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Nevaco Global
17 de mayo de 2026

La mentira del estrecho de Ormuz para vaciarte el bolsillo

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No hace falta que falte el petróleo para vaciarle el bolsillo al consumidor. Basta con que se instale la idea de que podría faltar. Con esto es con lo que se juega a gran escala. En los mercados energéticos, el miedo también cotiza. Una cosa es el riesgo real de suministro y otra, muy distinta, el uso comercial, político y mediático de ese riesgo.

Es innegable que el estrecho de Ormuz es importante. Por él transitaron en 2025 alrededor de 20 millones de barriles de crudo al día, casi el 25 % del comercio marítimo mundial de petróleo, según la Agencia Internacional de la Energía. Además, las alternativas para desviar ese flujo son limitadas, de modo que cualquier interrupción seria debe tener consecuencias globales.

Y ahí termina el dato y empieza el relato. En cuanto aparecen las palabras "guerra", "bloqueo" o "escasez", muchos actores del mercado encuentran margen para provocar subidas rápidas, preventivas y generalizadas. No siempre se está pagando por un barril más caro; a veces se está pagando por el miedo a que mañana lo sea. Y alguien se forra a manos llenas por el camino.

Para demostrarlo, analicemos el caso del aceite de girasol en 2022. Tras la invasión rusa de Ucrania, Reuters señaló que las carencias se debían en parte al acaparamiento y que el aceite de girasol ucraniano representaba alrededor del 40 % de las importaciones españolas. El precio del aceite de girasol subió un 64 % en una semana y las ventas de aceites comestibles se dispararon, impulsadas por el temor a quedarse sin suministro. Durante los meses siguientes, llegamos a ver el aceite de girasol hasta un 30 % más caro que el de oliva.

Sin embargo, la guerra de Ucrania sigue actualmente, pero podemos comprar aceite de girasol casi al mismo precio que cuando la mayoría de los españoles no sabían dónde estaba Ucrania. ¿Y ese 40 %? ¡Ah, que ahora el aceite viene de Hispanoamérica! ¡Venga ya! Y los cientos de millones de euros que pagamos de más entre todos, ¿a qué bolsillo fueron?

La pregunta, por tanto, no es solo qué pasa en Ormuz. La pregunta es quién decide cuánto de Ormuz termina apareciendo en el ticket de la compra, en el depósito del coche o en la factura de la luz. No hace falta demostrar una conspiración perfecta para detectar un problema estructural: cuando un oligopolio tiene suficiente capacidad de arrastre, una alarma real puede convertirse en una subida generalizada. Y una máquina de expolio ciudadana. Otra más.

Basta que tengamos un mercado sensible, una crisis verosímil, consumidores asustados y empresas capaces de trasladar costes —o expectativas de costes— antes de que nadie pueda comprobar su verdadera magnitud. Y grandes medios globales al servicio de ciertas corporaciones.

El truco no consiste en inventarse una crisis. Consiste en aprovechar una crisis real para convencer al ciudadano de que cualquier subida era inevitable. Ormuz puede representar un riesgo geopolítico real. La mentira empieza cuando ese riesgo se convierte en coartada universal para vaciar bolsillos.

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