Voestalpine reporta alza de 59% en EBIT anual pese a aranceles de EE.UU.
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Una joven junto a un coche semienterrado en lodo tras lluvias torrenciales por efecto de El Niño en Kamuchiri, Kenia, en abril de 2024
Los organismos meteorológicos internacionales mantienen la alerta en el Pacífico Tropical ante la creciente preocupación de un episodio de “El Niño” este año. Según la Organización Meteorológica Mundial (OMM), hay una probabilidad del 80% de que este fenómeno esté activo entre junio y agosto, y llegaría a un posible punto álgido entre noviembre y febrero.
Las simulaciones de organismos internacionales apuntan a un fenómeno moderado con posibilidades de ser fuerte, y aún es pronto para hablar de un episodio extremo. El episodio anterior de este fenómeno, entre mayo de 2023 y marzo de 2024, fue uno de los cinco más intensos desde que se llevan registros y contribuyó a unas temperaturas sin precedentes que llevaron a olas de calor mortales, incendios forestales e inundaciones en todo el mundo.
Aunque suene como algo excepcional, esta fuerza climática nos ha acompañado desde hace milenios. Ha contribuido al derrumbe de imperios y a la desaparición de ciudades y ha transformado la vida de las personas desde mucho antes de que existiera siquiera un termómetro.
Su primer registro proviene de los pescadores de la costa norte de Perú. Cada año, alrededor de las fechas de Navidad, unas aguas inusualmente cálidas empujaban a los peces al fondo del océano; las redes salían casi vacías y las aves marinas morían por millares. Lo bautizaron El Niño por Jesús, debido a su proximidad con las fiestas.
El término apareció por primera vez en actas científicas en 1892, cuando el capitán de marina peruano Camilo Carrillo lo presentó en la Sociedad Geográfica de Lima, tal como documenta Michael Glantz en Currents of Change (Cambridge, 1998).
Lo más difícil de entender fue que aquel peculiar calentamiento en las costas del Pacífico era solo la punta visible de algo mucho más grande. En 1969, el meteorólogo Jacob Bjerknes identificó el mecanismo completo. Con una periodicidad de entre tres y siete años, la temperatura superficial del Pacífico ecuatorial sube varios grados por encima de lo normal, alterando los vientos y desplazando las lluvias a miles de kilómetros de distancia.
La oscilación recibió el nombre de ENSO –El Niño-Southern Oscillation, Oscilación del Sur de El Niño–, o ENOS, en español. Por eso, cuando llueve a cántaros en el desierto peruano, en India suelen fallar las lluvias estacionales de verano. Y cuando el Amazonas se desborda, en Australia hay sequía.
Se trata de una misma corriente oceánica que el resto del planeta identifica como catástrofes aparentemente inconexas. El mayor episodio registrado en el siglo XX, que ha servido como referencia para calibrar otros eventos posteriores, tuvo lugar entre 1997 y 1998. Las inundaciones se cebaron con Ecuador y Perú, mientras Indonesia y Australia vivían intensas sequías.
La historia de El Niño se remonta mucho más atrás que la invención de cualquier medición meteorológica. Richard Grove y George Adamson, en El Niño in World History (Palgrave, 2018), sitúan el ENSO en su forma actual hace cinco mil años, cuando los océanos alcanzaron su configuración moderna tras el final de la última era glacial. Desde entonces se convirtió en uno de los mayores desestabilizadores climáticos del planeta, aunque durante la mayor parte de la historia nadie relacionó el origen común de tantas catástrofes.
Los primeros registros sobre sus efectos son egipcios. El imperio de los faraones dependía casi enteramente del Nilo y sus crecidas. Durante el verano, las lluvias en las montañas etíopes hacían subir el río, que inundaba la llanura y dejaba el limo fértil que alimentaba todo el territorio.
Pero cuando el ENSO aparecía, se reducían las lluvias, el río no crecía y fracasaban las cosechas. El faraón, “responsable” de las inundaciones desde un punto de vista teológico, veía perdida su legitimidad de golpe. Aproximadamente en el año 2180 a. C., una prolongada sequía provocó la caída del Imperio Antiguo.
El nomarca Ankhtifi lo grabó en la pared de su tumba: “Todo el Alto Egipto moría de hambre, hasta el punto de que la gente se comía a sus hijos”. Brian Fagan, en Floods, famines, and emperors (Basic Books, 2009), subraya que el fenómeno que produjo esa hambruna es exactamente el mismo que hoy provoca sequías al este del continente africano durante los episodios de El Niño.
Al otro lado del océano, en la costa norte del actual Perú, vivió la civilización moche entre los siglos I y VII d. C., uno de los imperios más sofisticados de la América precolombina. Desarrollaron pirámides de barro, irrigación a gran escala y metalurgia con oro.
Los registros del casquete del glaciar Quelccaya muestran que, entre los años 563 y 594 d. C., una sequía de tres décadas redujo el caudal de sus ríos a la mitad. Cuando comenzaron a recuperarse, llegó una nueva corriente que arrasó en pocas semanas los canales de riego.
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