Las movilizaciones, bloqueos y procesos de autoorganización que emergen en Bolivia expresan una creciente tendencia de trabajadores, campesinos y sectores populares a actuar de manera independiente de las direcciones burocráticas tradicionales. Este artículo analiza cómo la construcción de coordinadoras, comités de huelga y organismos de doble poder puede transformar la lucha defensiva en una alternativa política propia, planteando la perspectiva de un gobierno provisional de los trabajadores y el pueblo basado en la democracia directa y la organización desde abajo.
Pity Ezra
Militante de la LOR-CI
…no hay ninguna clase histórica que pase de la situación de subordinada a la de dominadora súbitamente, de la noche a la mañana, aunque esta noche sea la de la revolución. Es necesario que ya en la víspera ocupe una situación de extraordinaria independencia con respecto a la clase oficialmente dominante; más aún, es preciso que en ella se concentren las esperanzas de las clases y de las capas intermedias. Trotsky, León, Historia de la Revolución rusa, Tomo I
Si la huelga general tiene como perspectiva la caída del gobierno de Rodrigo Paz, es necesario plantear una serie de elementos tácticos y estratégicos que permitan convertirla en una medida realmente efectiva.
Un primer aspecto a considerar en el actual contexto boliviano es que, al calor de las luchas, han surgido en distintos puntos del país -particularmente en el departamento de La Paz, como es el caso Senkata y Puente Vela en el distrito 8 en la ciudad de El Alto- diversas expresiones de movilización y resistencia: marchas, bloqueos de carreteras y enfrentamientos con las fuerzas policiales y militares. Estos procesos tienen una característica fundamental: se apoyan en la autoorganización y la autoconvocatoria de las bases, siendo las decisiones democráticas de quienes participan las que impulsan la continuidad y profundización de la lucha.
Esta dinámica ha generado, además, un proceso de cuestionamiento creciente hacia el papel de las dirigencias burocráticas que, en reiteradas ocasiones, han actuado como freno o han terminado traicionando las luchas impulsadas desde las bases. Al surgir de manera democrática y apoyarse en la participación directa de trabajadores, campesinos y sectores populares, estas instancias de autoorganización comienzan a perfilarse como un poder alternativo frente a las direcciones tradicionales de organizaciones como la Central Obrera Boliviana (COB) o los múltiples paralelos de la Federación de Juntas Vecinales o de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB).
En la medida en que asumen tareas de coordinación, deliberación y dirección de las movilizaciones y los bloqueos, estas formas de autoorganización empiezan a disputar en los hechos la conducción política de la lucha. Esto ha frenado a las direcciones burocráticas para que puedan negociar o desactivar unilateralmente los procesos de movilización en beneficio del gobierno de Paz. Al mismo tiempo, expresa una nueva correlación de fuerzas que surge desde abajo y que abre la posibilidad de recuperar democráticamente las organizaciones de trabajadores, campesinos y sectores populares para ponerlas al servicio de sus propias demandas y necesidades.
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Sin embargo, para avanzar hacia una huelga general efectiva, estas formas de autoorganización deben dar un salto cualitativo: es necesario impulsar una coordinadora que articule y centralice la unidad de todas luchas en curso. Actualmente, muchas de estas experiencias permanecen dispersas y carecen de una dirección común. La coordinación permitiría unificar fuerzas y actuar como un solo bloque, dotando al movimiento de una mayor capacidad de presión y acción.
Asimismo, no basta con limitarse a los bloqueos, las marchas o incluso las huelgas de hambre. La perspectiva de una huelga general requiere avanzar hacia la paralización de la producción en los centros de trabajo: fábricas, minas y otros sectores estratégicos de la economía. Se trata de afectar directamente los mecanismos que sostienen la acumulación de capital de la burguesía, los agroindustriales y el capital extranjero.
Este paso, sin embargo, debe estar acompañado por la creación y fortalecimiento de comités de huelga capaces de garantizar la continuidad, coordinación y ampliación del proceso de lucha. La experiencia histórica del movimiento obrero internacional -desde los soviets de la Revolución Rusa de 1905 y 1917 hasta diversas formas de organización territorial y sindical surgidas en grandes procesos huelguísticos- demuestra que una huelga general no puede reducirse a la paralización pasiva de actividades, sino que debe transformarse en una herramienta activa de organización y centralidad de la clase trabajadora, campesinos y los sectores populares.
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Sin organismos que aseguren el abastecimiento de alimentos, el transporte de medicamentos y productos esenciales, la atención sanitaria, las comunicaciones y la coordinación entre los distintos sectores movilizados, existe el riesgo de que la población perciba negativamente las medidas de presión y de que los propios trabajadores, trabajadoras, sectores populares y comunidades movilizadas sufran un desgaste progresivo. Por ello, resulta indispensable impulsar comités de alimentación, salud, transporte, comunicación, abastecimiento y autoorganización comunitaria, integrados por trabajadores, campesinos, vecinos, estudiantes, profesionales solidarios y todos aquellos sectores dispuestos a sostener la lucha.
Estos organismos no deben limitarse únicamente a garantizar la resistencia frente a las medidas del gobierno, sino también comenzar a ofrecer respuestas concretas a las necesidades más urgentes de las masas populares. En la medida en que sean capaces de coordinar la distribución de bienes esenciales (alimentos, medicamentos, mercancías), organizar servicios comunitarios (atención médica, ollas comunes), resolver problemas colectivos y articular la acción común de obreros, mineros, campesinos y sectores urbanos, pueden convertirse en espacios de deliberación democrática y de centralización de las fuerzas en lucha.
La tarea estratégica consiste, por tanto, en transformar cada punto de resistencia y movilización en un centro de organización popular, fortaleciendo la unidad entre trabajadores, campesinos, mineros, sectores urbanos y todos los explotados y oprimidos. De este modo, la huelga general dejaría de ser una medida defensiva y episódica para convertirse en un proceso capaz de modificar progresivamente la correlación de fuerzas, desarrollar formas de autoorganización de masas y sentar las bases de una situación de doble poder frente a las instituciones del Estado y las clases dominantes.