PARÍS.- Un “ola azul” para el diario francés Libération, un “tsunami” para el inglés Daily Mail: la debacle republicana en las elecciones de mitad de mandato hizo temblar todas las capitales del planeta. Alivio cauteloso entre los aliados golpeados, júbilo en Teherán y un silencio incómodo entre los amigos de Donald Trump que insisten (¿con razón?) en que el rey está desnudo, pero no destronado.
Tras la jornada del 3 de noviembre, Estados Unidos despertó con un Congreso teñido de azul. Los demócratas han recuperado la Cámara de Representantes y el Senado, arrebatando de paso bastiones republicanos que se consideraban inexpugnables. En Texas, el gobernador Greg Abbott fue derrotado por la demócrata Gina Hinojosa; en Michigan, Abdul El-Sayed, crítico de la ayuda militar a Israel, se hizo con un escaño en el Senado. Por su parte, Donald Trump aceptó el veredicto, aunque se niega a asumir su responsabilidad: “Yo no estaba en la boleta, ¡si hubiera estado, habríamos ganado por goleada!”, escribió en Truth Social, antes de asegurar al New York Times que está “absolutamente dispuesto a aceptar estos resultados”.
Pero sus amigos tienen razón: el presidente no fue destronado. Le quedan dos años de mandato, su derecho de veto y el control de la política exterior. Pero el rey está desnudo. Y en las cancillerías, todo el mundo está sacando la calculadora.
En Europa se respira, pero nadie baja la guardia. Y fue en Madrid donde el alivio se sintió con más fuerza.
“Contra el odio. Contra el machismo. Contra la negación climática y contra los privilegios de las élites”, se entusiasmó el primer ministro Pedro Sánchez, quien ve en esto un presagio para sus propias elecciones legislativas del 29 de noviembre. La ola de extrema derecha “ya ha pasado en Brasil. Ya ha pasado en Estados Unidos. Y pronto pasará en España… Ya no crece: se está desmoronando”, aseguró.
En Noruega, el primer ministro social-demócrata, Jonas Gahr Støre, celebró “una potente señal política” de cambio de rumbo, mientras que su ministro de Relaciones Exteriores, Espen Barth Eide, afirmó que los estadounidenses “están hartos del MAGA”.
En otros lugares, la actitud es de silencio contemplativo. En Londres, el primer ministro, Andy Burnham, prefirió hablar del poder adquisitivo, que no podrá mejorar “mientras no se resuelva el conflicto en Medio Oriente”, dijo. En Berlín, el ministro de Defensa Boris Pistorius felicitó a los demócratas por una “victoria histórica”, mientras que el entorno del canciller, Friedrich Merz, instó a Trump a “actuar con más sensatez”. En París, el ministro de Economía Roland Lescure calificó el triunfo demócrata de “innegable”, esperando algún gesto respecto al precio del combustible.
En Bruselas, la vicepresidenta del Parlamento Europeo, Christel Schaldemose, vio los resultados como una oportunidad para Ucrania y la transición ecológica, aunque sin ilusiones: Europa debe “mantenerse sobre sus propios pies”, declaró. La jefa de la diplomacia austriaca, Beate Meinl-Reisinger, resumió el sentimiento general: la seguridad de Europa “no debe depender de cómo voten los habitantes de Kansas o Iowa”. Incluso en Praga, el primer ministro populista, Andrej Babiš, a pesar de su cercanía con Trump, se mostró sorprendido: “Hasta el bastión republicano de Texas ha caído”, lamentó, antes de exhortar al presidente estadounidense a poner fin a la guerra en Ucrania.
“Los votantes tienen la costumbre de equilibrar el poder”, afirmó el politólogo y eurodiputado finlandés Mika Aaltola en X, “y ahora el presidente tiene las manos más atadas tanto en política nacional como exterior. Europa es mucho más fuerte” gracias a la “ola azul”, concluyó.
Kiev, por su parte, guardó silencio. Pero para Volodimir Zelensky, un Congreso demócrata es un seguro de vida: podrá proteger la ayuda a Ucrania frente a las tentaciones de la Casa Blanca de llegar a un compromiso con Moscú.
En Groenlandia tampoco hubo comentarios oficiales. Sin embargo, para el gobierno de Jens-Frederik Nielsen, que vivió en enero la amenaza de una anexión norteamericana, esto supone un respiro: un Congreso hostil hace que cualquier aventura ártica de Washington sea más improbable que nunca.
Incluso las derechas radicales están tomando distancia: “Hay que respetar el veredicto de las urnas”, admitió el presidente de la Reunión Nacional (RN), Jordan Bardella, quien atribuyó la derrota a la guerra contra Irán, mientras que la alemana Alice Weidel, de Alternativa para Alemania (AfD), habló de una “promesa incumplida” de no intervencionismo “que se ha vuelto contra los republicanos”.
El Kremlin muestra una falsa serenidad de fachada. El portavoz de la presidencia, Dmitri Peskov, espera que Donald Trump “continúe con sus esfuerzos de paz”, independientemente de los resultados de ayer. Por su parte, el viceministro de Relaciones Exteriores, Serguei Riabkov, advirtió que la postura de los demócratas hacia Rusia es “extremadamente negativa” y que nada cambiará en la política de Moscú respecto a Ucrania. La Rossiiskaïa Gazeta, el órgano oficial, predice que la indignación de Trump acabará recayendo sobre Europa. Para Vladímir Putin, los resultados de las elecciones son sin duda una muy mala noticia: su interlocutor predilecto en Washington tendrá que lidiar, de ahora en adelante, con un Congreso que bloqueará las eventuales sanciones a Kiev, cerrando así la ventana de oportunidad para un acuerdo hecho a su medida.
En Medio Oriente, la votación se interpretó como un referéndum sobre la guerra con Irán. “Los estadounidenses han dicho NO A LA GUERRA, y nosotros respaldamos ese mensaje”, publicó en X el presidente del Parlamento iraní y negociador jefe, Mohammad Bagher Ghalibaf, antes de advertir a Washington que, si ignora a su pueblo, aprenderá que “nuestro NO viene acompañado de una pesadilla”. Por su parte, el líder supremo Mojtaba Khamenei advirtió a quienes esperan un cambio de actitud por parte de Estados Unidos que se equivocan “gravemente”.
En Israel, el golpe fue tremendo. “Ha caído el último bastión proisraelí”, titula el diario Israel Hayom. El revés es aún más duro dado que Donald Trump había anunciado, el mismo día de la votación, el fin de la ayuda militar de 4000 millones de dólares anuales para diciembre, arremetiendo contra el candidato Abdul El-Sayed, convertido ayer en Michigan en el primer senador musulmán de Estados Unidos.