Es improbable que cuando los 56 congresistas estamparon su firma en la declaración de independencia de Estados Unidos, pensaran en la posibilidad de que 250 años después el presidente de la flamante república sería Donald Trump. De hecho, también era impensable para los que, hasta no hace tanto, sentían admiración por los valores de un coloso donde se atesoraba la defensa de la democracia y la libertad.
Con el segundo mandato de Trump, EE.UU. se ha convertido en un país antipático, que ha renunciado al papel de garante de la estabilidad global para fomentar los conflictos y el autoritarismo allí donde mete la pata. Es llamativo que no suelen ser operaciones instadas por una estrategia geopolítica o económica definida, sino improvisaciones que muchas veces acarrean catástrofes humanitarias y económicas incluso para los propios norteamericanos.
La guerra contra Irán es una muestra palmaria. Nada se ha conseguido de lo que había prometido, ha traicionado a todos sus aliados y ha tenido que implorar una vergonzosa capitulación ante el derrumbe de su maltrecha popularidad. Tampoco supo contener a Israel, cuando, aprovechando la masacre perpetrada por Hamas, pasó por las armas la franja de Gaza y ocupó el sur de Líbano. O en Ucrania, donde, tras la invasión rusa, se ha puesto de perfil negando la ayuda que necesitaba Europa ante la amenaza de Putin.
No es menor el apoyo a la ultraderecha sobre todo en el patio trasero latinoamericano y donde recientemente, en países como Colombia o Perú, se ha consolidado la autocracia que ya imperaban en Argentina o El Salvador. La lista de dislates se amplía con los recortes salvajes a la ayuda humanitaria, la campaña contra las vacunas que ha multiplicado las muertes por epidemias, la persecución inhumana de los inmigrantes o la imposición de aranceles a granel que ha colapsado la economía mundial. A veces da la impresión de que no son solo decisiones marcadas por la falta de tino porque la mayoría no benefician a EE.UU., sino una obsesión por imponer un criterio personal y imperial.
Aparte de una bochornosa megalomanía, el único vector invariable en las órdenes que emanan del despacho oval es el lucro del entorno presidencial, sea vía proyectos de resorts promocionados por la familia, indultos a los amiguetes o inversiones en criptomonedas acuñadas con su nombre. Las aguas putrefactas del lago artificial del Mall de Washington son una perfecta metáfora del 250.º aniversario de un país que corre el riesgo de perder sus valores fundacionales por culpa de la polarización política y el liderazgo autocrático. No es la mejor manera de celebrar el happy birthday.
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