Una semana después de su anuncio, el acuerdo entre Trump y Putin para devolver el diésel ruso al mercado internacional no ha conseguido el efecto buscado por Washington. Moscú ha recuperado parte del acceso perdido a compradores y sistemas de pago, pero el precio en los surtidores estadounidenses apenas se ha movido: tan solo ha caído un 0,3%, y continúa rozando máximos.
La decisión llegó en un momento especialmente delicado para la economía estadounidense. El precio del diésel alcanzó en septiembre su máximo histórico desde que existen registros, al alcanzar los 6,529 dólares por galón, presionado por el encarecimiento del petróleo y la escasez de producto refinado.
A falta de poco más de dos semanas para sus elecciones de mitad de mandato, las midterms, y en medio de una importante crisis de popularidad, Trump intervino así para tratar de contener el alza de un combustible que resulta esencial para el transporte de mercancías, la agricultura y una parte de la calefacción doméstica, y cuya subida termina trasladándose al conjunto de la economía a través de mayores costes.
De hecho, unos días antes del acuerdo, la Casa Blanca ya había reconocido la dimensión del problema a través de una orden ejecutiva aprobada el 5 de octubre que permitía usar temporalmente en carretera combustibles reservados para usos agrícolas y aplazaba algunos impuestos.
En este contexto surgió el acuerdo Washington-Moscú el pasado día 9. Tras una llamada telefónica entre ambos líderes, Rusia se comprometía a colocar 300.000 toneladas de diésel en octubre, otras 500.000 en noviembre y al menos otro millón más adelante, y Estados Unidos levantaba sus sanciones a la venta de diésel del país soviético hasta abril de 2027.
El anuncio consiguió inicialmente en los mercados el efecto buscado. Los contratos de futuros del diésel estadounidense cayeron alrededor de un 4,6% y se redujeron los elevados márgenes que estaban obteniendo las refinerías. Sin embargo, la caída no se consolidó: los precios mayoristas recuperaron terreno durante las siguientes sesiones y el descenso en las gasolineras norteamericanas fue limitado. El día en que se conoció el pacto, el precio se situaba en 6,199 dólares; una semana después ha caído dos centavos, hasta los 6,179.
La escasa respuesta se explica por el tamaño del acuerdo. Las 300.000 toneladas previstas para octubre equivalen aproximadamente a 75.000 barriles diarios y las 500.000 de noviembre, a unos 125.000. Frente a ellas, el déficit mundial supera el millón de barriles diarios, según el Centro de Estudios Orientales.
En la misma línea, el centro estadounidense de análisis Carnegie añade que el mercado global consume unos 120 millones de toneladas al mes, por lo que el primer envío ruso apenas representa un 0,25% de la demanda.
Pero, además, no todo el diésel anunciado constituye oferta verdaderamente nueva, ya que Rusia mantenía sus exportaciones después de perder el mercado occidental, aunque en otros destinos. Así es que, lejos de incrementar de forma significativa el producto en venta a nivel mundial, lo que ha logrado el Kremlin es simplificar y abaratar sus procesos de venta. Al librarse de las sanciones, podrá reducir los descuentos que concedía a algunos compradores y facilitar una logística que se había vuelto más larga y costosa desde la ruptura con Europa y EEUU.
El valor bruto de los cerca de cinco millones de toneladas que podrían venderse durante la vigencia del acuerdo ronda los 7.000 millones de dólares, según Carnegie, que advierte no obstante de que atribuir toda esa cantidad al pacto supondría contabilizar como nuevos unos ingresos que Rusia habría obtenido parcialmente de otro modo.
Frente a este dato, Sergey Vakulenko, investigador sénior del centro, le pone cifras a la ganancia rusa: la mejora real puede situarse entre 30 y 40 dólares por tonelada, lo que elevaría el beneficio adicional de las petroleras rusas a entre 150 y 200 millones de dólares durante los seis meses de vigencia de la licencia, de lo que el Estado se beneficiará parcialmente a través de los impuestos.
Tampoco políticamente el acuerdo parece ser rentable para Trump. Además de las críticas de Europa, doce senadores tanto demócratas como republicanos le han remitido una carta al mandatario para afearle un pacto que ofrecerá "poco o ningún alivio a los estadounidenses" por su "insignificante" efecto sobre los precios, mientras permitirá al Kremlin conseguir nuevos ingresos para seguir financiando la guerra con Ucrania.
También ha fallado la otra pata del plan concebido por Trump para obtener diésel ruso: la tregua energética que trató de imponer a Ucrania ya ha saltado por los aires.
Y es que el cambio de estrategia del país europeo al dirigir buena parte de sus ataques a las refinerías rusas se ha saldado con una importante caída en las exportaciones de combustible. En concreto, las ventas de su diésel cayeron desde unos 820.000 barriles diarios en 2025 hasta alrededor de 200.000, según las estimaciones más optimistas. Por tanto, restaurar aquellos niveles exigiría recuperar capacidad de producción o detener los ataques.
En este punto, la Agencia Internacional de la Energía coincide con el resto de los analistas en que el acuerdo tendrá un alcance limitado, precisamente porque la principal barrera para aumentar las exportaciones no son ya las sanciones, sino los daños sufridos por las refinerías rusas. De ahí que, en su último informe, el organismo considera "improbable" que el acuerdo entre Putin y Trump "altere materialmente el equilibrio mundial".