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Nevaco Global
3 de agosto de 2026

Honduras crece, pero no despega

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Honduras llega a la segunda mitad de 2026 con una economía que crece, pero que ofrece cada vez menos razones para celebrar. El informe más reciente de SENDAS, un think tank nacional, lo resume con precisión: hay menos impulso y más presión. Esa combinación puede ser más peligrosa que una crisis abierta, porque avanza lentamente, se normaliza y termina golpeando el bolsillo sin grandes anuncios.

El Radar Económico de SENDAS muestra un país con señales financieras positivas, pero también con una desaceleración evidente. El PIB creció 3.6% interanual en el primer trimestre de 2026, por debajo del 4.3% registrado un año antes. El IMAE cayó de 4.5% en diciembre de 2025 a 2.1% en mayo de este año. No es una contracción, pero sí una pérdida de velocidad que revela la fragilidad del motor productivo.

A esa desaceleración se suma un problema que se siente todos los días: el costo de vida. La inflación interanual llegó a 5.83% en junio y permaneció, por tercer mes, por encima del “rango de tolerancia” que el Banco Central fija como meta. Es un umbral que da tranquilidad estadística, pero no le sirve al consumidor. El costo de vida sigue subiendo mientras los salarios, la productividad y la calidad del empleo permanecen atrapados en la misma inercia de siempre. El resultado es más ajuste doméstico y más distancia entre las cifras que algunos celebran y la realidad que muchos padecen.

Se ha vuelto común confundir mejora estadística con bienestar. Se anuncia una inflación “contenida”, se celebran las reservas internacionales, se destaca el acceso a financiamiento y se repite la palabra estabilidad como si nombrarla bastara para que exista. Pero la estabilidad no se come, no paga la canasta básica ni reduce la factura eléctrica. Los números macro pueden verse razonables en una hoja de cálculo, pero el hogar no vive de promedios; vive de alimentos, transporte, energía, alquiler, medicamentos y escuela. El país arrastra un déficit más profundo, una economía que administra la escasez y no la abundancia.

Mientras no se creen las condiciones para atraer inversión, el crecimiento seguirá siendo una cifra respetable con efectos modestos en la vida real. Necesitamos, además, mecanismos que permitan aprobar y ejecutar rápidamente los grandes proyectos de infraestructura e inversión, sin sacrificar los controles técnicos, ambientales o jurídicos necesarios. La certeza no consiste en eliminar requisitos, sino en hacer que las decisiones del Estado sean previsibles, coordinadas y oportunas.

Nuestro país tiene una obsesión por celebrar señales financieras aisladas (reservas, riesgo país, apoyo externo y acuerdos internacionales). Todo eso importa, pero no sustituye la inversión, la creación de empleo formal ni las reformas necesarias para elevar la productividad. Los buenos indicadores financieros son una condición favorable, pero no una estrategia de desarrollo.

Parte del problema está en la estructura misma de nuestra matriz económica. Durante años, el crecimiento ha dependido en exceso del consumo privado alimentado por las remesas. Es un flujo vital para mitigar la pobreza, pero insuficiente para generar desarrollo transformador. Las remesas sostienen los hogares, pero no construyen fábricas, no mejoran la infraestructura logística ni elevan la sofisticación de nuestras exportaciones.

A esto se suma la persistente trampa de la informalidad laboral, en la que una parte mayoritaria de los trabajadores permanece sin protección social y con escasos vínculos entre sus ingresos y el crecimiento de la productividad. Cuando el empleo formal se convierte en una oportunidad limitada, se reduce la capacidad de los trabajadores para mejorar sus ingresos, se estrecha la base tributaria y se limita el margen del Estado para invertir en servicios públicos e infraestructura.

Por eso, el verdadero desafío no es celebrar que la economía siga avanzando, sino remover los obstáculos que impiden que ese avance se traduzca en bienestar. Necesitamos atraer inversión, mejorar nuestra infraestructura energética y logística, avanzar hacia la formalización del empleo, ofrecer reglas claras y previsibles, y, sobre todo, llevar la simplificación administrativa al máximo.

No se trata de escoger entre estabilidad y crecimiento. La estabilidad es una condición necesaria para crecer; pero el crecimiento tampoco garantiza desarrollo. El objetivo debe ser una economía capaz de transformar estabilidad en inversión, inversión en productividad, productividad en empleos y empleos en mejores ingresos.

Un país no se desarrolla simplemente porque sus indicadores eviten el desastre. Se desarrolla cuando el crecimiento comienza a sentirse en los hogares, en los salarios, en las oportunidades y en la capacidad de las personas para construir un futuro mejor. Mientras eso no ocurra, la advertencia de SENDAS seguirá cobrando fuerza. Honduras puede seguir creciendo sin despegar.

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