Trump ha descubierto que el secreto del poder no se encuentra en la ciencia política, sino en inventarse un sorteo que siempre toca: la democracia convertida en un juego de rasca y gana. ¿Para qué perder el tiempo con pesadas teorías económicas o aburridos programas electorales si se puede triunfar en las urnas a golpe de talonario? La última genialidad consiste en prometer 5.000 dólares en efectivo a cada votante si vuelve a ganar las elecciones. Si Clinton consiguió que el Despacho Oval fuera la comidilla, Trump lo va a convertir en un despacho de lotería trucada.
El concepto resulta brillante por su chabacana honestidad. Tras sugerir que nos curáramos el COVID bebiendo lejíapretender adueñarse de Groenlandia como quien compra un apartamento en Torrevieja, o exigir el Nobel de la paz a zambombazos, el magnate ha decidido dejarse de rodeos metafóricos. ¿Por qué conformarse con la corrupción soterrada de toda la vida cuando puedes prostituir la democracia a plena luz del día y con un cheque al portador?
Es el Black Friday del sistema constitucional: vote a la derecha, llévese cinco de los grandes y, de regalo, un par de aranceles suicidas. La primera potencia mundial, reducida a un concurso matinal de televisión en el que un Joaquín Prat con pelo de panoya reparte el botín estatal entre el público enfervorecido.
Se apaga la antorcha de la libertad para encender los neones del gran casino imperial. Hagan juego, señores. Y si el país salta por los aires, recuerden guardar el tique para exigir la devolución de su voto.
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