Una derrota a plastante y yo, ahora que nadie nos ve, puedo decir que me alegro. Donald Trump ha logrado el cambio de régimen en Kansas, donde los demócratas no gobernaban desde hace 93 años, antes que en Irán, donde continúan los ayatolás a pesar de sus bombardeos. El voto en las elecciones americanas de mitad de mandato ha sido en realidad un referéndum sobre el presidente, que se consuela diciendo que si su nombre hubiera ido en las papeletas habrían ganado por goleada. Y probablemente se lo cree. El voto ha sido un rechazo en toda regla a su errática política de aranceles y a su errada guerra contra Irán, que ha disparado los precios de la gasolina (43%) y del gasóleo (68%), con un resultado negativo para el bolsillo de cada hogar calculado en dos mil dólares. Son cosas que no se perdonan.
Los demócratas han ganado la Cámara de Representantes y también el Senado, que lo tenían más difícil, y eso convierte a Trump en lo que allí llaman un pato cojo. También le convierte en un presidente impotente en política nacional y muy irritado y peligroso porque no debe de ser capaz de comprender que una cosa así pueda haberle ocurrido a él. Afortunadamente no ha rechazado el resultado, como hizo en el 2020 y se temía que volviera a hacer ahora. El control de ambas cámaras abre la puerta a juicios políticos contra él y los negocios de su familia, que según The New York Times se ha enriquecido en cuatro mil millones de dólares durante su presidencia. También Hegseth, secretario de Defensa (¿o ahora es de Guerra?), está en la diana por la guerra de Irán y los ametrallamientos de supuestas narcolanchas en el golfo de México (¿o ahora es de América?).
Ahora sesudos comentaristas nos explicarán cómo los excesos del ICE han irritado a los hispanos que le apoyaron en el 2024 o cómo han votado los evangelistas blancos, los jóvenes, las mujeres y los afroamericanos, porque esas cosas allí las hacen muy bien, y también nos contarán las novedades que han dado estas elecciones: el primer senador musulmán y el primero abiertamente homosexual, la primera gobernadora afroamericana y la primera nativoamericana, el primer senador demócrata en Texas en 33 años...
Pero lo que importa de verdad es tratar de averiguar qué va a hacer Trump a partir de ahora, cuando parece que empieza el final de una década triste, que comenzó con su primera presidencia en el 2016 y que se ha caracterizado por la imprevisibilidad, la corrupción, la arbitrariedad, las mentiras, la incompetencia y la persecución de jueces, periodistas y adversarios políticos. Yo creo que nos esperan dos años feos de peleas entre el Ejecutivo y el legislativo, con el presidente gobernando con decretos ejecutivos y utilizando el veto, y los demócratas controlando el Comité de Asignaciones Presupuestarias y supervisando la bolsa, los gastos militares y la ayuda internacional, y esa será otra fuente de disputas porque, para complicar más las cosas, los demócratas están divididos entre centristas y progresistas.
Lo más probable es que, ante las dificultades que encontrará en política nacional, Trump se vuelque en la política exterior, que es prerrogativa presidencial y donde el Capitolio tiene menos competencias. Es lo que hicieron en una situación similar Clinton, que se dedicó con ahínco a buscar un acuerdo entre israelíes y palestinos, y Obama cuando hizo el acuerdo nuclear con Irán que luego Trump se cargó en cuanto pudo. Y ahí hay varias posibilidades una vez que ya ha conseguido lo que ansiaba en Groenlandia y ha lanzado esa entelequia del Consejo de Paz para la martirizada Gaza.
Podría dirigir sus esfuerzos a Congo (guerra, ébola) o Sudán (guerra, hambruna), pero son asuntos complicados donde es difícil apuntarse un éxito fácil y rápido. Por eso es más tentador ceder ante Rusia en Ucrania o ante China en Taiwán, o buscar alguna cumbre vistosa con Xi o Putin, o con el sátrapa coreano Kim. Pero lo más probable es un nuevo ataque a Irán con apoyo de Israel, para lo que ya calientan motores. Otra posibilidad sería una intervención en Cuba, aunque con precaución, porque podría provocar el caos y una indeseable ola de refugiados. Pero en ambos asuntos se toparía con resistencia popular y dificultades de financiación. Por eso a lo mejor olvida su obsesión con el Nobel de la Paz y se dedica a terminar su salón de baile, construir el arco de triunfo que desea o, simplemente, poner más dorados en la Casa Blanca. Al final sería lo más inocuo y todos lo agradeceríamos.
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