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La industria de defensa surcoreana vive un buen momento exportador, aunque no por los drones, sino por buques, tanques, obuses y baterías antiaéreas, como las Chunma, fotografiadas en un ejercicio antidrones en 2022
Corea del Sur adiestrará a medio millón de sus soldados en el uso de drones ofensivos, según el ministerio de Defensa, que también anunció este viernes que distribuirá decenas de miles de unidades a lo largo de la línea desmilitarizada que divide Corea. En total, la industria de armamento nacional deberá tener a punto 60.000 drones antes de 2030, según el El ministro, Ahn Gyu Back. 11.000 de ellos, este mismo año.
A la luz de las guerras de Ucrania y del golfo Pérsico, Seúl ha entendido que el adiestramiento en el uso de drones (artillados, suicidas o espías) es tan imprescindible en la formación militar como en su día lo fue -y sigue siéndolo- el del fusil de asalto.
“Los drones no deben ser patrimonio de unidades específicas, sino que deben ser entendidos como un arma de combate universal, una segunda arma”, señaló Ahn. Este también anunció que estos drones “serán 100% de producción nacional”, sin componentes chinos.
La industria de Defensa surcoreana vive un buen momento, desde 2022, al hilo de los gigantescos pedidos del ejército de Polonia -que prima la rapidez de entrega por miedo a Rusia- y que suponen alrededor del 45% de sus exportaciones, principalmente tanques y obuses. El reciente desempeño de sus baterías antimisiles en Emiratos Árabes Unidos también ha suscitado interés por parte de otras fuerzas armadas.
Mientras tanto, la capacidad de los astilleros surcoreanos está llevando a EE.UU. a plantearse construir algunos de sus buques de guerra fuera de su territorio, por primera vez en su historia. A ello se une la aparente buena disposición del presidente Donald Trump para que Corea del Sur se dote de submarinos de propulsión nuclear.
Los drones, en cambio, han jugado hasta ahora un papel mucho más discreto en el arsenal y en las exportaciones surcoreanas, por detrás de las de Turquía, China, Israel o EE.UU.. Pero esto deberá cambiar en breve, por el fenomenal impulso que Corea del Sur está dando a los semiconductores y a la IA, que contribuyen de manera desmesurada al repunte de la economía nacional -y de la bolsa de Seúl- tras dos años de atonía.
El ministro Ahn, además, pretende estimular las sinergias entre la industria de armamento y la industria civil, facilitando que las innovaciones de esta última puedan ser sometidas a condiciones militares para su rápida homologación y adopción. También propone la compra inmediata de veinte mil drones de bajo coste, mientras se desarrollan nuevos sistemas de láser y microondas capaces de derribar drones similares que pudieran llegar de Corea del Norte.
Cabe decir que Samsung anunciará el lunes una partida inversora de 570.000 millones de euros en este campo de la IA y los semiconductores para los próximos años. Samsung y SK Hynix (IA) valen tanto como la suma de todas las demás empresas cotizadas en la bolsa de Seúl.
Paradójicamente, los jueces condenaron este mes al expresidente golpista Yoon Suk Yeol a treinta años adicionales de cárcel por ordenar una incursión con drones en Corea del Norte, hace dos diciembres. Su objetivo, según los magistrados, era que una eventual respuesta militar norcoreana le diera carta blanca para justificar su invocación de la ley marcial.
Dicha circunstancia aconsejó al actual presidente, Lee Jae Myung, el desmantelamiento de la estructura de mando de la unidad de drones. Su universalización como arma de combate es también una forma de descentralizar su control.
El rearme surcoreano dice ser una respuesta al rearme de la República Democrática Popular de Corea, al norte de la zona desmilitarizada. Pero responde también a otros motivos, como la exigencia del gobierno de EE.UU. (que cuenta con cerca de treinta mil soldados acantonados en la península coreana) de que la República de Corea eleve hasta el gasto en Defensa hasta el 3,5% de su PIB. Y de que las empresas surcoreanas (Samsung incluida) inviertan 350.000 millones de dólares en territorio estadounidense en los próximos años.
En el caso de Japón, los cambios también son acelerados. Además de afrontar exigencias muy parecidas por parte de Washington, Tokio observa con vértigo el ascenso de China, mientras estudia cómo responder al rearme de las dos Coreas. La una enemiga y la otra aliada, pero unidas ambas por el resentimiento, muy vivo en la calle, hacia las décadas de dominio colonial japonés. Bajo la batuta de la primera ministra militarista, Sanae Takaichi, Japón está respondiendo a esta suma de factores con la ruptura de las camisas de fuerza que llevaba puestas desde su derrota en la Segunda Guerra Mundial.
Este fin de semana, su ministro de Defensa, Shinjiro Koizumi -hijo del exprimer ministro Junichiro Koizumi, que rompió otro tabú al mandar en su día tropas a Irak- se reunirá con su homólogo surcoreano en Seúl. Ambos gobiernos celebrarán la colaboración militar -alentada por EE.UU., que sostiene el paraguas- aunque el enfoque del presidente Lee Jae Myung es mucho más cauteloso que el de su predecesor. Con razón, ya que el interés de Takaichi por cerrar heridas históricas es nulo.
El régimen anacrónico de Corea del Norte justifica que unos y otros se sumen a la carrera armamentista y, por el camino, acepten la instalación de sistemas de radares e intercepción, que tanto pueden mirar a Pyongyang como a Pekín. Tokio, mientras tanto, acaba de hacer trizas su política de no exportación de armas letales, después de ochenta años. El gobierno de Japón quiere volver a ser una potencia militar, pese a las resistencias que está destinada a encontrar, dentro y fuera. China observa, con memoria de elefante.
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