plantear una transición pacífica son herederos directos del castrismo. Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto favorito y persona de confianza de Raúl Castro, que ya se ha puesto en contacto con el Gobierno de EEUU a través de una carta secreta a Donald Trump; Óscar Pérez-Oliva Fraga, sobrino nieto de Fidel y Raúl Castro, viceprimer ministro y titular de la cartera de Comercio Exterior e Inversión Extranjera; y Lázaro Alberto Álvarez Casas, ministro del Interior desde 2020. La única certeza que tenemos es que ninguno de ellos desea viajar a EEUU en la misma aerolínea que Nicolás Maduro, pero de ninguno se puede esperar nada.
Los hechos son los que son: el 94% de la población vive en la pobreza extrema; ocho de cada 10 cubanos han dejado de tomar una de las tres comidas diarias por falta de dinero o a causa de la escasez de alimentos; proliferan los apagones; los edificios difícilmente se sostienen sobre sus cimientos; y los economatos no tienen en sus estantes nada que llevarse a la boca.
La herencia que ha dejado Fidel Castro está dibujada. Sus lecciones son las mismas que pueden extraerse al repasar la historia de todos aquellos países que han ensayado las fórmula de Marx y sus secuaces: la Unión Soviética, Corea del Norte, Venezuela, China, Camboya... Patria o muerte era el lema de la revolución, y muerte es lo único que ha sembrado el castrismo. Los cubanos merecen democracia; los cubanos merecen prosperidad. Y al pensar en los 100 años del nacimiento del sátrapa deberíamos recordar a las miles de víctimas que han sufrido por su culpa.