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Nevaco Global
17 de mayo de 2026

El peligro de una sociedad cansada

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La historia está cargada de hechos aparentemente insignificantes que provocaron un definitivo cambio en el ecosistema político. El caso más reciente y cercano sucedió en Chile en 2019, cuando el gobierno de Sebastián Piñera decidió un aumento poco importante en el precio del transporte público. La crisis política y social que descerrajó esa resolución, llamada por los chilenos “el tarifazo”, terminó con la alternancia en el poder de la Concertación, una alianza que había gobernado la mayor parte del tiempo desde el final de la dictadura de Pinochet, y la centroderecha de Piñera. Una sociedad cansada de sacrificios prefirió desde entonces optar por un outsider de izquierda, como Grabriel Boric, o uno de derecha, como el actual presidente José Antonio Kast. El antiguo establishment político no existe más en la nación vecina: la Concertación es solo la nostalgia de algo que fue y, para peor, la centroderecha moderada perdió a Piñera, que murió en un accidente. Ese antecedente viene a cuento porque la sociedad argentina está padeciendo también los rigores previsibles de cualquier plan de estabilización económica. La angustia social que origina un programa de reconversión económica ocurrió hasta durante el gobierno del socialista español Felipe González. González no solo sobrevivió a aquel cataclismo social, sino que se convirtió en una referencia política insoslayable de la política española en los últimos 40 años. Con él, España comenzó a ser el país moderno que es ahora. Aquí, la sociedad argentina está pagando el precio de dejar atrás el país frustrado, vencido, que entregó en 2023 el viejo sistema político liderado fundamentalmente por el peronismo, ya sea de derecha (el menemismo) o de izquierda (el kirchnerismo). Cuidado: están a la vista los flagrantes errores políticos o los actos de notable insensibilidad social o la insistencia con decisiones impolíticas del gobierno del outsider argentino Javier Milei, a quien una mayoría social prefirió elegir hace más de dos años ante la opción de repetir las viejas fórmulas partidarias que ya no sirven ni servían.

La trampa de las peleas internas dejó un gobierno con funcionarios desorientados

Pero la preocupación social por la marcha de la economía tiene un requisito para perdurar pacíficamente en el tiempo: que haya honestidad y austeridad en los que gobiernan. Al caso de Manuel Adorni se lo analizó ya del derecho y del revés. Las conclusiones son dos. Una: el jefe de Gabinete manejó una suma de dinero en la compra y refacciones de propiedades que no tenía ni en sus sueños cuando asumió con el gobierno de Milei. La otra (no menos importante): mintió públicamente cuando dijo que solo se había tomado cuatro días de vacaciones desde que se sumó a la función pública en 2023. No es cierto: hasta ahora, se comprobó que vacacionó en Punta del Este, en la caribeña isla de Aruba y en el hotel más exclusivo de Bariloche. Lo asedian dos inciertas causas judiciales. Una refiere a sus viajes a Punta del Este en avión privado y la otra a su patrimonio personal y a un supuesto enriquecimiento ilícito. El juez a cargo de la investigación más importante sobre Adorni es Ariel Lijo, que viene de ser propuesto por Milei como ministro de la Corte Suprema. Como Lijo chocó con el rechazo del Senado y no pudo convertirse en uno de los jueces supremos del país, nadie sabe si ahora está dispuesto a proteger al gobierno de Milei o a interpretar correctamente los hechos y las leyes. No pidamos más. Es lo que hay. Es cierto, como dicen algunos mileistas, que la supuesta corrupción de Adorni es solo una sombra de lo que sucedió durante el kirchnerismo. Debe aclararse, sin embargo, que no existe un barómetro para medir la honestidad y la ética de los funcionarios. Cuando se ocupa cualquier cargo en el Gobierno, simplemente se es honesto o se es deshonesto, aunque la cantidad robada sea de un tamaño diferente. Al final del día, el problema de Adorni no es ya de Milei, sino del propio jefe de Gabinete. Dicho con otras palabras: debería ser Adorni quien dé un paso al costado, a la espera de una decisión judicial, para aligerar en estos días la carga política que él significa para el Presidente. Existe también otro problema político (o dos). No hay figuras como Adorni dispuestas a hacer de jefe de Gabinete, aunque ese cargo lo desempeñe en la realidad de los hechos la hermana presidencial, Karina Milei. La trampa de las peleas internas dejó un gobierno con funcionarios desorientados. “Antes sabíamos con quién hablar qué temas, pero ahora ya no sabemos qué puerta tocar”, confiesa un funcionario con despacho en la Casa de Gobierno. Esa ausencia de alternativas para Adorni explica, en parte al menos, la pertinaz decisión presidencial de continuar con su actual jefe de Gabinete. Tampoco hay políticos serios dispuestos a aceptar un cargo en el gobierno de Milei, porque ya son muchos los ejemplos de prestigiosos funcionarios que fueron echados sin consideración ni respeto. Los casos más conocidos son los de la excanciller Diana Mondino y el del destacado economista cordobés Osvaldo Giordano, quien fue despedido de la conducción de la Anses solo porque su esposa votó como diputada en un sentido que no le gustó a Milei. Podría agregarse el caso de la hija de Domingo Cavallo, Sonia, quien fue injustamente apartada como embajadora argentina ante la OEA solo porque su padre publicó en su blog personal ciertas críticas a aspectos de la política económica de Milei. En todos los casos, Milei se ufanó luego públicamente de haberlos echado del Gobierno. La injusticia y la humillación caminaron del brazo.

Es probable que el jujeño Manuel Quintar sea un empresario rico. Si solo fuera eso, estaría en condiciones de hacer lo que quiera con su dinero. Pero es también diputado nacional por el mileísmo, donde recaló luego de frecuentar al kirchnerismo. Un oportunista de la política. Veamos las cosas como son: la condición de representante de una sociedad con serios problemas económicos lo obliga a Quintar a una austeridad que despreció olímpicamente cuando hizo todos los esfuerzos necesarios para mostrar un moderno y exótico auto de la fábrica del multimillonario Elon Musk, valuado en unos 250.000 dólares. La ostentación superó a Quintar y comprometió a Milei cuando este salió en defensa del diputado jujeño, de la compra de ese auto y del exhibicionismo. El Presidente debería tomar nota de que en el último trimestre perdió entre 12 y 15 puntos de imagen positiva en la unanimidad de las encuestas. Sus números no son tan malos, pero tampoco son tan buenos. Según Poliarquía, el porcentaje de aceptación social de Milei es del 40 por ciento; la encuestadora D’Alessio-Berensztein colocó ese porcentaje en el 37 por ciento y otra encuestadora, Isonomía, lo ubicó en el 35 por ciento. En enero, el Presidente llegó a tener más del 50 por ciento de simpatía popular. ¿Fueron las privaciones económicas o los errores políticos autoinfligidos los culpables de esa caída? Si se mira bien la economía, ese declive tiene una explicación: el plan de estabilización económica está provocando en la transición una caída del salario y, por lo tanto, del poder de compra de la sociedad (“ingreso disponible”, como lo llaman los economistas); también cayó el empleo en blanco, aunque creció un poco el empleo informal, que es el peor empleo. No hay buenas noticias en la mayor parte del país. Orlando Ferreres y Fausto Spotorno llaman “actividad heterogénea” cuando se refieren al ritmo actual de la economía. Aluden al crecimiento de las actividades agropecuarias, petroleras, gasíferas y mineras, mientras la industria tradicional y el comercio están en franco derrumbe. Esa disparidad explica el conflicto con el empleo. La Argentina necesitaba reformular su vieja estructura económica porque, como señala Spotorno, la antigua fórmula se agotó y su diseño servía para que vivan bien solo siete millones de argentinos. El resto estaba condenado a ondular entre la pobreza, la indigencia o la asistencia cada vez peor de un Estado tan grande como vano. El desafío actual consiste en que un Estado mejor se haga cargo de reordenar el país, de promover un cambio demográfico y de ayudar al perfeccionamiento de los que nada tienen ni nada saben. En un excelente artículo de Luciano Román en LA NACIÓN, publicado el jueves pasado, se da cuenta de estas penurias de la reconversión económica, pero también de una suerte de desintegración nacional. Que provincias petroleras como Neuquén y Río Negro (Vaca Muerta las hizo ricas a las dos) hayan estipulado que las empresas públicas y privadas deben contratar a un 80 por ciento de nativos provinciales, para ponerle de ese modo un férreo límite a la inmigración interna argentina, es un síntoma significativo de que el interés nacional no es lo que prevalece en el país. Tales anomalías requieren de un gobierno federal decidido a actuar y a estimular la unidad nacional.

El peligro argentino es el de una sociedad cansada. Las sociedades exhaustas y decepcionadas suelen salir del lugar donde están por cualquier puerta. De hecho, en varias de aquellas encuestas que indagaron sobre las elecciones presidenciales del año próximo registraron que un eventual balotaje los tendría como protagonistas a Milei y a Axel Kicillof; Milei está ganando por ahora, pero por un módico margen de cuatro o cinco puntos. Debe consignarse que D’Alessio-Berenztein constataron que las cuatro figuras más populares del país son Guillermo Francos, Patricia Bullrich, Mauricio Macri y el propio Kicillof. Por ahora, Macri está relanzando su liderazgo en Pro y al propio Pro. “No tiene en este momento vocación de retornar a una candidatura presidencial”, dijeron a su lado. Regresemos entonces a Milei. Si la mayoría de los argentinos está cruzando el desierto del programa de estabilización económica, y de sus naturales consecuencias, la dirigencia política (el Gobierno, sobre todo) no debería agregarle más conflictos. El cansancio social también está relacionado con la corrupción de los funcionarios públicos, de la que se habla desde los años 90. Hace poco, el fiscal Franco Picardi hizo un trabajo de orfebre en la causa que investiga la corrupción del último gobierno kirchnerista con las SIRA, el sistema que creó para autorizar las importaciones al valor del dólar oficial. Debe aclararse que eso sucedió cuando la brecha entre el dólar oficial y el dólar blue era por momentos del 200 por ciento. Las ganancias por las autorizaciones incorrectas fueron monumentales. El juez Lijo delegó la investigación en el fiscal Picardi, quien comprobó que se pagaron comisiones (coimas, dicho con palabras sencillas) de entre un 10 y un 15 por ciento del valor de las supuestas importaciones que se autorizaban. Picardi acaba de pedir que se levante el secreto fiscal y bancario de una larga lista de exfuncionarios y de intermediarios que hacían presuntamente los negocios deshonestos. Los exfuncionarios investigados por semejantes maniobras corruptas son Sergio Massa, exministro de Economía; Guillermo Michel, extitular de la Aduana, y Matías Tombolini, exsecretario de Comercio en tiempos de Massa. Durante la campaña presidencial de 2023, Patricia Bullrich llamaba “Tongolini” a Tombolini.

El periodismo no es el culpable de lo que hizo Massa ni de lo que cometió Adorni ni de lo que dijo el mileísta Diego Spagnuolo, que denunció la corrupción supuesta en la agencia gubernamental que protege a los discapacitados, ni de los turbios manejos con la criptomoneda $Libra. Parece una aclaración absurda, pero el Presidente viene denunciando que los periodistas son los culpables de sus malos momentos o que sus buenos momentos (la caída de la inflación, por ejemplo) ocurren a pesar de los periodistas. A veces, los estigmatiza con nombres y apellidos. La prensa libre no es el problema del Presidente ni tampoco su mayor desafío. La clave de bóveda del instante que vive consiste en no agregarle conflictos políticos innecesarios a una sociedad cansada de crisis económicas, de funcionarios vertiginosamente enriquecidos, de insultos y de agravios y, encima, de la obscena ostentación de riqueza por parte de figuras oficialistas. El argentino común vivió demasiadas veces todo eso durante las últimas cuatro décadas. La fatiga social no es nueva, pero no por eso es menos peligrosa.

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