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Nevaco Global
24 de junio de 2026

Paradoja del récord exportador: cuando el éxito del agro y la energía deja al descubierto la fragilidad de la industria

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El abundante ingreso de divisas que generan el agro y la energía abarata el dólar, y un dólar más barato agrava los problemas de competitividad de todos los demás sectores, que ven encarecerse sus costos medidos en moneda extranjera.

Exportaciones: el éxito del agro y la energía deja al descubierto la fragilidad de la industria

Pocas veces un buen dato económico encierra, al mismo tiempo, la semilla de un problema. El desempeño del comercio exterior argentino en lo que va de 2026 es exactamente eso. Una excelente noticia que, mirada de cerca, revela una de las tensiones estructurales más profundas de la economía nacional. Durante los primeros cinco meses del año, la balanza comercial arrojó un saldo positivo de niveles históricos, fruto de una combinación de dos movimientos simultáneos: una caída de las importaciones y un fuerte crecimiento de las exportaciones. Pero conviene detenerse en cómo se compone ese resultado, porque ahí está la clave de lo que viene.

La novedad más relevante del frente exportador es de carácter estructural. A los dólares que tradicionalmente ingresan por la cosecha del agro durante la primera mitad del año se sumaron, ahora, las exportaciones de hidrocarburos de Vaca Muerta. Dos factores explican en buena medida este desempeño excepcional. El buen clima, que favoreció a la producción agrícola, y el régimen de incentivos para grandes inversiones, que apuntaló la expansión energética. Es la primera vez que el país cuenta con dos motores exportadores de esta magnitud operando en simultáneo, y el resultado se nota en las cuentas externas.

Hay además un factor menos visible pero igualmente decisivo detrás de la mejora: el efecto del ajuste fiscal sobre el sector externo. Conviene recordar cómo funcionaba el viejo mecanismo de las crisis argentinas. Históricamente, los excesos de gasto público alimentaban un aumento de la demanda de bienes y servicios por parte de la población, que tarde o temprano se traducía en una expansión insostenible de la demanda de divisas. Ese desequilibrio desembocaba en periódicas crisis de balanza de pagos, que los gobiernos intentaban contener con controles de capitales pero que finalmente terminaban forzando una devaluación. Con un gasto público menor y las cuentas fiscales en equilibrio, esa cadena se corta. La balanza de pagos tiende a equilibrarse de manera natural. El orden fiscal, en otras palabras, es también un ordenador del frente externo.

Hasta aquí, las buenas noticias. Pero cuando se desagrega la balanza comercial por tipo de bien, comienzan a asomar los desafíos pendientes. Según los datos del INDEC para el período enero-mayo de 2026, la cantidad de productos primarios exportados creció un 32% respecto del mismo lapso del año anterior, y la de combustibles y energía aumentó un 34%. Son cifras que confirman el vigor de los sectores ligados a los recursos naturales. El problema aparece del lado de las importaciones. La cantidad de bienes de capital importados cayó un 14%, y la de piezas y accesorios para esos bienes de capital se desplomó un 31%.

Esa combinación encierra una paradoja inquietante. Mientras las exportaciones de recursos naturales se expanden con fuerza, las importaciones de los bienes que sirven para producir —las máquinas y sus repuestos, que renuevan y amplían la capacidad productiva doméstica— se contraen de manera marcada. Y resulta especialmente llamativo que esto ocurra justo en un momento en que lo que más necesita la economía argentina es aumentar su productividad. ¿Qué explica esta dinámica contradictoria? Uno de los factores centrales es, precisamente, el éxito exportador. El abundante ingreso de divisas que generan el agro y la energía abarata el dólar, y un dólar más barato agrava los problemas de competitividad de todos los demás sectores, que ven encarecerse sus costos medidos en moneda extranjera.

Aquí reside el nudo del asunto. Bajo estas nuevas condiciones, se terminó la holgura que supo existir en el tipo de cambio, y esa desaparición vuelve explícito un problema que antes quedaba disimulado: los déficits institucionales le quitan competitividad a los sectores más tradicionales, con la industria manufacturera a la cabeza. Es sintomático que el auge exportador de los hidrocarburos —y próximamente el de la minería— se produzca gracias a un régimen especial que funciona, en los hechos, como una “isla”. Ese régimen libera a las empresas alcanzadas de las cargas que la baja calidad institucional impone al resto: el cepo cambiario, los impuestos distorsivos, la inseguridad jurídica, la imprevisibilidad. Las empresas que operan dentro de esa isla prosperan; las que quedan afuera, cargan con el peso completo del entorno.

De ese diagnóstico se desprende una conclusión sobre cuál es —y cuál no es— la salida para los sectores tradicionales, que son los que más empleo de calidad generan. La solución, sostiene el análisis, no pasa por una devaluación, que sería un parche de corto plazo con costos sociales conocidos. Pero tampoco pasa por crear un RIGI que extienda los beneficios del régimen especial a más actividades de manera fragmentaria. El camino correcto es más ambicioso y más profundo. Avanzar en reformas que brinden a toda la economía las mismas condiciones que hoy disfrutan, de manera excepcional, las empresas dentro de la isla. Se trata, en el fondo, de convertir la excepción en regla general.

¿Qué implica eso en términos concretos? El análisis identifica varios frentes. En lo cambiario, normalizar el sistema terminando de manera definitiva con el cepo e institucionalizando un esquema bimonetario, junto con la independencia del Banco Central. En lo tributario, ordenar un sistema plagado de superposiciones, donde el paso más importante sería que el IVA absorba el impuesto a los Ingresos Brutos y las tasas municipales que gravan las ventas. Y en lo referido a la infraestructura, mejorar de manera sustancial el transporte y la logística, para facilitar el comercio interno y externo de las actividades urbanas, que no cuentan con las ventajas competitivas naturales que sí tienen el campo y la energía.

La reflexión de fondo conecta el presente con la larga historia económica argentina. El estancamiento secular del país se explica, en buena medida, por esas periódicas crisis de balanza de pagos que los excesos de gasto público venían gatillando una y otra vez. Por eso el firme compromiso con el equilibrio fiscal es un avance de enorme valor. Ataca la raíz de un problema que se repitió durante décadas. Pero el equilibrio fiscal, con ser una condición necesaria, no es suficiente por sí solo. Queda pendiente la tarea de normalizar el resto de las instituciones económicas —las cambiarias, las monetarias, las tributarias— y de mejorar la infraestructura, para que la producción nacional en su conjunto, y no solo un puñado de sectores, pueda competir en igualdad de condiciones. El récord exportador es, en ese sentido, menos un punto de llegada que una invitación a completar la tarea.

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