China ha recuperado el primer puesto mundial en supercomputación que perdió en 2018 con LineShine, un sistema instalado en el Centro Nacional de Supercomputación de Shenzhen que ha desplazado a El Capitan, el superordenador estadounidense situado en Livermore, California, de la cima de la clasificación TOP500. El salto es relevante no solo por la potencia alcanzada, sino por la forma en que China lo ha conseguido. LineShine no basa su potencia en las GPU o Unidades de procesamiento gráfico, el componente que se ha convertido en la pieza central de la computación de alto rendimiento moderna y también de buena parte de la carrera actual por la inteligencia artificial.
Según los datos de rendimiento publicados en la clasificación TOP500, LineShine alcanza 2,198 exaflops, lo que equivale a más de dos trillones de operaciones por segundo. Esa cifra lo sitúa más de un 20% por encima de El Capitan, que ocupaba el primer puesto desde 2024. El avance, sin embargo, tiene un coste energético elevado. El sistema chino consume unos 42,2 megavatios, bastante más que los 29,7 megavatios del superordenador estadounidense, por lo que su superioridad en potencia bruta no va acompañada de una mayor eficiencia.
LineShine no utiliza GPU como aceleradores de cálculo, a diferencia de muchos superordenadores actuales. Su diseño se basa en una enorme cantidad de CPU conectadas por una red propia de alta velocidad y baja latencia llamada LingQi. En concreto, utiliza alrededor de 45.000 procesadores LX2, cada uno con 304 núcleos y una frecuencia de 1,55 GHz. El sistema funciona sobre Kylin OS, un sistema operativo basado en Linux muy utilizado en entornos científicos y gubernamentales chinos, y se apoya en la plataforma LingKun.
Sobre el papel, esto supone un diseño menos convencional para competir en la parte alta del TOP500, donde los aceleradores gráficos se han impuesto por su capacidad para ejecutar grandes volúmenes de operaciones en paralelo con una eficiencia muy alta.
China ha recurrido a esa vía por necesidad tecnológica y política industrial. Las restricciones comerciales de Estados Unidos han limitado durante años el acceso de empresas e instituciones chinas a chips avanzados, aceleradores para inteligencia artificial, plataformas de computación de alto rendimiento, software especializado y determinados componentes necesarios para construir sistemas punteros. Las medidas comenzaron durante el primer mandato de Donald Trump, continuaron durante la presidencia de Joe Biden y se han endurecido de nuevo con la actual Administración Trump mediante aranceles y controles adicionales sobre GPU y chips avanzados.
El resultado es que China no ha podido depender de Nvidia y otros proveedores estadounidenses para construir sus grandes sistemas de cálculo. Las GPU más potentes están sometidas a controles de exportación porque pueden usarse para entrenar modelos avanzados de inteligencia artificial y para construir sistemas de supercomputación con posibles usos militares, de vigilancia y de desarrollo tecnológico estratégico. Sin acceso pleno a ellas, Pekín ha tenido que buscar una ruta alternativa basada en procesadores más generalistas, fabricados y ensamblados dentro de su propio ecosistema tecnológico.
Que LineShine no use GPU no significa que estas hayan dejado de ser importantes. Al contrario, su ausencia explica hasta qué punto las restricciones estadounidenses han condicionado el diseño del sistema. Las GPU siguen siendo más adecuadas para muchas tareas de inteligencia artificial y computación paralela, pero China ha demostrado que todavía puede competir en potencia bruta si compensa esa carencia con una arquitectura de decenas de miles de CPU, una red interna muy rápida y un ecosistema de software propio.