En el delito, las cosas hechas por profesionales ocurren en pocos segundos. Quien pestañea, básicamente, pierde.
El 16 de enero último a las 17 horas, uno de los máximos empresarios del Mercado Central, socio mayoritario de una de las principales firmas que operan en el complejo —firma que hoy acumula más de $6 mil millones en recientes deudas de crédito—, salió de su trabajo en el Mercado, como cualquier otro día. Minutos después, sería víctima de uno de los robos relámpago más audaces y lucrativos de la historia porteña reciente.
A bordo de su camioneta DS Crossback, tomó la autopista Ricchieri, luego una avenida en la zona de Tapiales. Así, llegó a territorio porteño. Siguió por la avenida General Paz, con sentido hacia el Río de la Plata, a la altura de la calle Jorge Chávez. El empresario iba cargado: llevaba sus dos computadoras y, por sobre todo, un bolso color negro, cerrado con precintos. Allí, en ese bolso, cargaba $24 millones de pesos cash, con otro millón más suelto entre el resto de sus cosas.
Un supuesto embotellamiento frenó su marcha. Un Fiat Palio, sin patente atornillada, con apenas una provisoria de papel pegada en el vidrio trasero, le bloqueaba el paso al empresario. De repente, dos motos de alta cilindrada lo rodearon, una Ducati Hyperstrada y una Honda Tornado, ambas con dos tripulantes cada una. Fue casi una coreografía criminal: dos de estos tripulantes habían llegado a la escena poco antes, a bordo de un Volkswagen Golf, para subirse a las motos.
La banda rodeó al empresario. De repente, ocho puños comenzaron a golpear los vidrios blindados. El blindaje no le sirvió de mucho. Le arrebataron las mochilas en cuestión de segundos. Sin embargo, el empresario dio pelea: maniobró su camioneta para chocar a la Ducati y a sus ocupantes, los encargados de robarle las mochilas. El botín cayó al asfalto. Los hombres a bordo de la Honda Tornado regresaron para recuperar la plata y escapar en contramano por la calle Jorge Chávez; los hampones que viajaban en la Tornado corrieron hacia el Fiat Palio, que los esperaba en marcha.
El empresario, atónito en la General Paz, llamó a la Policía. Declaró y describió el hecho en forma completa. Se dio cuenta al toque, por así decirlo.
“Sospecho que este hecho no fue al azar, no fue al boleo, fue algo planeado, con una inteligencia previa, fueron dos motos abordadas por cuatro personas que directamente se acercaron a mi auto sabiendo que la mochila con dinero estaba guardada en el piso del lado del acompañante, porque buscaban eso. Rompieron los vidrios sabiendo que las había guardado ahí”, aseveró en su testimonio.
Tiempo después, descubriría que la banda no lo había robado de casualidad. Un empleado de seguridad del Mercado Central, supuestamente, lo había vendido, con inteligencia recolectada en un área sumamente sensible: el centro de monitoreo donde debía vigilarlo. El Palio de la banda comenzó a seguir al empresario segundos después de su salida.
La Justicia investigó el caso, con una maratónica instrucción del fiscal Andrés Madrea y el equipo de la Fiscalía N°14, con un pedido de procesamiento de 158 páginas con pruebas basadas en relevamientos de cámaras, chats de los imputados, el análisis forense al celular del capo de la banda, cruces de causas previas, rastros de papeles de autos y hasta sus seguros
Hoy, hay siete sospechosos procesados y presos por el caso con embargos de hasta $40 millones, una decisión tomada por el juez Santiago Quian Zavalía y ratificada por la Sala 7 de la Cámara Criminal y Correccional a fines del mes pasado.
Cinco en la lista, los cinco de la General Paz, pesados de largos prontuarios bonaerenses, están acusados de cometer el robo. Los otros dos jugaron su presunta parte. Entre ellos, está el empleado delator. Todavía quedan dos prófugos por encontrar. Los arrestos de la banda estuvieron a cargo de la División Investigaciones de Organizaciones Criminales de la Policía de la Ciudad.
La Sala 7 fue incluso más dura: le impuso prisión preventiva a dos de los acusados que no habían sido encarcelados en un primer momento.
Quiénes son los cinco de la General Paz y la forma en que la Justicia llegó hasta ellos constituyen una de las historias más interesantes de la Argentina criminal reciente. A continuación, un perfil de los integrantes de la banda y las pruebas en su contra que el fiscal recolectó.
. Demián Zavala Oroná, 37 años, oriundo de Pontevedra, zona de Merlo, comerciante según él mismo, piloteaba la moto Ducati. Huyó a pie luego de que el empresario lo chocara. Había un peaje cercano, que filmó a la Ducati y sus maniobras. Zavala Oroná, irónicamente, tenía un permiso para conducir esa moto.
Resultó herido por el choque. Un testigo lo vio renguear poco después, descartando guantes y casco. Renguear es decir poco: terminó con el peroné fracturado. También chateó, un tanto suelto de lengua, con otro imputado crucial en el caso, Leonardo David Balmaceda, el presunto jefe de la banda. Entre esas comunicaciones, intercambiaron una pieza, cuanto menos, incriminatoria: un video del empresario dejando su trabajo.